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POR LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

 

BAJO LA BANDERA DE MARX, ENGELS, LENIN Y TROTSKI

 

 

 

Plataforma de la 1ª Conferencia del  Groupe bolchevik pour la construction du Parti ouvrier révolutionnaire, de l’Internationale ouvrière révolutionnaire (Grupo Bolchevique por la construcción del Partido Obrero Revolucionario, por la construcción de la Internacional Obrera Revolucionaria)

 

 

 

 

 

El capitalismo mantiene a la mayor parte de la humanidad bajo un horror sin fin

 

 

Desde que, en 1991, se restauró el capitalismo en Rusia sin oposición significativa del proletariado, y teniendo en cuenta que era el único país en el que éste conquistó el poder en 1917, todos los ideólogos burgueses afirman que el capitalismo representa el futuro de la humanidad.

 

Pero, sin embargo, en ninguna época histórica anterior la sociedad humana ha presentado un contraste tan agudo entre las fuerzas productivas, por una parte, y las consecuencias de la pervivencia de la explotación por una minoría explotadora, por otra. La burguesía puede acaparar una gran parte de los productos del trabajo ya que posee todas las empresas de cierta dimensión y por tanto los medios de producción de dichas riquezas y sólo devuelve, bajo la forma de salario, una parte del valor de las mercancías creadas por el trabajador colectivo, acaparando así la mayor parte de ellas bajo la forma de beneficios.

 

El potencial científico y técnico hace ya tiempo que permitiría la emancipación de toda la humanidad, es decir seis mil millones de personas, del hambre y la miseria, de la opresión y del trabajo embrutecedor y agotador.

 

Pero, bajo el reino del capital, la investigación se orienta hacia las matemáticas de la especulación bolsista, la física armamentística, la biología patentada...

 

Hace ya tiempo que la burguesía dejó de ejercer un papel progresista, papel que consistió en derrocar a las monarquías, liquidar las relaciones feudales, separar la religión del estado, generar la industria moderna y crear el mercado mundial. El capitalismo se ha convertido en un freno al desarrollo de la humanidad desde el mismo momento en el que ha alcanzado, a fines del siglo diecinueve en Europa y a principios del veinte en América del Norte, el estadio imperialista.

 

La centralización, mediante diversas operaciones de fusión, así como la concentración del capital, han llevado a la dominación del capital financiero. En la mayor parte de las ramas productivas, algunos grandes grupos capitalistas de este tipo, se reparten lo esencial del mercado mundial. En el seno de lo que a principios de siglo se llamaba “monopolios” o “truts”, las sociedades matrices gestionan a escala internacional sus filiales y planifican sus actividades. Así se expresa, en el mismo seno del capitalismo, una tendencia a la socialización de las fuerzas productivas, cuyo pleno desarrollo, sin embargo, es antagónico con el mismo capitalismo.

 

La inmensa mayoría de las firmas “multinacionales” de este tipo son originarias de unos pocos países. Un puñado de burguesías nacionales domina, en efecto, el mundo entero. Sus conflictos ya han provocado dos guerras mundiales. Entre estas dos masacres, la crisis económica mundial de 1929 produjo una enorme regresión y la dislocación del mercado mundial. Todos estos fenómenos son la prueba de que las fuerzas productivas entran en conflicto con las relaciones de producción capitalistas y, en particular, de que la tendencia a la internacionalización de la economía es incompatible con el mantenimiento de las fronteras nacionales convertidas en demasiado estrechas.

 

Regiones enteras de países, e incluso de partes de continentes, se hunden en la pobreza. El sida  asola al África negra incluida África del Sur.

 

En el mismo seno de los países imperialistas, el proletariado está sometido a la amenaza del paro, la precarización, la intensificación del trabajo y la destrucción de sus conquistas anteriores; partes significativas de la población quedan excluidas de forma duradera de la producción y, de esta manera marginadas, caen en la miseria o se inclinan hacia la delincuencia. La Organización Mundial de la Agricultura y la Alimentación estima en 34 millones el número de personas insuficientemente alimentadas en los mismos países desarrollados y en 800 millones en el mundo.

 

En el otro extremo de la sociedad, la burguesía despliega un lujo insolente. Una milésima de la población mundial goza, ella sola, de un tercio de las riquezas de la población entera; 425 individuos de entre esa minoría poseen una fortuna de más de mil millones de dólares.

