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(COLECTIVO REVOLUCION
PERMANENTE)
PARA ACABAR CON LA DIVISION DE
EUROPA, EL PARO, LA FORTALEZA EUROPEA Y LAS INTERVENCIONES IMPERIALISTAS....
¡POR LOS ESTADOS UNIDOS SOCIALISTAS DE EUROPA!
El Presidente socialdemócrata español declaró poco
después de su entrada en funciones: “Europa debe tener confianza en la
perspectiva de convertirse en la potencia más importante en el mundo de aquí a
veinte años” (Der Spiegel, 9 noviembre de 2004)
Sobre el papel, la Unión
Europea de los 25 países, abusivamente llamada ‘Europa’ por José Luis Rodríguez
Zapatero, parece poder rivalizar con los Estados Unidos: 10.500.000 millones de
dólares de PIB frente a los 11.000.000 millones, 455 millones de habitantes contra
295 millones. Sobre esta base, sobre realidades como la puesta en pie de una
moneda común para 12 estados en 1999 y la ampliación en el 2004 de la UE a 25
países, la socialdemocracia, los restos del estalinismo europeo y un
determinado número de sus aliados llamados de “extrema izquierda”, creen
asistir a la emergencia de un equivalente europeo de los Estados Unidos, que
los trabajadores tendrían, simplemente, que convertir en más “social” y
“democrático”.
El
mito de la unidad del continente y del mantenimiento de la paz bajo la égida de
la Unión Europea
Todas estas corrientes confían en las clases
capitalistas para realizar la unificación de Europa, pero sólo la clase obrera
es capaz de hacerlo, a condición de que no se subordine a sus explotadores. En efecto,
los Estados Unidos de América fue un estado creado por las burguesías de las
colonias británicas de América del Norte en una época en la que el capitalismo
era juvenil, cuando la burguesía era aún capaz de jugar un papel
revolucionario, tomar la cabeza de las masas populares, movilizarlas y armarlas
contra la potencia colonial (Guerra de la Independencia) y, después, contra los
propietarios terratenientes esclavistas (Guerra de Secesión). En cuanto a la
Unión Europea, ésta apareció demasiado tarde, en la época de decadencia
histórica del capitalismo. Es un bricolaje de viejas burguesías, reaccionarias
desde hace ya el mismo tiempo en que han sido incapaces de fusionarse y
abandonar su propio estado nacional.
El presupuesto de la
Unión Europea prueba que ésta muy lejos de constituir un estado. Primero que
nada, la Unión no tiene el derecho a cobrar impuestos directamente y está
financiada mediante cotizaciones de los estados miembros. Luego, esta
financiación está limitada aproximadamente a un 1% del PIB de la zona (es
decir, 115 mil millones de euros o 150 mil millones de dólares); en octubre de 2002,
Gerhard Schröder y Jacques Chirac llegaron al acuerdo de no elevarlo. Por fin,
el presupuesto no incluye rúbrica de “defensa” y está consagrado, sobretodo, a los “fondos estructurales” en beneficio de
las zonas más pobres (alrededor del 33% de los gastos) y, hasta el momento, a
la “política agraria común” (alrededor del 45% de los gastos, es decir 45.000
mil millones de euros).
A título de comparación,
el presupuesto federal de los Estados Unidos representa más del 20% del PIB
estadounidense. Los gastos militares de los Estados Unidos, tomados por
separado, sobrepasan los 350.000 millones de euros, es decir el 40% de los del
mundo entero. Los de los 25 ejércitos de la UE, si se les suma, llegan como
máximo a los 150.000 millones de euros. Por otra parte, los estados europeos
continúan siendo miembros de la alianza militar controlada por los Estados
Unidos, la OTAN. La Unión Europea no tiene brazo armado. Incluso la “Fuerza de
Reacción Rápida” aprobada en el Consejo Europeo de Helsinki de 1999 no es una
fuerza supranacional a disposición de las instancias de la UE. Se limita a una
cooperación entre los ejércitos nacionales que está, por el momento, limitada a
cuatros estados (Alemania, Bélgica, Francia y Luxemburgo). Además, las
decisiones militares de la Unión Europea se han de tomar por unanimidad de los
estados miembros.
La guerra de los
Balcanes de fines del siglo XX, y la segunda guerra imperialista contra Irak, demostraron
que la UE no es, de ninguna manera, una potencia sino que continua
siendo una federación heterogénea alrededor de un bloque (él mismo más o menos
conflictivo) entre el imperialismo alemán y el francés.
El acuerdo de 1957, que
está en el origen de la UE, pretendía “Afianzar, por la constitución de esta
unión, la salvaguardia de la paz y la libertad” (Preámbulo al Tratado de Roma).
El proyecto de tratado constitucional para la UE del 2004, afirma: “La Unión
tiene por objetivo promover la paz, sus valores y el bienestar de sus pueblos”
(art. I.3).
Todo esto se ve
desmentido por la devastación de la ex Yugoslavia desde 1990 a 1999, que se
debió, en buena medida, a la persistente rivalidad de las potencias europeas.
En efecto, para preservar y extender sus zonas de influencia, los imperialismos
francés y alemán jugaron un importante papel en el estallido de la
Confederación Yugoslava, apoyando a uno u otro sector nacional de la antigua
burocracia titista. Todas las fracciones de la burocracia deseaban restaurar el
capitalismo en detrimento de la unión de los pueblos que la revolución
yugoeslava había realizado, para impedir la revolución política que habría
permitido al proletariado yugoslavo unido ejercer el poder. Desde el principio,
el imperialismo alemán animó la proclamación de la independencia de Croacia y
Eslovenia, les suministró armas y consejeros militares. Por su parte, el
imperialismo francés sostuvo el plan de la “Gran Servia”, y armó a ésta contra
Croacia y Bosnia. De todo ello resultó una década de regresión nacionalista,
guerra, desplazamientos de la población y masacres. Los Estados Unidos hicieron
uso de su superioridad diplomática y militar para poner fin al conflicto... y
reforzar su influencia en Europa en perjuicio de sus rivales imperialistas
europeos.
