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El período
en curso está marcado por una intensificación de las contradicciones que
expresan las tendencias objetivas del desarrollo del capitalismo. Desde hace
unos veinte años se constata una aceleración de las crisis financieras de una
amplitud sin precedentes desde 1929: crac bursátil a causa de la deuda mejicana
en 1987 (comparable al de 1929) crisis inmobiliaria en los Estado Unidos, en
Europa y en Japón en 1990, crisis de la serpiente monetaria europea en 1992
(que desembocó en la creación del euro) crisis mejicana en 1994-1995, crisis
financiera asiática, rusa y, después, internacional en 1997-1998, crisis
brasileña en 1999 y 2002, crisis turca en el 2000, crisis de las nuevas tecnologías
y crisis argentina en 2001-2002…
Hasta
entonces el capitalismo había logrado, más o menos, dominarlas haciendo pagar
los costes a la clase obrera. La actual crisis, que estalló en el verano del
En el 2007,
el FMI (World Economic Outlook)
señalaba que el crecimiento anual mundial entre el 2003 y el 2006 había sido
del 4,9%, es decir el más elevado desde el principio de los años setenta, con
una débil tasa de inflación, y preveía una prolongación del mismo cómo mínimo
de dos años. El crecimiento mundial en el 2006 fue del 5,5%; en Europa del
Oeste era el más intenso desde el año 2000, impulsado por el capitalismo
alemán, la economía japonesa conocía una alza masiva de sus beneficios y el
crecimiento económico era intenso en numerosas regiones (10,7% en China, 9,2%
en India, 7,7% en Rusia, 6% en Europa del Este, 5,5% en África, más del 5% en
América Latina).
Evidentemente,
semejante crecimiento económico no se corresponde en nada con el aumento del
bienestar de las poblaciones, se apoya en una acrecentada explotación de la
clase obrera y en una agudización notable de las desigualdades en las rentas,
especialmente en la principal metrópoli imperialista.
En los
Estados Unidos la centésima parte más rica de la población posee más de un
tercio de la riqueza (34,3%) mientras que, por el contrario, el 20% más pobre
sólo posee el 0,2% (Edgard N. Wolf, Class
Structure and Economic Inequality, enero 2007, Levy Economics Institute).
Los ingresos medios (sobrepasados por el 50% de la población y no alcanzados
por el otro 50%) disminuyeron un 7% entre el 2001 y el
Así, la
relación capital-trabajo se ha modificado a favor del capital, principalmente
en razón del desarrollo del capitalismo en China, en India y en los países de
la ex URSS, lo que ha duplicado la fuerza de trabajo mundial a disposición del
capital en un período de tiempo muy corto. La consecuencia fue una disminución
de la composición orgánica del capital (aumento del número de trabajadores en
relación con el capital físico) y, al mismo tiempo, una presión a la baja sobre
los salarios, lo que ha llevado a un aumento de la tasa de explotación y, en
consecuencia, de la tasa de beneficio.
“En los Estados Unidos los beneficios tras impuestos alcanzaron su nivel más alta desde hace 75 años en proporción con el PIB; la parte de los beneficios en la zona euro y en Japón están, igualmente, cerca de su más alto nivel desde hace al menos 25 años… La emergencia de China en la economía mundial ha hecho que el trabajo sea relativamente abundante y el capital relativamente escaso, aunque el rendimiento relativo del capital ha aumentado.” (The Economist, 20 de julio 2006)
El
crecimiento económico en los Estados Unidos se apoya, al mismo tiempo, en los
gastos militares y el déficit presupuestario, especialmente financiado por los
capitales chinos, prestamistas por valor de 400.000 millones de dólares (la
deuda norteamericana está en manos de capitales extranjeros en su 46% frente el
31% en 2001). Este crecimiento se ve favorecido por tres factores: el aumento
de la productividad china, la disminución de los tipos de interés y de los
salarios reales incluso de los nominales (los salarios semanales disminuyeron
un 0,9% el último año en los Estados Unidos), que paralelamente se corresponde
con la aparición de la inflación, sobretodo en los artículos de primera
necesidad, con la explosión de la burbuja inmobiliaria, y el carácter limitado
de la explotación. La plus-valía aumenta más rápidamente que la renta nacional
y, al no ser ésta invertida, se produce una superabundancia de capitales
financieros que exigen rendimientos cada vez más importantes.