 

 

 

El mantenimiento del capitalismo amenaza a la humanidad entera con un fin repleto de horrores

 

 

Después de la Segunda Guerra Mundial las direcciones tradicionales de las organizaciones obreras bloquearon la oleada revolucionaria en Europa y permitieron que el capitalismo controlase las dos terceras partes del planeta. El capitalismo, una vez salvado, combinó el crecimiento con rasgos de podredumbre. La burguesía acorralada concedió ventajas significativas al proletariado de los centros imperialistas por temor a la revolución. Pudo mantenerlas gracias a más de dos décadas de prosperidad reencontrada en los centros imperialistas. Hay que señalar que esta fase de acumulación de los años 1950 y 1960 se basó en gran medida en las destrucciones masivas de capital durante la guerra y en la economía de armamentos, economía que ha perdurado a pesar del fin de la guerra mundial. La tasa de beneficio comenzó a bajar en los años 1960. En 1973, después del hundimiento del sistema monetario internacional, reapareció la crisis económica que los políticos y economistas pretenden conjurar.

 

La burguesía ha tenido que reaccionar. A principios de los años 1980, y bajo la bandera del “liberalismo económico”, el capital financiero ha retomado la iniciativa en Gran Bretaña y en los Estados Unidos bajo la batuta de Thatcher y Reagan. Por todas partes la clase dominante los ha imitado apoyándose sobre lo que siempre ha continuado siendo su estado: ha intensificado el trabajo, ha desindexado los salarios, procedido a reducciones de los gastos sociales y cuestionado numerosas concesiones de las que tuvo que acordar anteriormente.

 

Las principales burguesías han acabado por restablecer el valor de sus monedas y enderezar la tasa de beneficio mediante la profundización de la explotación del proletariado. Lo han logrado gracias, por una parte, al peso del paro sobre la clase obrera y, por otra, a la cobardía y traiciones de las direcciones tradicionales de la clase obrera, partidos reformistas y burocracias sindicales. El estallido de la URSS y el restablecimiento del capitalismo en Rusia han venido a ser el calderón de esta contraofensiva reaccionaria y de los retrocesos concomitantes, que sin embargo no fueron fatales, del proletariado mundial.

 

A pesar de ello la acumulación del capital no ha retomado en ningún caso, incluso en los mismos Estados Unidos que han logrado recuperar parte del terreno perdido respecto a sus principales competidores Alemania y Japón, el ritmo de los años 1950. La utilización de la informática para intensificar el trabajo, la apertura de nuevas ramas de producción bautizadas “nuevas tecnológicas de la información y de la comunicación” no bastan para superar las contradicciones del capitalismo. Por el contrario, el recurso a los equipos automatizados en el seno de las empresas tiende a aumentar la composición orgánica del capital y a amenazar de nuevo la rentabilidad del capital, pues sólo el trabajo vivo crea plusvalía (el plusvalor que se reparten los capitalistas bajo la forma de beneficios e interés). La crisis de la bolsa del Nasdaq en el 2000 ya ha destruido el mito de la “nueva economía”.

 

Algunos charlatanes pretenden curar al capitalismo de los males de la especulación imponiéndole una reformita consistente en tasar las transacciones financieras internacionales. En realidad, para deshacerse de la especulación es preciso acabar con el reino del capital, mucho más teniendo en cuenta que el alimento de la actual especulación es el paliativo mismo de la crisis capitalista. Durante el último decenio las crisis monetarias, de la bolsa y económicas, acaecidas en numerosos países con desarrollo industrial reciente como Méjico o Asia del Suroeste, así como las quiebras bancarias y los crack de la bolsa aparecidos en numerosas ocasiones en los centros imperialistas han sido superados mediante el recurso masivo al crédito. El dinero salvador ha sido concedido por los estados burgueses dominantes y por sus instituciones comunes, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Así ha podido ser diferida la crisis económica de conjunto. Pero estos métodos agravan a plazo fijo las contradicciones del capitalismo senil pues alimentan una pirámide gigantesca de capital ficticio. Ahí hunden sus raíces las burbujas especulativas que secretan periódicamente los mercados financieros. La gigantesca masa de títulos, que optan todos a beneficiarse de la plusvalía arrancada al proletariado mundial, está condenada a hundirse ante el ineluctable descenso de la tasa de beneficio.