La UE dice pretender
liberar a los pueblos y asegurar su bienestar. Pero en su seno garantiza las
fronteras de los estados existentes. De esta forma la UE ratifica la opresión
de buena parte de los pueblos de Europa: vascos, albaneses de Kosovo,
irlandeses... Aún peor, prolonga la sujeción de los pueblos de las últimas
migajas de los antiguos imperios coloniales británico, portugués, español,
holandés, francés, danés... que son denominados como “países y territorios de
ultramar de la Unión Europea” y como “regiones ultraperiféricas”. Los PTUM
están asociados a la UE: Groenlandia, Nueva Caledonia, Polinesia francesa,
Aruba, Antillas Holandesas, Anguila, Islas Malvinas, Bermudas, etc. Las RUP, a
menudo más alejadas del continente europeo que Turquía, también forman parte
del territorio de la UE: Guayana Francesa, Guadalupe, Martinica, La Reunión,
Azores, Madeira, Islas Canarias.
La “Paz europea” se olvida de la participación
de los ejércitos de casi todos los países capitalistas de Europa en la agresión
contra Irak en 1991, así como del escandaloso embargo de la ONU que estranguló
a la población durante los diez años que le siguieron. Su “paz” cierra los ojos
ante los bombardeos de Servia en 1999, Afganistán en 2002, por numerosos ejércitos
europeos y por el ejército norteamericano, ante las numerosas intervenciones
militares de las que son culpables las “democracias” de la “vieja Europa”,
en Costa de Marfil, Haití, etc. Su
“paz” se olvida del apoyo de todos estos estados a Israel opresor de Palestina,
o a Turquía opresora de los kurdos, y a la nueva Rusia capitalista, opresora de
Chechenia.
En lo que respecta a la
“unidad” de Europa frente al exterior, la experiencia la contradice cruelmente.
Frente a su principal rival, el imperialismo norteamericano, los estados
europeos han demostrado su división: los gobiernos de Gran Bretaña, Estado
Español, Italia y de los países de Europa Central, han apoyado a los Estados
Unidos cuando desencadenaron su guerra de terror y pillaje contra Irak, condenada
demagógicamente por los imperialismos francés y alemán que deseaban continuar
utilizando a la ONU para estrangular al país.
Las rivalidades
aparecen, también, en la creciente oposición entre imperialismos europeos para
proteger su comercio exterior y sus inversiones en el extranjero, a fin de
asegurarse beneficios en el este de Europa o en África, América Latina, Oceanía
y Asia.
Los
poderes imperialistas europeos participan en la brutal restauración del
capitalismo en los antiguos estados obreros y en el recolonización en curso de
los países dominados, y lo hacen mediante la invasión imperialista de Irak bajo
dirección norteamericana (con la participación de Gran Bretaña, Estado Español,
Italia, Polonia...), mediante la invasión y ocupación de la ex Yugoslavia por
la OTAN, la ocupación de Afganistán también por la OTAN (con Francia, Estado
Español, Alemania), y por medio del control de Haití (Francia, Estado Español,
junto a Estados Unidos, Argentina, Brasil, Turquía, etc.).
Tanto en el interior como en el exterior, la
minoría de explotadores debe ocultar o legitimar su dominación mediante el
patriotismo, los grandes medios de comunicación, la religión y el sistema
educativo. Para completarlo le hace falta intimidar y, eventualmente, aplastar
la resistencia de la mayoría explotada y oprimida. Sin contar los gastos en
policía y prisiones, en constante aumento, los 25 países de la UE gastan de
media más del 2% de su PIB para sus ejércitos.
Una de las pocas cosas que unifica a las burguesías
europeas es la suerte que les reservan a los pequeños campesinos, explotados
más o menos directamente por los grupos capitalistas (banca, agroalimentación,
semillas, química, gran distribución...), lo que lleva a menudo a la absorción
de sus granjas por verdaderas empresas capitalistas agrícolas.
Los golpes que reciben actualmente los trabajadores
del campo y de la ciudad de Europa, no provienen de ningún modo de una
ideología que sería el ‘neoliberalismo’ de las instituciones europeas. La lucha
entre la burguesía y la clase obrera es inmanente al capitalismo. Más que
nunca, desde la crisis económica mundial de 1973, cada burguesía del mundo
lleva la ofensiva para aumentar la tasa de explotación y hacer bajar el valor
de la fuerza de trabajo. El resultado es que, de 1975 a 1999, la parte de los
salarios en el PIB europeo de los 15 bajó un 9%. La tasa de paro de la UE de 25
es del 9,1% de la población activa. El derecho a una pensión decente, los
seguros de paro de los trabajadores del sector privado, el acceso a la sanidad
y la educación, los servicios públicos, todas las conquistas del movimiento
obrero europeo, se reducen, pues son incompatibles con un modo de producción
caduco basado en el beneficio, que pudre toda la vida económica y social.
Por ello la única Europa unificada que puede haber
es la Europa socialista. Transformar la UE en “Europa social” es un mito
reformista.
Lejos de ser víctima de la “construcción europea”,
como lloriquean los reaccionarios, el estado nacional se refuerza como aparato
de represión. Todas las burguesías europeas consolidan activamente su propio
estado, en particular sus cuerpos de mercenarios que mantienen el orden
capitalista: policías de toda suerte, servicios secretos, ejército.
Paralelamente, todos los gobiernos europeos atacan las libertades democráticas.
El capitalismo ascendente del siglo XIX justificaba
el colonialismo por el racismo. A principios del siglo XXI todos los demagogos
reaccionarios atribuyen los males engendrados por el capitalismo (paro,
pobreza, delincuencia...) a la competencia extranjera (siempre “desleal”), a
las “deslocalizaciones”, a los “tecnócratas de Bruselas”, etc. Fascistas y, en
cuanto a la misma cuestión, políticos burgueses respetables, señalan como
chivos expiatorios a los judíos como siempre pero, sobretodo, a los inmigrantes
(pakistaníes, árabes, turcos, etc.) y a sus descendientes. No se trata sólo de
iluminados ya que el capitalismo decadente segrega, continuamente, xenofobia
mediante la “política de inmigración”, la “lucha contra el terrorismo”, la
división nacional y racial de la clase obrera, la segregación social en guetos
urbanos...
Todos los gobiernos de Europa restringen el derecho
de asilo. Rechazan a los árabes y a los habitantes de la Kabila amenazados por
los fanáticos islamistas y las dictaduras del lugar, atacan a los inmigrantes
kurdos o turcos perseguidos en todos los países de la UE, a los militantes
vascos perseguidos en Francia y torturados por el Estado Español, a los
militantes italianos que buscan refugio en Francia y que son devueltos al
mafioso Berlusconi.