Ahora bien,
teniendo en cuenta los fundamentos físicos y sociales del valor de la fuerza de
trabajo, el grado de explotación no puede crecer de forma exponencial. Se
producen, pues, los primero síntomas de una crisis mundial del capitalismo y
ésta se manifiesta en su corazón., en los Estados Unidos. La cantidad de
empleos creados se ha ralentizado sensiblemente, pasando de 219.900 en el
El carácter
recurrente de las crisis se debe a que los remedios utilizados contra cada una
de ellas contienen los gérmenes de la siguiente. En el 2000, la crisis bursátil
presagiaba una importante ralentización económica: el estallido de la burbuja
bursátil comportó una severa caída de las inversiones de las empresas y un
fuerte aumento de los despidos. Sin embargo, la recesión no se transformó en
verdadera depresión gracias al aumento masivo de los gastos militares que
siguió a los atentados en el 2001 y, al mismo tiempo, gracias a la fuerte
bajada de los tipos de interés de los bancos centrales.
Así, se
alienta en endeudamiento, especialmente en el sector inmobiliario, con la
adopción de leyes que permiten aumentar la capacidad de endeudamiento, la
concesión de préstamos, la falta de impuestos sobre los intereses de los
préstamos hipotecarios… El acceso al crédito se ve facilitado, particularmente
el crédito hipotecario, lo que lleva a la constitución de una burbuja
inmobiliaria, que fue la droga aplicada para sanar la burbuja financiera:
organismos de crédito inmobiliario concedían a los cliente poco solventes
préstamos a tipos de interés elevados y variables (aumentaban progresivamente),
que podían revender para reembolsárselos cuando los tipos fueran más elevados.
Estos organismos vendían los títulos crediticios a otros agentes que los
revendían como productos financieros sofisticados que parecían rentables. Esta
operación se apoyaba en la hipótesis que una oferta continua de crédito
llevaría los precios al alza sin necesidad de evaluar el riesgo del deudor ya
que éste siempre podría vender la casa.
Esta
práctica funcionó de
Este fue el caso en el año 2005: al no poderse ampliar más el mercado
inmobiliario numerosas casas no encontraron comprador y los precios tocaron
techo. En el año 2007, la venta de casas nuevas cayó un 40,7%, con una bajada
del 10,4% de los precios. Sólo los embargos inmobiliarios de la banca
aumentaron un 90% en el mes de enero. El número total de embargos declarados
(que incluían los de la banca como también los de las subastas) progresó en un
57% en el mismo mes: 1,3 millones de hogares (1% de los hogares
norteamericanos) fueron embargados en el 2007, principalmente entre julio y
diciembre, es decir: un crecimiento anual del 79%. Al no poder vender, los
hogares más vulnerables confiaron sus casas a la banca, lo que estaba permitido
por la ley, aunque los bancos más frágiles se encontraron en dificultades.
Éstos tuvieron que pedir prestado a los bancos centrales, que rebajaron el tipo
de interés para evitar la agravación y difusión de las dificultades.
En
consecuencia, 25 estados se vieron amenazados por la quiebra. Countrywide
Financial, líder del crédito hipotecario, uno de estos organismos usureros,
señaló que un tercio de sus créditos hipotecarios subprimes presentaba riesgos
de insolvencia. Hoy en día el mercado de las subprimes se ha hundido, más de
3.000.000 millones de dólares de préstamos subprimes perderán la mitad de su
valor y se produce una caída de los beneficios de la banca de negocios
norteamericana de más del 50%. Aunque afectando sectores diferentes y con
efectos económicos diferentes, la similitud formal de las crisis del 2007 y
2001 es abrumadora. Se puede ver el mismo delirio especulativo, la misma
carencia en las empresas encargadas de evaluar las acciones y títulos emitidos
por la banca (las agencias de calificación de riesgos).
Decenas de
bancos y fondos de inversión se han visto implicados, camuflando la catástrofe
una vez descubierta, en el mercado inmobiliario a la búsqueda de jugosos
beneficios (Deutsche Bank, Morgan Stanley, Merrill Lynch, Union des Banques
Suisses, JP Morgan, BNP Paribas, Unicredit, Crédit Suisse, Goldman Sachs, Bank
of America, Countrywide, Landesbank Sachsen, City Group, Bayerische
Landesbank…), sin contar las decenas de PIME financieras que han presentado su
balance. UBS ha perdido 18.000 millones de dólares, Merryl Lynch 19.000, City
Group 21.000… sin operaciones fraudulentas ni Jérôme Kerviel local. En catorce
días, en agosto de 2007, estas sociedades mendigaron 324.000 millones de
dólares en créditos a los bancos centrales (ya han devuelto una parte de
ellos).