 

Cada burguesía imperialista intentará salvarse en detrimento de las otras. Por el momento el imperialismo estadounidense afirma su hegemonía y federa el mantenimiento del orden mundial del que se benefician todos los imperialismos gracias a los beneficios del estallido de la ex URSS y del restablecimiento del reino del capital en la Europa del este. Liderados por el de Estados Unidos, todos los ejércitos coaligados aplastan bajo sus bombas y sus mísiles a cualquier país cuyo régimen manifieste la menor resistencia. En el caso de tales agresiones los bolcheviques luchan por la derrota del imperialismo, al contrario que todos los social-chovinistas que defienden, sea bajo el manto hipócrita pacifista o abiertamente belicista, los intereses de su propia burguesía.

 

La unidad que presentan los imperialismos es una unidad de fachada. En el marco de la Unión Europea, las viejas potencias europeas de segundo o de tercer orden tratan de superar la estrechez de sus mercados nacionales y esbozan una alianza frágil para resistir al dominio estadounidense. Por su parte la burguesía estadounidense ha puesto en pie su propio bloque económico regional, el ALENA. Intenta expulsar de África a su rival francés. Disputa a la burguesía alemana las posiciones en el proceso de la restauración del capitalismo en Europa oriental y central. Las empresas europeas penetran en América Latina y desafían las prohibiciones estadounidenses de comerciar con Cuba y de invertir en la isla. La burguesía japonesa tiene puesto el punto de mira en las mismas zonas del Pacífico que la burguesía estadounidense.

 

De ahora en adelante, las rivalidades se intensificarán, como lo ha demostrado el papel de los imperialismos europeos en el estallido de la antigua Yugoslavia y en el fracaso de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio en Seattle, a causa de los antagonismos entre los estados capitalistas de la Unión Europea y los Estados Unidos. Las demostraciones de la fuerza militar del ejército estadounidense contra Irak, Yugoslavia y Afganistán también son advertencias de la única potencia de envergadura mundial al Japón, Alemania y Francia. La crisis económica y la competencia entre imperialismo para explotar el planeta alimentarán crecientes tendencias: el capitalismo trae la guerra al igual que la nube la tormenta.

 

El capitalismo de principios del siglo XXI se encamina hacia una crisis económica de gran envergadura y hacia la dislocación del mercado mundial, lo que amenaza a la humanidad con nuevos horrores, si el proletariado no lo derriba y abre, de esta forma, la vía hacia un estadio más avanzado de la historia.

 

 

 

Expropiar al capital es una necesidad ya que el socialismo es la única alternativa ante la barbarie

 

 

La pervivencia del capitalismo amenaza a la humanidad, la existencia de la burguesía ya no es compatible con la sociedad.

 

Bajo un régimen económico basado en la propiedad privada de las empresas y en la competencia entre ellas, los trabajadores de la ciudad y el campo no pueden vivir decentemente de su trabajo ni pueden permanecer a salvo del paro.

 

Los trabajadores no pueden circular libremente, y menos aún establecerse, en un mundo sojuzgado por el imperialismo. Los obreros y empleados inmigrantes sólo pueden disfrutar de la igualdad jurídica y política si el poder pertenece a los trabajadores.

 

El racismo y la opresión de las mujeres sólo pueden  desaparecer con el socialismo.

 

La juventud no puede confiar en el futuro, no puede beneficiarse de una formación y de una cultura dignas de tal nombre, de una instrucción libre del patrón y del cura, no puede divertirse libremente más que en una civilización liberada del dominio de la religión, en una economía basada en la satisfacción de las necesidades, en una sociedad en la que las clases desaparecen.

 

El medio ambiente no puede ser mantenido adecuadamente bajo un modo de producción guiado por el beneficio.

