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Circula un artículo de Dante Castro acerca de las
recientes inclinaciones de algunos intelectuales cubanos hacia la figura de
Trotsky. Con este motivo, el redactor rasga desesperadamente sus vestiduras por
el “retorno al marxismo leninismo” en Cuba.
Lo primero que sorprende es la súbita y
conmovedora manera de reconocer que el régimen castrista habría abandonado el
“marxismo-leninismo” tiempo atrás. Para un periodista apéndice de tal régimen,
esto debe suponer un verdadero camino del Gólgota, un infausto purgatorio. Y
aunque por supuesto no analiza en absoluto el proceso degenerativo que admite,
no le cambian los colores del rostro cuando al mismo tiempo prodiga alabanzas a
los “lineamientos del partido”.
Son plausibles estos esfuerzos por conciliar su
autoexorcismo político con la rancia retórica estalinista, pero son harto
insuficientes. El “zahorí lector” invocado, toma buena nota del embozo. Aunque
Ud. no lo crea, ante sus ojos se materializa un supuesto adversario del burocratismo
castrista en nombre del marxismo-leninismo: ¡un Dante Castro filotrotskista! ¿Alguna buena broma?
El caso es que se despacha aquí y allá contra el
“burocratismo”, la “casta privilegiada” y hasta contra la actual reintroducción
del capitalismo en la isla. Enfila contra tales perversidades cual ignotos
demonios y molinos de viento. En la cruzada de su endeble discurso, es el
campeón de un pretendido antiburocratismo estaliniano.
Pero, vamos maestro, un poco de escrúpulos.
¿Cuándo, cómo y quién instauró el burocratismo en Cuba? ¿Cómo así su inmaculada
dirección “revolucionaria” despertó procapitalista un buen día? ¿En qué
instante de los interminables panegíricos castristas (y dantecastristas) se
transformó el príncipe en batracio? Oh, esas no son tribulaciones que
distraigan a nuestro artificiero. Para encararlas habría de abordar al menos
las obras de Trotsky sobre la URSS, y enfrentar la verdad podría resultar muy
desagradable.
Lo cierto es que la verdad histórica, ya sea en el
mundo de la primera mitad del XX, ya sea en la Cuba de hoy, no tolera ardides.
En la URSS, en Europa del Este, en Asia y en Cuba, el engendro estatal
estalinista cuya dictadura privó a las masas trabajadoras del poder, ha quedado
y queda, otra vez, desenmascarado. Ninguna hipocresía cómplice, ninguna pose
jruschoviana – muy a su pesar – puede maquillar, ni dentro ni fuera de Cuba, lo
que el Gran Jefe Burócrata se encargó de blindar durante décadas desde la
cúspide de la casta privilegiada del PC.
La pócima del regreso a la demagogia
“marxista-leninista” para ocultar la realidad, no puede ser más irrisoria. La
burocracia restaura entusiastamente el capitalismo, para bonanza propia y de
fracciones imperialistas europeas y norteamericanas, con las que se entiende y
negocia. Su proceso de conversión en nueva burguesía lleva velas y buen viento
en la ruta de sus pares rusos, chinos y europeos. Un proceso que sólo podría
ser abortado por una revolución política proletaria demoledora del régimen
castrista, pero jamás por los golpes de pecho de cualquiera de sus acólitos.
Frente a esto el asunto de Guevara es tangencial.
Que éste representaba un ala izquierda del
reformismo estalinista, no debería ser un secreto para nadie. Así lo revelan su
progresivo disenso de la política oficial soviética y su opción por el
antiimperialismo militarista. Todo ello - vaya novedad – contrastaba con la
postura de Castro, a la sazón fiel alabardero de la jerarquía del PCUS en
entrañable y fotográfico abrazo con Jruschov.
Nada de lo cuál, por supuesto, hace de Guevara un
trotskista. Lo transforman justamente aquellas tendencias seudotrotskistas que desde
hace cincuenta años abandonan la práctica de la revolución socialista y a las
cuales se acopla ahora el imposible castrismo trotskoide de Celia Hart; tendencias
por cuyas trayectorias obviamente nadie puede responsabilizar a Trotsky ni a la
IV Internacional bajo su dirección. ¿Guevara antiburocrático? En tal caso, lo
menos que se puede decir es que pretendía concebir la rueda de madera cuarenta
años después de que Trotsky inventase el automóvil.
Desde luego el pueblo es sabio, Dante Castro,
aunque no siempre…Pero lo suficiente para haber combatido a las castas
“marxistas-leninistas” que luego se convirtieron en clase explotadora. De esto
se trata la crisis del estado burocrático cubano también. Con que, no más
malabarismo exculpatorio y menú fantasmal de la resurrección democrática
estalinista. Si la frase “marxismo-leninismo” puede tener algún significado no
envenenado de millares de traiciones y de gulags, ese sólo puede ser la teoría
y la práctica de la Revolución Permanente.
Mil veces preferible como narrador de ficción, las
ficciones políticas del bohemio ilustrado sí que son intolerables. “¡A otro
perro con ese hueso!” escuchó uno, y a su vez acotó: “¡Más aún si es de Patria
Roja!”…..
Sergio Bravo Oct. 19.05