Las
subprimes son más un síntoma que una causa; simplemente han sido subestimadas
por los economistas burgueses. Estos créditos inmobiliarios estaban ligados a
otros préstamos de riesgo gestionados por los bancos. Los han tenido que vender
a bajo precio, los beneficios de los bancos y de las compañías de seguros se
han hundido, y la crisis inmobiliaria se ha transformado en crisis bancaria en
dos sentidos: una crisis de liquidez, puesto que les es cada vez más difícil a
los bancos conseguir crédito de otros bancos en el mercado interbancario, a
causa de la desconfianza, lo que obliga a los bancos centrales a intervenir, y
una crisis de rentabilidad, ya que las pérdidas ligadas a la crisis
inmobiliario pesan sobre los beneficios, y en el peor de los casos llevan a la
quiebra. El aparato bancario de la primera potencia mundial está afectado,
determinados bancos de entre los más importantes están amenazados. En su último
informe sobre la estabilidad financiera en el mundo, el FMI estima que
“… la
crisis ha sobrepasado los limites del mercado norteamericano de las subprime,
para afectar concretamente a los principales mercados inmobiliarios y a las
empresas de construcción, el crédito al consumo y el crédito a las empresas.”
(Les Échos, 8 de abril)
El 21 de
enero, las bolsas del mundo entero conocieron un “lunes negro”, perdiendo entre
el 5,5% y el 7,5%. El CAC40 ha sufrido la tercera mayor bajada de su historia
(-6,83%), tras el 11 de septiembre del 2001 (-7,39%) y el putsch contra
Gorbachov el 19 de agosto de 1991 (-7,29%). La Fed (banco central
norteamericano) rebajó su tipo director en 0,75 puntos, lo que es la mayor
bajada desde 1985. La burguesía tiene miedo, miedo que expresa Felix Rohatyn,
antiguo embajador de los Estados Unidos en Francia:
“Esta
crisis es diferente. Es más inquietante y peligrosa… Nuestra industria
tradicional, como la del automóvil, está en peligro. El sector inmobiliario y
de la construcción, van mal. Y ahora, el sector financiero se ve afectado; tres
de los sectores claves de nuestro país sufren de forma simultánea.” (Les Échos,
11 de febrero)
Entonces
los capitalistas piden socorro:
“Los
mercados necesitan una sola cosa: un líder, sea a nivel regional o mundial.
Pero éste parece no existir estos días.” (John Sutdzinsky, consejero en jefe de
fondos de inversión Blacsktone)
El
imperialismo norteamericano es el garante de esta dominación:
“La mano
invisible del mercado no funciona jamás sin un puño invisible (McDonald no
puede desarrollarse sin McDonell Douglas, el constructor de los F15. Y el puño
invisible que asegura el mundo a través de las tecnologías del Silicon Valley
se llama USA, United States Army, Air Force, Navy and Marine Corps.” (New York
Times Magazine, 28 de marzo de 1999)
La economía
norteamericana ejerce siempre el papel de locomotora para el mundo entero
concentrando la mayoría de capitales e incluso China es ampliamente dependiente
del nivel de actividad norteamericana. La administración ha intentado frenar el
proceso con 140.000 millones de dólares de “apoyo al consumo” de los más ricos,
principalmente mediante la rebaja de impuestos.
“La actual
crisis financiera en los Estados Unidos será juzgada seguramente como la más
grave desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. (Alan Greenspan, Financial
Times, 17 de marzo de 2008).
En 1997,
Alan Greenspan, entonces gobernador de la Fed, explicaba la crisis asiática por
el rechazo a adoptar los “métodos del libre mercado”; hablando en plata:
juzgaba el grado de explotación insuficiente y estimaba que los capitalistas debían
tener las manos libres para aumentarlo.
¡Lastima!
En 1998, la incapacidad de Rusia para pagar su deuda y la quiebra del fondo
especulativo LTCM (fundado por dos premios Nobel de economía), llevaron a los
bancos centrales a romper con la lógica del “libre mercado” inyectando 3.000
millones de dólares para salvar a LTCM y disminuyendo los tipos de interés para
facilitar la inversión de los capitalistas. Hoy en día, el director general del
FMI estima que
“… la
necesidad de una intervención de los poderes públicos [es] más evidente [y] en
lo que concierne a los bancos, si sus reservas de fondos propios no puede ser
suficientemente restablecidas rápidamente por el sector privado, puede
contemplarse el uso del dinero público.” (AFP, 7 abril)
Todo ello
llevaría a reproducir las medidas tomadas tras la crisis de 1929, cuando
Roosevelt salvó al capitalismo con el New Deal y, sobretodo, la economía de
guerra. Esto fue una realidad el 11 de marzo cuando la Fed decidió inyectar
400.000 millones de dólares para refinanciar los créditos dudosos, rescatar las
deudas… recuperar lo que los burgueses ya no quieren. Tal es el papel de
“prestamista en última instancia”, de bombero, de muleta del capital ejercido
por los bancos centrales. Tal es la “utilización
potencial de fondos públicos para asegurar los sistemas financieros.” (John
Lipsky, director general adjunto del FMI). Con otras palabras, lanzadas por
Henry Paulson, secretario norteamericano del Tesoro, se trata de “restaurar la confianza de los inversores”
(Les Échos, 13 marzo 2008).