Todos los estados restringen la libertad de movimientos y los derechos de los trabajadores inmigrantes, tratándolos brutalmente y encerrándolos en ignominiosos centros de retención, sobreexplotando a los que no están retenidos y dividiendo, así, a la clase obrera.
El capitalismo ha
demostrado ser incapaz de superar las fronteras nacionales de Europa
Las dos grandes guerras imperialistas fueron, ante
todo, la expresión de la rebelión de las fuerzas productivas contra los límites
de las fronteras nacionales, particularmente arcaicas en Europa. En dos
ocasiones el imperialismo alemán intentó unificar militarmente Europa bajo su
hegemonía. En la segunda lo hizo bajo la dirección de la abyecta encarnación de
la contrarrevolución burguesa y de la reacción capitalista, Hitler y el nazismo.
En dos ocasiones, las clases dominantes europeas, con la ayuda de la burguesía
norteamericana, se echaron mano al cuello para repartir de nuevo el mundo,
sacrificando a millones de jóvenes trabajadores de las ciudades y el campo,
arrasando el continente, masacrando a los civiles, arrastrando en el conflicto
a la carne de cañón de sus colonias.
Frente al horror sin fin
de la carnicería imperialista, el proletariado se rebeló y abrió, de este modo,
otra vía a la humanidad. Comenzó la revolución socialista mundial, conquistando
el poder en octubre de 1917 en Rusia y derrocando a la monarquía en Alemania.
Así, la clase obrera puso fin a la guerra entre las burguesías, guerra de la
que ella era la víctima.
Durante la Segunda
Guerra Mundial, la derrota del nazismo comenzó gracias a los trabajadores
rusos, en Stalingrado en febrero de 1943. El mismo año, el proletariado
italiano se alzó contra Musolini. Pero la oleada revolucionaria que engendró la
Segunda Guerra Mundial fue contenida por la alianza contrarrevolucionaria entre
la burguesía imperialista de Estados Unidos, la de Gran Bretaña y la burocracia
de la URSS (acuerdos de Teherán, Yalta y Postdam), asustadas las tres ante la
potencial revolución proletaria en Europa occidental y central que se habría
extendido, inevitablemente, a la URSS. Stalin disolvió la III Internacional en
1943, en prenda de colaboración de clases. La coalición “democrática” de
Washington y el Kremlin temía más a la revolución que al nazismo. Sus ejércitos
dejaron a los nazis masacrar a los insurgentes de Varsovia y golpearon
deliberadamente a la población civil alemana para aterrorizarla y destrozar
cualquier veleidad de revuelta.
Sus agentes políticos en
el seno de la clase obrera, los partidos “socialistas”, partidos “comunistas” y
aparatos sindicales reformistas, se opusieron todos ellos a la lucha de la
clase obrera en 1943, fecha del levantamiento italiano. Consiguieron contener
la revolución desarmando a los trabajadores de Francia, Grecia..., participando
directamente en la reconstrucción de los estados burgueses quebrantados por las
derrotas militares y los alzamientos armados, denunciando y combatiendo las
huelgas, calumniando a los revolucionarios.
El imperialismo vencedor
reconstruyó en Europa los estados nacionales, volviendo a poner en su lugar a
las burguesías exangües y desacreditadas, con la excepción de la modificación
del trazado de algunas fronteras. Con la complicidad de Stalin, los presidentes
demócratas Roosevelt y Truman dividieron más que nunca a Europa,
particularmente a su principal proletariado, el proletariado alemán. Por otra
parte, la alianza contrarrevolucionaria establecida en Yalta preveía el
mantenimiento de los pueblos coloniales bajo la bota de sus amos europeos.
Amenazadas con perderlo todo, las burguesías
europeas se vieron obligadas a hacer amplias concesiones a sus proletariados
respectivos: restablecimiento de las libertades democráticas y del derecho de
huelga, extensión de la Seguridad Social y nacionalizaciones... En Albania y
Yugoslavia, ejércitos de partisanos controlados por los partidos estalinistas
tomaron el poder a pesar de las consignas de Stalin.
Las burguesías británica
y norteamericana habían enviado a los jóvenes trabajadores a todos los frentes
y a todos los océanos bajo la excusa del antifascismo. Pero en cuanto sus rivales
japoneses y alemán fueron vencidos, la burguesía norteamericana se volvió
contra la URSS y se apoyó más que nunca en los regimenes fascistas de Portugal
y España. La burguesía norteamericana, hegemónica, acudió en ayuda de las
burguesías europeas debilitadas, y lo hizo con el Plan Marshall en 1947. A
partir de la derrota de Alemania, desencadenó una ofensiva contra la URSS con
el objetivo de restaurar el capitalismo. Esta “Guerra Fría” recibió el apoyo de
la socialdemocracia y de la mayoría de las direcciones sindicales.
Para su propia
salvaguarda de casta privilegiada, defendiendo al mismo tiempo a su manera a la
URSS contra la agresión imperialista norteamericana, la burocracia del Kremlin
expropió a partir de 1948 a los capitalistas de Europa Central. Estableció
estados obreros burocráticos desde su mismo nacimiento, calcados del de la
URSS, estados en que los trabajadores no ejercían realmente el poder, ni tenían
incluso los derechos democráticos elementales, ni el de huelga, pero en los que
obtuvieron el pleno empleo, la sanidad y educación gratuitas...
En todo el mundo el
imperialismo norteamericano ha sostenido, o puesto en pie, dictaduras contra
cualquier amenaza revolucionaria. En Europa, participó directamente en la
constitución de un régimen autoritario en Grecia en 1967.
Pero los regimenes
burgueses dictatoriales de Grecia, España y Portugal no resistieron la oleada
revolucionaria que quebrantó a partir de 1968 el orden de Yalta, tanto en el
Oeste como en el Este de Europa.