 

En la época del imperialismo, la única fuerza capaz de realizar y asegurar la igualdad, las libertades, los derechos democráticos, la emancipación de los pueblos oprimidos, la liberación de la mujer y la laicidad, son las masas proletarias y semiproletarias y no los parlamentarios reformistas, los bufones clericales o los demagogos nacionalistas. Todos aquellos que protegen a los rentistas son enemigos de los oprimidos y de los explotados. Las conquistas sociales y democráticas sólo pueden preservarse o arrancarse gracias a la actividad de aquellos que en los tiempos ordinarios son apartados de las decisiones: la clase obrera y, si se alinean al lado de ella, los campesinos trabajadores, los jóvenes en formación, los trabajadores independientes de las ciudades, los cuadros...

 

La más inmediata de todas las reivindicaciones es la expropiación de los capitalistas. No se trata en absoluto de la utopía reformista de corregir la desigualdad de las rentas, de requisar las empresas que despiden al mismo tiempo que obtienen beneficios ni de requisar una parte de los beneficios para, supuestamente, crear empleos. Es indispensable y urgente expropiar, sin indemnización ni compra, la banca y los seguros, la industria pesada y la energía, la fabricación de automóviles y de aviones, las grandes empresas de la construcción, las grandes empresas de la electrónica y de material eléctrico, los laboratorios farmacéuticos y las empresas dedicadas a la química, las cadenas de televisión y las telecomunicaciones, a los grandes propietarios terratenientes del campo y de las ciudades...

 

Así y sólo así, podrá establecerse un plan de creación de riquezas sociales bajo el control de la sociedad y partiendo de las necesidades que es preciso satisfacer teniendo en cuenta los medios disponibles. La colectivización de los principales medios de producción permitirá a la población, organizada en consejos, desembarazada de los explotadores, decidir democráticamente sobre la producción y su reparto y sobre la edificación del socialismo.

 

Sólo la clase obrera, si se dota de un partido obrero revolucionario, puede volver a renovar la revolución socialista mundial que empezó en 1917 y, de esta forma, destruir el obstáculo del capitalismo.

 

 

 

La clase obrera es la única clase revolucionaria de nuestra época y, por tanto, cualquier apoyo político a los representantes de la burguesía es una traición

 

 

La inmensa mayoría de la humanidad ganaría con el triunfo de la revolución social pero ésta sólo puede tener, en nuestra época, un carácter proletario. Las revueltas contra la explotación y la opresión, si quieren encontrar una salida, deben ser dirigidas y llevadas hasta el final por la clase obrera.

 

La sociedad capitalista contiene dos clases sociales fundamentales: por una parte la clase burguesa, poseedora de los medios de producción y, por la otra, la clase obrera, los trabajadores asalariados que, para ganarse la vida, sólo pueden vender su fuerza de trabajo. La clase obrera es al mismo tiempo resultado del capitalismo, su condición necesaria, y su enterrador potencial. La burguesía vive de la explotación de la clase obrera y, a pesar de ir reduciéndose numéricamente cada vez más, sigue controlando, cada vez más también, una parte más grande de la riqueza de la sociedad entera.

 

Es cierto que las clases capitalistas de los países dominados sólo se benefician de una pequeña porción de la plusvalía mundial, sin embargo han demostrado hace ya tiempo su incapacidad para dirigir una lucha consecuente en favor de la independencia y del desarrollo. Estas burguesías tienen a menudo un carácter comprador, están muy ligadas a las burguesías imperialistas y a los grandes propietarios terratenientes autóctonos y tienen mucho miedo a la movilización de masas, movilización indispensable, sin embargo, para la realización de las tareas democráticas y nacionales de la revolución burguesa. En pocas palabras: prefieren la dependencia al riesgo de la revolución proletaria y no dudan en reprimir en un baño de sangre a su propio proletariado. Desde el hundimiento de la URSS y la restauración del capitalismo en toda Europa, los márgenes de autonomía de las burguesías de los países dominados aún se han estrechado más.

 

La extensión de la esfera capitalista y la acumulación de capital han convertido en absolutamente mayoritaria a la clase obrera en todos los centros imperialistas y han hecho de ella una fuerza social significativa en numerosos países recientemente industrializados, como Corea del Sur o Brasil por ejemplo. Crecimiento del capital y aumento del proletariado constituyen un todo a pesar de ser productos de un mismo proceso pero situados en polos totalmente opuestos.