Los
principales dirigentes de los principales imperialismos europeos llaman,
asustados, a “aumentar la transparencia de los mercados, de las instituciones y
de los instrumentos financieros” (Londres, 29 de enero) a fin que los bancos
acepten por fin prestarse mutuamente… como si capitalistas ávidos de beneficio
pudiesen renunciar, por su buen corazón, a los masivos beneficios. Por este
motivo los bancos centrales ejercen su papel tradicional de prestamista en
última instancia.
Los episodios
de Northern Rock y de Bear Stearns son reveladores de esta necesidad de estado
expresada por los capitalistas. En febrero, el estado británico decidió
nacionalizar el banco Northern Rock que estaba en dificultades, hay que
remontarse a 1866 para encontrar el equivalente a tal operación. En cuanto a
Bear Stearns, el quinto banco de inversiones norteamericano, encontrándose en
graves problemas de liquidez y cuya quiebra hubiera tenido “consecuencias
imprevisibles pero sin lugar a dudas severas” (Bernanke en el Senado, AFP, 3 de
abril), la Fed le ha prestado 30.000 millones de dólares a JP Morgan Chase para
comprar el Bear Stearns el 19 de marzo por solo 278,5 millones de dólares, es
decir 2,32 dólares por acción (la cotización era de 50 dólares el 14 de marzo).
“No es que
nos guste nacionalizar el Northern Rock o salvar el Bear Stearns, es que es
preciso dar la señal que las autoridades están dispuesta a hacer todo lo que
sea necesario.” (Gurria, secretario general de la OCDE, AFP, 17 de marzo)
No se trata
de “ir en auxilio de los accionistas sino
del sistema” (Strauss-Kahn, director general del FMI, 17 de marzo)
Incluso el
FMI admite, en boca de su director general: “La crisis es mundial… Países en
desarrollo como también China e India podrían verse afectados”. (AFP, 7 de
abril) En su informe semestral añade que “la economía norteamericana sufrirá
una pequeña recesión en el
El actual
período está igualmente marcado por un brutal aumento de los precios de las
materias primas, particularmente de los productos alimenticios. El precio del
trigo ha aumentado un 287% desde el 1 de enero de 2006, el del maíz y la soja
un 149% y 129% respectivamente, el del arroz un 60%, el café un 139%... y este
movimiento se ha agudizado en las últimas semanas. Constituye una disminución
del valor de la fuerza de trabajo, mucho más dolorosa para los trabajadores de
los países dominados teniendo en cuenta que sus ingresos están dedicados en un
70% a la compra de alimentos, pero igualmente también para los trabajadores de
las metrópolis imperialistas: en los Estados Unidos, 28 millones de personas
están acogidas al programa alimentario federal, la cifra más elevada desde su
introducción en los años 1960.
Numerosas
razones explican esta inflación, las principales de las cuales son la
especulación sobre las materias primas que ejercen los capitalistas como un
refugio a causa de la crisis inmobiliaria, o incluso el desvío de la producción
de alimentos hacia los biocarburantes. Así, la producción de cereales
norteamericanos surte ampliamente a la producción de bioetanol.
En
consecuencia, los trabajadores reaccionan, particularmente a través de la
huelga general en Burkina Faso, los disturbios en Haití, los saqueos en Malí y
en Egipto, incluso revueltas de campesino en China, desórdenes ligados a la
subida de los precios de los alimentos en Argentina, Yemen, Zimbabwe, México,
Bangla Desh, Filipinas, Guinea, Mauritania, Marruecos, Senegal, Uzbekistán o
Camerún.
Se trata,
sin lugar a dudas, del capitalismo, otra vez más sacudido por crisis masivas
cuyo germen contiene en sí mismo y cuyas víctimas son, a parte de los burgueses
menos preparados y peor situados, el conjunto de los trabajadores del mundo
entero. Por este motivo, sólo una organización planificada de la producción,
que satisfaga las necesidades de los trabajadores, que constituyen la inmensa
mayoría de la población mundial, podrá evitar estas crisis recurrentes e
impedir que millones de vidas humanas dependan de los vampiros capitalistas.
(Traducción: Germinal / Estado español)