En los años 1960, el
estado portugués entró en crisis frente a la obstinada resistencia de los
pueblos de sus colonias de África (Guinea-Bissau, Mozambique, Angola). En 1974,
la revolución portuguesa permite derrocar a la dictadura de Caetano, el
heredero de Salazar: a consecuencia de la confraternización entre los soldados
y los trabajadores el Primero de Mayo, la policita secreta es desmantelada, las
empresas son ocupadas y se conquistan todas las libertades democráticas. Sólo
la colaboración de clases y la feroz división de las filas obrera entre el PSP
y el PCP, con el apoyo de centristas de toda clase, permitieron al estado
burgués mantenerse y salvar al debilitado capitalismo portugués. La vía hacia
la adhesión a la Comunidad Económica Europea quedó abierta al mismo tiempo que
para su vecino español.
En el Estado Español,
contradicciones aún más grandes minaron al régimen franquista. La clase obrera
reconstruyó sus fuerzas, la juventud entró en ebullición y los pueblos
oprimidos se reanimaron. Para evitar cualquier riesgo de revolución, el rey
Juan Carlos de Borbón y Borbón, designado por Franco como su heredero,
introdujo reformas preventivas a partir de 1976. Tanto el PSOE como el PCE sostuvieron al rey y su “transición”. Aportaron
el apoyo a la constitución del 6 de diciembre de 1978, constitución que
restableció cierto número de libertades democráticas, aunque manteniendo los
privilegios de la Iglesia Católica, negando el derecho a la separación de las
minorías nacionales vasca, catalana y gallega, instaurando una monarquía con
fuertes trazos bonapartistas.
A pesar de que los
dirigentes reformistas Hollande, Buffet, Zapatero, Schröder y compañía, afirman
fraudulentamente que las conquistas obreras son hijas de la “república” o de la
“democracia parlamentaria”, la verdad es bien diferente: tanto en el este como
en el oeste del continente, las grandes conquistas del proletariado europeo en
el siglo XX fueron el subproducto de las oleadas revolucionarias mundiales que
se desataron en 1917, 1943 y 1968.
La
Unión Europea se apoya en un frágil compromiso entre las burguesías francesa y
alemana.
La UE constituye una
base para la extensión de los grandes grupos capitalistas de esta región, para
conservar sus partes en la economía mundial y conquistar nuevas en las economías
antiguamente colectivizadas de Europa Central, China, Vietnam y Cuba, en los
países semicoloniales tradicionales y en el seno de los mismos países
imperialistas. Los gobiernos burgueses ocultan este estado de cosas por medio
de discursos sobre la “unidad del continente” y sobre la “paz”.
El Consejo Europeo, es
decir los gobiernos de los 25 estados miembros, adoptó el 18 de junio de 2004,
un proyecto de tratado constitucional que se sitúa claramente en el marco
capitalista: “La Unión actúa a favor del desarrollo sostenible de Europa
fundado sobre... una economía social de mercado altamente competitiva...
(artículo I-3 del proyecto). La palabra “social” sólo tiene una función
decorativa. En cuanto a la expresión “economía de mercado” designa, en hipócritas
términos, al capitalismo. El modo de producción capitalista, nacido en Europa,
no es sólo un mercado de productos sino la explotación de los trabajadores
asalariados. En el capitalismo la fuerza de trabajo de los proletarios es, ella
misma, una mercancía a disposición de la minoría de la sociedad que posee los
medios de producción. El producto social escapa al control de sus productores,
en beneficio de los capitalistas que pueden, así, acaparar el sobreproducto
bajo la forma de beneficios.
La concentración del
capital, que ha podido proseguir a escala mundial al precio de crisis
económicas y guerras, toma la forma de grandes grupos capitalistas
transnacionales. Sin embargo, no conduce a la desaparición de los estados
nacionales y de las fronteras. Por el contrario, comporta el aumento de la
competencia entre las empresas y entre los espacios nacionales en los que éstas
se mueven y sobre los que se apoyan. En efecto, por una parte la aplastante
mayoría de las “multinacionales” tiene una base nacional claramente
identificable; por otra parte, los estados más potentes no sólo garantizan en
beneficio de todo el capital el mantenimiento de las condiciones de extracción
de plusvalía ante la resistencia de los asalariados, sino que, además,
defienden los intereses de su fracción nacional del capital frente a sus
competidores.
La misma Unión Europea es la obra de los estados, especialmente de las viejas potencias imperialistas del continente. Lo que los políticos, universitarios y periodistas burgueses llaman la “construcción europea” se ha apoyado, desde el principio, en negociaciones de pasillo entre los poderes ejecutivos de Francia y Alemania sobre todo, aunque estas negociaciones también han incluido a Gran Bretaña, Italia, Estado Español, Países Bajos...
Desde los años 1950,
para superar la estrechez de sus territorios, para evitar el estrangulamiento
de sus economías nacionales agravado por la pérdida de los mercados de Europa
del Este y de las colonias, se concluyeron acuerdos entre algunos estados capitalistas,
creando, así, una primera zona de libre cambio: al principio los tres pequeños
países del “Benelux” en 1948, después los seis países de la “Comunidad
Económica Europea” en 1957 (Alemania, Francia Italia, Países Bajos, Bélgica
Luxemburgo). Tal es el origen de esta pretendida “Europa”, rebautizada Unión
Europea en 1992: un compromiso entre burguesías nacionales a fin de liberar la
acumulación del capital del obstáculo de sus propias fronteras... El acuerdo
regional se amplió en 1973 al Reino Unido, Irlanda, Dinamarca; en 1981 a
Grecia; en 1986 a España y Portugal; en 1995 a Suecia, Finlandia y Austria; en
2004 a Polonia, Hungría, República Checa, Eslovenia, Eslovaquia, Lituania,
Letonia, Estonia, Malta y Chipre.
Alemania y Francia han
controlado todas las etapas de la UE, desde la creación de la Comunidad Europea
del Carbón y del Acero en 1951 hasta la proclamación de la UE en 1992. Ninguna
decisión significativa (como la adopción del euro en 1999 o la ampliación a
diez nuevos países en el 2004) se ha tomado en la UE sin el acuerdo de los
gobiernos de los estados alemán y francés. Por otra parte, los estados francés
y alemán pueden romper las reglas si sus intereses así se lo piden, como fue el
caso en el 2003 y en el 2004 para los déficit presupuestarios que superaban
ampliamente los criterios de los tratados de Maastricht de 1992 y de Ámsterdam
de 1997. Así, a través de sus primeros ministros y de los otros miembros de sus
gobiernos, la Unión Europea está bajo el control de las grandes empresas capitalistas
de estos países. La Comisión Europea de Bruselas, lejos de tener el poder, se
encarga de la aplicación de estas políticas.