 

Las formaciones sociales dominadas por el capitalismo sólo contienen dos clases sociales. Bajo las capas sociales del capitalismo sobrevive el lumpen, una parte del cual realiza actividades ilícitas e incluso se dedica al bandidaje. En todas partes la cuestión de la “inseguridad” sirve de justificación para el refuerzo del aparato coercitivo del estado que está destinado, fundamentalmente, a aplastar al proletariado. La prolongación del yugo capitalista sobre la humanidad ha multiplicado las fuerzas de mantenimiento de su orden de desigualdad y de explotación bajo la forma de policías, militares profesionales, jueces, carceleros y guardas de todo tipo.

 

Entre la burguesía y el proletariado se encuentra la pequeña burguesía tradicional de los pequeños campesinos, comerciantes, artesanos, artistas, profesionales liberales, todos ellos tienen en común el trabajar para el mercado manteniéndose, formalmente, como independientes. Estas capas sociales están globalmente en declive numérico ya que, en su mayor parte, se hallan arruinadas por la competencia del gran capital. La concentración de capital, el crecimiento del tamaño de las empresas, ha supuesto, por el contrario, el desarrollo considerable de la pequeña burguesía asalariada constituida por la jerarquía que manda sobre los proletarios.

 

Estas clases medias, antiguas y modernas, no pueden desempeñar un papel independiente en la lucha de clases. O bien continúan siendo los bien pagados (y engañados) de la clase dominante, turnándose en tiempos normales en la hegemonía en los mass media, en el seno de las empresas, en la universidad e, incluso, en las organizaciones constituidas por la clase obrera por medio de los burócratas sindicales, parlamentarios, alcaldes, etc. En determinados casos las capas medias exasperadas por la crisis pueden incluso, junto con el lumpen, servir de base de masas a las bandas fascistas contra el proletariado. O bien estas capas se alinean junto al proletariado cuando éste se lanza ardidamente a la lucha por el poder.

 

La realización de las tareas democráticas inacabas, que sólo es posible dando los primeros pasos de la revolución socialista, recae ahora sobre la clase obrera y ésta no puede confiar, en lo más mínimo, ni en la burguesía ni en los partidos burgueses. A la clase obrera le hace falta un útil para tomar el poder, un partido de tipo bolchevique en cada país.

 

Toda la política de sumisión del proletariado de un país dominado a la burguesía “nacional”, todo ‘frente único antiimperialista’, todo apoyo político a un partido burgués como el PRD de Méjico, el ANC de África del Sur o el PRD de Indonesia no es, respecto a lo anterior, más que una traición.

 

En los países imperialistas cualquier apoyo electoral a una coalición burguesa de tipo “frente popular” o a cualquier candidato burgués como, por ejemplo, Nader en los Estados Unidos o Chirac en Francia, cualquier voto a favor de partidos como Los Verdes, el PRG y el MDC, es, por necesidad, una traición... traición cometida en numerosas ocasiones por LO y por LCR sistemáticamente.

 

 

 

El enemigo está dentro de nuestro propio país: el gobierno obrero tiene como primera tarea destruir el estado burgués

 

 

Sólo la clase obrera puede llevar a termino la revolución social. No lo puede hacer por la vía electoral. La burguesía no acepta nunca tal amenaza a su posición social, a su poder económico, sin reaccionar ayudándose para ello de su estado y echando mano, incluso, a los cipayos sociales fascistas.

 

Por eso mismo el proletariado no podrá llamar en su auxilio al estado burgués contra los racistas y fascistas. No sólo es que los aparatos de estado que garantizan las relaciones capitalistas de explotación, la justicia, la policía y el ejército burgués hormiguean de cómplices de esta chusma sino que todas las medidas tomadas oficialmente contra los “extremismos” son utilizadas en la práctica y finalmente contra las huelgas, manifestaciones de trabajadores y la vanguardia obrera organizada. En realidad, la clase obrera y sus organizaciones tienen suficiente fuerza para destruir a los racistas y aplastar al fascismo en el nido, en los lugares de trabajo y en la calle.

 

En ningún caso el proletariado debe dejarse engañar por los pretextos humanitarios de las intervenciones del ejército de su propio imperialismo. La burguesía francesa, su república y su ejército ya tienen manchadas sus manos de marroquíes, malgaches, vietnamitas, argelinos, iraquíes y de numerosos pueblos africanos. En ningún caso el proletariado francés debe comprometerse con la burguesía francesa y sus guerras imperialistas. Tampoco debe confiar en los organismos imperialistas: OTAN, ONU, Unión Europea.