El tratado constitucional no cuestionará, en
absoluto, estas bases de la UE.
¿Qué
actitud debe tomar el proletariado de los países miembros de la UE ante el
tratado constitucional?
En
determinado número de países los gobiernos prevén someter a referéndum la
adhesión de Turquía a la UE y el proyecto de constitución de la UE.
Este proyecto de tratado constitucional, redactado
por Giscard d’Estaing, antiguo Presidente de la V República francesa, garantiza
el dominio de las grandes potencias sobre la Unión Europea y su dominación
sobre los otros miembros. Por una parte, los gobiernos tomarán siempre las
decisiones esenciales, aunque el Parlamento Europeo tendrá que dar su visto
bueno en algunos dominios (presupuesto, mercado interior, inmigración...). Por
otra parte, las decisiones se tomarán ya sea por unanimidad (fiscalidad,
política social...), ya sea por “mayoría cualificada”, que exige el acuerdo de,
al menos, 15 estados representando al 65% de la población (artículos I-23,
I-25...). De esta forma, Francia y Alemania pueden paralizar cualquier decisión
que les moleste.
En consecuencia, el proyecto mantiene la dominación
económica de todo el continente por los estados imperialistas, pero también la
supervivencia de las monarquías, la existencia de religiones de estado
(cristianas), y el mantenimiento de los pueblos oprimidos de Europa dentro de
los estados capitalistas existentes. El proyecto de tratado constitucional se
refiere, incluso, a la religión como a un valor fundador (preámbulo); obliga a
la Unión Europea a consultar a las Iglesias (art 1-52). Bajo pretexto de la
“lucha contra el terrorismo”, el tratado constitucional prevé la colaboración
de los estados, policías y servicios secretos, contra los países dominados y
contra las organizaciones radicales, nacionalistas o revolucionarias (artículos
I-42, III-271, III-276, III-309).
Ningún trabajador consciente puede apoyar tal
tratado. Pero tampoco puede asociarse a los que le oponen el chovinismo, el
bloque con “su” burguesía y la división de la clase obrera.
Puesto que el reformismo tiene como horizonte el
capitalismo, los dirigentes de las organizaciones obreras de masas y sus
aliados centristas intentan encerrar a los trabajadores en un dilema cuyas dos
soluciones son capitalistas. Todos conceden al capitalismo de Europa la
capacidad de unificar el continente. La mayoría de ellos se regocijan pensando,
junto a las fracciones decisivas de los capitalismos de Europa, que es el único
marco posible para resistir la competencia norteamericana; otros lo rechazan,
junto a una fracción minoritaria de su clase dominante, y están dispuestos a
defender las prerrogativas de “su” nación contra los “dictados de Bruselas”.
Según en qué estados, la discusión del tratado
constitucional pasará por el Parlamento o por una consulta electoral. En caso
de referéndum, los trabajadores no tienen que pronunciarse ni a favor de este
tratado, ni por el mantenimiento del Tratado de Niza de 2001.
La unificación pacífica del continente será un
progreso histórico. Pero la burguesía, en la época imperialista, es totalmente
incapaz de hacerlo. La economía se ahoga en el collar de hierro de la propiedad
privada y las fronteras heredadas del período histórico anterior. Las
burguesías de Gran Bretaña, Francia, Italia, Alemania..., no pueden abandonar
su estado nacional, indispensable contra su proletariado y también contra las
burguesías con que compiten.
La unificación de Europa es la tarea histórica de
la única clase progresista de nuestra época, el proletariado. La contradicción
cada vez mayor entre el desarrollo de las fuerzas productivas, su tendencia a
la internacionalización y a la socialización, y las relaciones de producción
capitalistas, sólo será superada por una revolución social, llevada a cabo por
la clase que es a la vez el producto del capitalismo, su condición de
existencia y su negación potencial: la
clase obrera. Permanentemente ésta se enfrenta a los capitalistas que la
explotan y tiene la capacidad de derrocar a la clase explotadora, y ello debido
a su número, concentración y lugar decisivo que ocupa en la producción. Los
trabajadores independientes siguen teniendo un papel menor en la producción de
mercancías.
Para llevar a fin esta tarea histórica, el
proletariado debe comenzar por afirmar su independencia de la burguesía y de
todas sus fracciones políticas.
Es posible que los trabajadores de un país
determinado vean en el referéndum la ocasión de pronunciarse contra el gobierno
en el poder, sea cual sea su composición (partido reformista, coalición entre
partido reformista y partido burgués, partidos burgueses solos en el poder).
Pero estos referéndum servirán para la división de las filas obreras. No será
con el “no” como los trabajadores manifestarán su fuerza. Las campañas a favor del no serán,
sobretodo, una ocasión para desatar el chovinismo y la xenofobia, especialmente
contra los turcos. Allí donde haya consulta electoral sobre el proyecto de
tratado constitucional, los trabajadores conscientes sólo pueden boicotearla:
¡Ni Tratado de Niza, ni tratado constitucional de Giscard! ¡Ni repliegue
nacional ni parodia de unidad europea!
¿Qué
actitud debe tomar el proletariado ante la adhesión de Turquía?
Al
igual que el actual estado ruso, el estado turco tiene incluida una pequeña
parte de su territorio en lo que tradicionalmente se llama “Europa”, y la mayor
parte en “Asia”. Desde 1963 Turquía ha estado asociada a la CEE. Desde 1995,
este acuerdo consiste en una unión aduanera. Los sucesivos gobiernos turcos
piden desde 1987 la entrada en la Unión Europea.
Algunos partidos
burgueses se oponen a la entrada de Turquía porque apuestan permanentemente por
la xenofovia: agitan, pues, el fantasma de una inmigración masiva. Otros son
reticentes porque temen el costo de la adhesión si la ‘política agrícola común’
de la UE se aplica a Turquía. Además, muchos partidos burgueses temen el riesgo
de incoherencia en la ideología dominante ya que la población de Turquía es
mayoritariamente musulmana, mientras que la UE fue fundada por clericales
cristianos y la lucha contra el ‘terrorismo islamista’ es ampliamente utilizada
para justificar los ataques a las libertades democráticas...
Por otra parte, la
posibilidad de ampliar el mercado europeo con un gran país y de arrancar a
Turquía de la órbita de los Estados Unidos tienta a numerosos sectores de la
burguesía europea.
Por el momento, el
Consejo Europeo (el ejecutivo de la UE constituido por los primeros ministros
de los estados miembros) difiere continuamente la adhesión del estado turco.
Así, el Consejo de los días 16 y 17 de diciembre de 2004, consagrado a esta
cuestión, decidió.…abrir nuevas negociaciones.
El proletariado y los
comunistas revolucionarios del estado turco tienen que combatir contra la
pertenencia a la OTAN, la alianza con Israel y las bases estadounidenses, igual
que contra toda postración del país a los imperialismos alemán y francés por
parte de la burguesía turca. Deberán rechazar toda ilusión de los trabajadores
turcos y kurdos hacia la UE, pero también deberán rechazar todo repliegue hacia
el nacionalismo burgués, ya sea kemalista o islamista.
El pueblo kurdo debe
poder decidir libremente sobre su pertenencia al estado turco o su separación
de los estados burgueses existentes en el Oriente Próximo. Siguiendo la marcha
de la historia, el proletariado turco decidirá libremente contribuir a los
Estados Unidos Socialistas de Europa o a los Estados Unidos Socialistas del
Oriente Próximo.
Por su parte, la
vanguardia de los trabajadores de los países ya miembros de la UE no puede
aprobar los motivos burgueses de exclusión o aceptación de Turquía. Contra todo
chovinismo y contra toda influencia imperialista sobre Turquía, para unir a los
trabajadores de todo el continente y para unir al proletariado de cada país de
Europa que incluya a una fracción de nacionalidad turca o de origen turco o
kurdo: los trabajadores de los países de la UE deben luchar a favor de la libre
circulación y establecimiento, sin condiciones, de todos los trabajadores del
estado turco en toda Europa y a favor de la aplicación de todas las conquistas
del movimiento obrero de Europa Occidental y del Norte a sus hermanas y
hermanos de Turquía.
Todo intento de las
burguesías para que los trabajadores se pronuncien sobre la adhesión de Turquía
a la UE es una trampa. Ni los trabajadores de Turquía, ni los trabajadores de
la UE, pueden lograr una victoria política en un dilema burgués que les
colocaría automáticamente del lado de una de las dos tendencias del enemigo de
clase: los anexionistas o los chovinistas. Por consiguiente, en caso de
referéndum sobre esta cuestión la consigna del proletariado debe ser el boicot.
Contra todos los gobiernos burgueses de Europa, contra la UE, contra la OTAN, contra el chovinismo.
La
perspectiva que ofrece el capitalismo a los pueblos europeos es el declive, la
regresión social y el paro masivo, la competencia creciente entre poderes
imperialistas, la crisis económica mundial y la guerra.
Pero la clase obrera, primera víctima de la
degradación constante de las condiciones de existencia de la vasta mayoría de
la población, tiene también el poder de poner fin este a estado de cosas y
unificar Europa. Para lograrlo, el proletariado debe tomar la dirección de
todos los oprimidos y de todos los explotados.
A la coalición abierta u oculta con la burguesía,
practicada por la socialdemocracia tradicional y el stalinismo en reconversión
desde la desaparición de la URSS, los bolcheviques oponen el frente único de
todos los trabajadores contra la burguesía, la coalición reivindicativa y
política de todas las organizaciones obreras contra los gobiernos burgueses,
sus estados y su Unión Europea, para lograr su definitivo derrocamiento.
Exigimos de todos los partidos y organizaciones que
se apoyan en los trabajadores que rompan políticamente con la burguesía y que
defiendan un programa obrero. Los bolcheviques las apoyarían si emprenden este
camino:
·
¡No al paro!
¡Defensa y reestablecimiento de todas las conquistas proletarias! ¡Educación y
sanidad públicas, de calidad, vivienda para todos!
·
¡No a la
flexibilidad y a las leyes contra las huelgas y sindicatos! ¡35 horas semanales
sin flexibilidad! ¡Reducción del paro mediante el reparto del tiempo de trabajo
entre todas las manos disponibles! ¡Aumento general de todos los salarios,
pensiones y prestaciones! ¡Recuperación e indexación según el alza de los
precios!
·
¡Abolición
del IVA y de todo impuesto sobre el consumo popular! ¡Basta de subvenciones a
las empresas! ¡Control obrero de la industria y los servicios! ¡Expropiación de
la banca y grandes grupos capitalistas! ¡Plan de producción y distribución bajo
control de las masas!
·
¡Por
sindicatos unificados que agrupen en cada rama a todos los trabajadores, sea
cual sea su calificación y oficio! ¡Democracia total en los sindicatos! ¡No a
la cogestión! ¡Ninguna discusión de los planes gubernamentales o patronales
contra los trabajadores! ¡Asambleas generales y comités elegidos para dirigir
las luchas!
·
¡Igualdad
real entre hombres y mujeres! ¡Libre derecho al aborto! ¡Derechos iguales para
todos, sea cual sea la orientación sexual!
·
¡Laicidad en
toda Europa! ¡Separación de Iglesia y Estado! ¡Prohibición de toda financiación
por el estado y por las colectividades territoriales de toda religión, de todo
clero y de toda escuela privada! ¡Supresión de toda mención de religión en los
documentos de identidad y en los ficheros del estado! ¡Emancipación de la
juventud de todo control clerical!
·
¡Independencia
para las últimas colonias europeas! ¡Autodeterminación para los kosovares,
vascos, irlandeses, kurdos, etc.!
·
¡Abolición de
los acuerdos de Schengen! ¡Apertura de las fronteras para todos los
trabajadores! ¡Reconocimiento de todos los derechos y de la ciudadanía a los
trabajadores inmigrantes!
·
¡Libertad
para todos los militantes revolucionarios y radicales, para todos los
sindicalistas y activistas de las naciones oprimidas! ¡Autodefensa obrera de
las huelgas, manifestaciones y organizaciones proletarias! ¡Disolución de los
ejércitos profesionales nacionales y de todas las fuerzas represivas
policíacas!