 

Pero los bolcheviques no son pacifistas. La resistencia de los pueblos oprimidos frente a las agresiones imperialistas es legitima. La clase obrera, la juventud, los inmigrantes, las organizaciones obreras, tienen el derecho y el deber de defenderse contra las bandas fascistas, matones de la patronal y contra la policía burguesa. Las masas necesitan piquetes de huelga, milicias obreras, guardas rojos para defenderse y hacer triunfar la insurrección que derribará al estado burgués.

 

Respecto a esto, la guerra contra las fuerzas de la reacción es una estrategia nociva pues sustituye a la acción de masas: refleja intensamente una orientación no proletaria.

 

Aún peor es el terrorismo contra los trabajadores, considerados culpables de las exacciones de su imperialismo. Es completamente contrarrevolucionario en sus efectos y siempre la expresión de fuerzas sociales enemigas de la clase obrera.

 

Hoy en día, en Francia, los partidos tradicionales de la clase obrera se introducen lamentablemente en la rueda de molino de la V República forjada por y para De Gaulle, V República que en su momento condenaron, justamente, como bonapartista. Y lo hacen porque son, desde 1914 el Partido “Socialista” y desde 1933 el Partido “Comunista” Francés, partidos obrero-burgueses, órganos de defensa de la sociedad burguesa y de su estado, partidos que sirven a las instituciones antidemocráticas.

 

El proletario necesita las más amplias libertades democráticas. Debe oponerse a la existencia del Senado, a la privación de los derechos políticos a los trabajadores inmigrantes, a los poderes discrecionales de la policía y los servicios secretos, a la dictadura potencial que confiere la V República al presidente.

 

No se trata, en ningún caso, de oponer el parlamentarismo, la democracia burguesa, a la V República, al régimen bonapartistas bastardo, como lo hacían el PSE y el PCF antes de ocupar el gobierno, como lo hacen la LCR con su “VI República” o el PT con su “democracia”. En cuanto a LO, ésta ha llegado hasta reclamar más policía al igual que la pretendida “Izquierda socialista” del PS y del PCF.

 

Pedir más policía se traduce en reforzar el estado de la burguesía contra la clase obrera. Reivindicar una “VI República” supone inscribirla dentro de la filiación de las cinco repúblicas burguesas, al hilo de los que masacraron la Comuna de París de la III República y de los verdugos de obreros de la III, IV y V. Reivindicar la democracia, es decir la democracia burguesa, se traduce en defender el régimen parlamentario de la IV República, tan antiobrera como la V y agente de numerosas ignominiosas guerras coloniales.

 

Todas estas orientaciones reformistas son, de hecho, contrarrevolucionarias. Permitirán levantar al parlamentarismo como línea de defensa de la sociedad burguesa en caso de ofensiva revolucionaria del proletariado. Es lo que han hecho en más de una ocasión los partidos traidores en nombre de la democracia: el SPD en Alemania en 1918 y 1945; la SFIO y el PCR en Francia en 1936, 1944 y 1968: el PCE y el PSOE en España en 1936 y 1975; el PSI y el PCI en Italia en 1944 y el PCI en 1969; el Partido Laborista en Gran Bretaña en 1945 y 1970; el PSB y el PTB en Bélgica en 1944 y 1961; el PSC y el PCC en Chile en 1971

 

La “democracia” o la “VI República” son consignas burguesas que se oponen, por naturaleza, a los órganos de tipo soviético, emanados de la clase obrera y la población trabajadora (comités de huelga, consejos, comité central de los comités elegidos), al gobierno obrero, al poder de los trabajadores.

 

Sólo un gobierno salido de la clase obrera puede expropiar al capital pues es necesario apoyarse en el proletariado y las masas explotadas y oprimidas, armarlas, para poder derribar las instituciones de la república burguesa y sus cuerpos de altos funcionarios, para destruir el núcleo represivo del estado burgués, su policía, su ejército y sus servicios secretos.