·
¡Abolición de todas las monarquías! ¡Por la supresión de todas las
‘cámaras altas’ (senados, cámara de los lores, etc.), por la revocabilidad de
los cargos políticos y por que su remuneración se limite al salario de una
técnica o un técnico!
·
¡Ninguna
amenaza militar contra China, Corea del Norte, Irán y Siria! ¡Cierre de todas
las bases militares estadounidenses En Europa! ¡Salida y liquidación de la
OTAN! ¡Desarme de la “Fuerza Rápida Europea”!
·
¡Anulación de
todas las deudas de los países pobres! ¡Defensa de las economías colectivizadas
de Cuba, Corea del Norte y Vietnam! ¡Fuera inmediatamente de Costa de Marfil,
Haití, Bosnia, Kosovo, Afganistán e Irak, las tropas imperialistas! ¡Frente
Único Obrero para bloquear el transporte y las transmisiones militares!
¡Victoria de Irak! ¡Derrota del imperialismo!
·
¡Contra la Unión Europea, contra todos los tratados y acuerdos de la CEE
y de la UE, desde el Tratado de Roma de 1957 hasta el proyecto de tratado
constitucional, que se inscriben totalmente en el capitalismo y que perpetúan
la dominación del continente por Francia y Alemania! ¡Gobiernos obreros en cada país de Europa! ¡Estados
Unidos Socialistas de Europa!
Cualquier reivindicación seria de las masas choca
con la propiedad privada de los medios de producción. He aquí por qué los
trabajadores deben unirse y derrocar al estado burgués que garantiza la
dominación de una pequeña minoría sobre toda la sociedad y le permite vivir a
costa del trabajo de los demás. Sólo un gobierno obrero sabrá garantizar el
futuro. Tendrá como tarea expropiar a los explotadores, colocar a las grandes
empresas bajo control de los productores asociados y comenzar a reorganizar la
sociedad sobre una base racional y, por tanto, internacional y después mundial.
Todas las conquistas sociales anteriores de la
clase obrera de Europa del Este han sido liquidadas porque la burocracia
usurpadora no fue derrocada y, finalmente, restauró el capitalismo. Todas las
conquistas políticas y sociales de la clase obrera de Europa del Oeste se ven
desgastadas y amenazadas porque la burguesía aún tiene el poder gracias a la
complicidad de los partidos reformistas y los aparatos sindicales. El
proletariado no puede dejar pasar las próximas ocasiones revolucionarias sin
revivir todos los aspectos de la barbarie capitalista: la crisis económica, el
fascismo y la guerra.
Los
aparatos sindicales y políticos reformistas dividen las filas obreras y
colaboran con la burguesía
En el
curso de la última oleada revolucionaria mundial, el proletariado europeo
demostró, una vez más, su capacidad para el combate: Bélgica en 1961, Francia y
Checoslovaquia en 1968, Italia en 1969, Polonia y Gran Bretaña en 1970, Turquía
en 1971, Irlanda y Portugal en 1974, España en 1976, Polonia en 1980...
Recientemente, frente a la contraofensiva de la burguesía mundial, resistiendo
las ofensivas locales contra sus derechos políticos y sociales, contra las
guerras imperialistas, movimientos huelguísticos y manifestaciones masivas se
han realizado en Gran Bretaña, el Estado Español, Italia, Grecia,
Alemania, Austria...
Sin embargo la protesta espontánea de los
trabajadores y de la juventud no es suficiente. Tropieza con las burocracias
sindicales y los partidos tradicionales de la clase obrera que bloquean y
desvían sus luchas ya que son los criados de los estados burgueses que compran
sus servicios. Los nacionalistas pequeño burgueses (el SSP, Batasuna, el
IRA...), las corrientes islamistas y las organizaciones de jóvenes cristianos,
los movimientos “altermundistas” como ATTAC y los partidos “ecologistas”...,
contribuyen igualmente a la confusión del proletariado y la juventud. Muchos de
estos charlatanes alimentan a las masas con el mito de “otra Europa”, que sería
menos “liberal” (pero igual de capitalista) o dividen a las masas en función
del sexo, nacionalidad, raza o religión...
A través de toda Europa, los partidos
obrero-burgueses y las burocracias sindicales defienden la colaboración de
clases que practican cotidianamente: viven de las migajas que la burguesía les
concede para defender sus intereses fundamentales, antagónicos a los del
proletariado. La mayor parte de los partidos socialdemócratas y de origen
estalinista de los países europeos, ya incluso ni reivindican el socialismo
tras la restauración del capitalismo en Rusia, restauración a la que han
contribuido. Intentan hacer creer en una “Europa social”, como si la Unión
Europea capitalista pudiera satisfacer las necesidades sociales de las masas.
En la práctica, los partidos reformistas aceptan
discutir y poner en marcha los planes antiobreros, impiden las huelgas
generales y la autodefensa de los trabajadores, predican la confianza en la
policía y el ejército y refuerzan los cuerpos de represión, pactan con los
partidos burgueses o sostienen a los representantes de la burguesía, aceptan la
bota de Israel sobre Palestina, son cómplices de la opresión de los pueblos de
Europa, apoyan a la ONU y la intervención de sus tropas. Cuando se encuentran
en el poder, gestan ellos mismos las privatizaciones y los planes antiobreros,
deportan o encarcelan a los trabajadores inmigrantes.
Sus aliados de “extrema
izquierda” se limitan, como ellos, a reivindicar “otra Europa”... sin decir
cuál. Los más audaces parlotean sobre una “Europa de los trabajadores”, sin
socialismo ni revolución, y, sobretodo, sin dictadura del proletariado, por
tanto una Europa ilusoria. Por ejemplo en Francia, Lucha Obrera y LCR pretenden
transformar la Unión Europea, esta coalición de estados burgueses, en una
“Europa de los trabajadores”, mientras que el PT atribuye el deterioro de la
vida de las masas a la Unión Europea, igual que los partidos burgueses más
reaccionarios. Los liquidadores de la IVª Internacional constituyen, de hecho,
el ala izquierda del reformismo, ya que se han instalado progresivamente en el
capitalismo y se han acomodado a su estado burgués.