 

El gobierno obrero instaurará el estado barato en el que cada elegido o elegida no cobrará más de lo que cobra un obrero cualificado. El poder de los consejos será el de la inmensa mayoría, poder en el que todo/a elegido/a será revocable en cualquier momento. A la V República burguesa hay que oponer la república obrera y socialista, tal y como la bosquejó la Comuna de París en 1871, tal y como la encarnó en octubre de 1917 el congreso panruso de los soviets. El estado obrero es, de esta forma, un estado que comienza a desaparecer. Para lograr la definitiva abolición de las clases sociales y, por tanto, la desaparición del estado, es preciso lograr el estadio de abundancia del socialismo.

 

Pero el socialismo no podrá desarrollarse en el interior de las fronteras de un solo estado de los actuales, sobretodo en un continente tan parcelado como es el de Europa. La supervivencia del poder obrero en un país como Francia y el desarrollo de las fuerzas productivas dependerán de la formación de los Estados Unidos Socialistas de Europa. Hay que construir una Internacional Obrera Revolucionaria.

 

 

 

El socialismo sólo puede triunfar a escala mundial

 

 

Octubre de 1917 es la única vez en la que el proletariado ha tomado el poder a escala de todo un país, Rusia, gracias a la existencia de un partido obrero revolucionario, internacionalista y marxista, el Partido Bolchevique de Lenin. Para el Partido Bolchevique se trataba del primer acto de la revolución socialista mundial pues el país atrasado que era Rusia necesitaba la colaboración de los gobiernos obreros de los países capitalistas más avanzados, en primer lugar Alemania, para desarrollar armoniosamente las fuerzas productivas y poder construir, así, el socialismo. Con ese fin, Lenin, Trotski, Zinoviez y Bujarin crearon la III Internacional obrera, La Internacional Comunista.

 

Las potencias capitalistas de Francia, Estados Unidos, Japón y Gran Bretaña, que habían desencadenado la sangrante carnicería de la Primera Guerra Mundial, intentaron, junto con los ejércitos del terror blanco zarista y antisemita, aplastar a la revolución obrera. El ejército rojo, conducido por Trotski, y el estallido de revoluciones en la Europa Central, salvaron a la república de los soviets.

 

Pero la ola revolucionaria en Europa, avanzando hasta el estallido de revoluciones en Alemania, Hungría e Italia, fue contenida por la burguesía con la ayuda activa de los partidos reformistas que ya habían traicionado a la clase obrera apoyando cada uno de ellos a su propia burguesía en 1914 participando en la ‘Unión Sagrada’. Lo que le faltó a la revolución europea fueron partidos revolucionarios experimentados, diferenciados de los reformistas, chovinistas y revisionistas. Lo que faltó fue un partido de tipo bolchevique.

 

El aislamiento de la URSS y el agotamiento del proletariado ruso permitieron a la burocracia de estado y del partido librarse de todo control y consolidar su poder, en 1924, conducida por un dirigente bolchevique de segundo orden: Stalin. La burocracia ocultaba sus ventajas materiales tras la utopía nacionalista del “socialismo en un solo país”. La contrarrevolución política en la URSS no podía dejar de conllevar la degeneración de la Internacional Comunista y la destrucción del Partido Bolchevique.

 

La dominación de una capa pequeño burguesa sobre el primer estado obrero era fundamentalmente inestable. La burocracia no era una nueva clase explotadora instaurando un nuevo modo de producción ni una burguesía que hubiese restablecido el capitalismo. La suerte de la URSS dependía de la lucha mundial entre las clases sociales fundamentales de forma que, o bien el proletariado de la URSS derrocaba a la casta burocrática mediante una revolución política y restauraba, así, el poder obrero, o bien la presión imperialista conducía a la liquidación de los restos de las conquistas de Octubre: la colectivización de los medios de producción, el trabajo para todos, el plan, el monopolio del comercio exterior...

 

Ante la guerra y la ofensiva del imperialismo estadounidense que perseguía su derrocamiento y el restablecimiento del capitalismo, la burocracia del Kremlin extendió la colectivización de los medios de producción a la Europa Central. Bajo estas circunstancias excepcionales y apoyándose en la existencia de la URSS, direcciones de movimientos guerrilleros llegaron, en numerosas ocasiones, más lejos de lo que tenían intención en la ruptura con la burguesía en Albania, Yugoslavia, Vietnam, Corea del Norte, China y Cuba. Expropiaron el capital, instauraron estados obreros deformados desde su origen puesto que eran calcados sobre el modelo de estado obrero degenerado. En consecuencia, en cada uno de dichos países la clase obrera no ha ejercido el poder. Se ha visto confiscada por burocracias estalinistas, conservadoras de los privilegios y constituidas por aparatos de origen estalinista o castrista.