Desde hace tiempo,
algunos de ellos preconizan la vía parlamentaria (ex Militant, ahora en dos
corrientes, CIO y Socialist Appeal – El Militante); hoy en día, todos rechazan
cada vez más abiertamente la revolución. En Francia, los centristas llaman a
votar Chirac (LCR), defiendan la “República” burguesa (PT), apoyan las
manifestaciones de oficiales de policía (LO) o la ley Chirac contra el fular
que llevan las jóvenes árabes y turcas
(LCR, LO, PT). En Gran Bretaña, abandonan la lucha por una Palestina laica y
democrática, por el derecho al aborto y por la supresión del control de la
inmigración (SWP). En toda Europa los seudotrotskystas y las reliquias del
maoísmo se fusionan cada vez más con las viejas burocracias de las
organizaciones obreras de masas, especialmente con las de los aparatos
sindicales corrompidos, o los construyen por su cuenta (SUD en Francia) Los “trotskystas”
domesticados y los pequeño burgueses anarquistas aportan en su mayoría un
entusiasta apoyo al “Foro Social Mundial” dirigido por las iglesias cristianas
y sus amigos estalinistas reciclados, por las ONG financiadas por los estados
burgueses y por los partidos políticos ecologistas
Los libertarios y los
centristas se oponen a la construcción de un partido obrero revolucionario. Los
anarquistas dejan, así, al proletariado en manos de los agentes de la
burguesía. En cuanto a aquellos que se reclaman marxistas, a veces, su
perspectiva política común es el partido “amplio”, no delimitado claramente,
que pretende mejorar la situación de los trabajadores en el seno del
capitalismo. Construyen pequeñas formaciones que pretenden ocupar el lugar de
los partidos obreros burgueses de posguerra, o se comportan como muletas de los
partidos “socialistas” o “comunistas” cada vez más desacreditados por su
gestión leal del capitalismo en las colectividades territoriales, en los
gobiernos nacionales y en la Unión Europea.
En Francia, el ex PCI ha
desaparecido en un partido reformista y chovinista que ha constituido, él
mismo, el “Partido de los Trabajadores”. En Gran Bretaña la mayoría de la
corriente El Militante, excluida del Partido Laborista, ha levantado el “Socialist
Party” sobre el programa reformista tradicional del laborismo de izquierda.
También en Inglaterra, el SWP y el ISG lanzan actualmente un partido denominado
“Respect” junto a islamistas y a George Galloway, un disidente laborista
antiabortista y partidario del control de la inmigración, tras haber fracasado
en su anterior proyecto neo-reformista (la “Soacialist Alliance”). Por otra
parte, los seudotrotskystas refuerzan desde hace más de una década las
formaciones reformistas de origen estalinista (PRC en Italia, IU en el Estado
Español, PDS en Alemania, PCF en Francia...). Otros, o los mismos, se han unido
directamente a la socialdemocracia (en la alcaldía de Londres, en la dirección
del PS y en el parlamento francés...). Por otra parte, los anarquistas,
maoístas y trotskystas en ruinas han llegado, incluso, ha unirse a partidos sin
ninguna relación con la clase obrera: ecologistas alemanes, nacionalistas
catalanes, nacionalistas escoceses...
Todas estas corrientes no tienen nada que ver con
la revolución.
El
enemigo está en nuestro propio país: por la unidad del proletariado de toda
Europa y del mundo entero, por una Internacional Obrera Revolucionaria
Para
defenderse y preparar su futuro, el proletariado necesita una nueva dirección,
un partido de tipo bolchevique, internacionalista y revolucionario que agite,
con todos los medios proletarios, a favor de la retirada de los ejércitos de
los imperialismos europeos de Irak, Afganistán, Serbia, Bosnia, Costa de
Marfil, Haití, a favor de la derrota del imperialismo. También debe situarse al
lado de los otros proletariados del mundo y al lado de los países dominados
contra los imperialismos europeos, japonés y norteamericano. Debe proteger, en
particular, a los pueblos agredidos como los iraquíes, palestinos, chechenos o
kurdos.
La tarea de los internacionalistas, la mejor ayuda
que pueden aportar a la revolución mundial, es trabajar por el derrocamiento de
su propia burguesía por cada proletariado. Esto pasa, en cada país, por la
propuesta de Frente Único de todas las organizaciones obreras para resistir los
ataques de toda guisa del capital y del estado burgués.
La vanguardia obrera europea debe reagruparse en
una internacional marxista de partidos obreros revolucionarios en cada país,
partidos que los núcleos leninistas trotskistas luchamos por construir. Una
Internacional que llevará hasta el final la lucha de clases en cada país contra
su propia burguesía, que ayude a la construcción de milicias obreras, que
conduzca al derrocamiento del estado burgués y funde un gobierno obrero
expropiador de los grupos capitalistas, que abra la vía a los Estados Unidos
Socialistas de Europa. Esta federación estará abierta a todas las repúblicas
obreras que deseen unírsele, desde Turquía hasta Noruega, desde Suiza hasta
Rusia, pues ella misma no será más que una etapa hacia la federación soviética
mundial.
La unificación del continente sólo puede realizarse
por una revolución social. Tal tipo de revolución sólo puede ser realizada por
la clase que no tiene nada que perder, que está explotada, que es
internacionalista y no nacionalista. La victoria de la revolución en Europa
constituirá una inspiración para la revolución en América y en el mundo entero,
a fin de crear las condiciones para la desaparición del estado y de la
extinción de las clases sociales.
Europa es la cuna del capitalismo. En consecuencia,
el proletariado moderno apareció en primer lugar en Europa, que fue, así, el
teatro de las primeras revoluciones obreras y de las primeras tomas del poder
por los trabajadores: en París en 1871, en Petrogrado y Moscú en 1917. Si bien
el capitalismo fue restaurado, finalmente, en Rusia; si bien las conquistas
sociales que parecían las más firmemente establecidas han sido aniquiladas poco
a poco, el proletariado de Europa no ha dicho aún su última palabra. Mañana
reanudará el camino trazado por la Comuna de París y sobretodo de Octubre de
1917: tomará el poder.
Construyamos la Internacional cuyas banderas rojas
proclamarán: ¡Viva la unión de los trabajadores de la ciudad y del campo del
mundo entero! ¡Derroquemos a la burguesía en cada país! ¡Por la república
universal de los consejos obreros!
9 de abril de 2005
Groupe bolchevik (Francia), Lucha Marxista (Perú), Grupo Germinal (Estado español)