 

La clase obrera se ha enfrentado en numerosas ocasiones a la burocracia que usurpaba el poder en su nombre. En numerosas ocasiones se ha esbozado la perspectiva de la revolución política: en Alemania en 1953, en Hungría y Polonia en 1956, en Checoslovaquia en 1968, en Polonia en 1971 y 1980, en Alemania y en China 1989. Pero han hecho falta partidos obreros revolucionarios, ha faltado una internacional obrera revolucionaria. La dirección de Pablo-Mandel de la IV Internacional capituló ante la burocracia estalinista a partir de 1950. La dirección Lambert de la sección francesa que, inicialmente, había resistido a este revisionismo, se alineó en 1980 con la dirección clerical y restauracionista del sindicato polaco Solidaridad.

 

Dramáticamente la continuidad con Octubre de 1917 se ha visto rota en la misma URSS. Cuanto más se desarrollaba la economía de la URSS más necesitaba insertarse en la economía mundial. A partir de los años 1980, en un contexto de retrocesos de la clase obrera mundial, en particular de los proletariados de los centros imperialistas, el imperialismo acentuó su presión militar, económica, política y diplomática sobre una URSS debilitada por la carrera armamentista y por la gestión burocrática de la economía.

 

Yugoslavia ha estallado a causa de las pretensiones de la fracción serbia de la burocracia para convertirse, con menosprecio de las minorías nacionales, en burguesía de toda la federación. Pero esta mutación sólo era posible por la fuerza y, sobretodo, estaba supeditada al apoyo o no del campo de las potencias imperialistas: Francia, Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos. La competencia entre estos países ha alcanzado su apogeo, las viejas alianzas históricas se reconstituyen por y para la marcha hacia la guerra entre las fracciones croatas y eslovena, por una parte, y la parte serbia por otra. La restauración del capital en Yugoslavia se hizo gracias al aplastamiento de los pueblos de los Balcanes (croata, serbio, bosnio y kosovar). De 1991 a 2000 los imperialismos se enfrentaron contra el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, por medio de las fracciones rivales de la ex burocracia reconvertidas en burguesías nacionales. No han dudado en intervenir contra los malos alumnos que rechazan ser sirvientes (Milosevic y su claque) bombardeando Serbia y Kosovo en la primavera de 1999. Hoy en día los ejércitos de los imperialismos dirigidos por los Estados Unidos ocupan Bosnia, Kosovo y vigilan todas las fronteras de la ex Yugoslavia.

 

En Rusia, Ucrania y Georgia, la sanidad y la educación públicas han sido destruidas, el bandidaje y el alcoholismo asolan el país y el proletariado vuelve a conocer el paro mientras que la Iglesia ortodoxa ha visto sus privilegios restablecidos.

 

La restauración del capitalismo en el único país en el que la clase obrera tomó el poder, refuerza la arrogancia del imperialismo que se cree con las manos libres para reinar sobre el mundo entero.

 

Esta derrota histórica desorienta en todas partes a la clase obrera, acelera la degeneración de las direcciones tradicionales del movimiento obrero y hace evolucionar hacia el chovinismo y el oportunismo a las formaciones revisionistas del programa de la IV Internacional como a LO, LCR y el PT en Francia.

 

La desaparición de la URSS disminuye el margen de maniobra de las burguesías de los países dominados y las posibilidades de luchas de las organizaciones pequeño burguesas de los pueblos oprimidos. Ya no habrá, bajo estas condiciones, revoluciones incompletas dirigidas por direcciones pequeño burguesas. Al contrario, el restablecimiento del capitalismo en Rusia y en la Europa Central desestabiliza a los estados obreros que subsisten aún. Corea del Norte está exangüe. China, Cuba y Vietnam se encuentran al borde de la restauración capitalista.

 

El proletariado mundial debe defender, hasta el final, las conquistas revolucionarias que subsisten en estos países y debe hacerlo contra las presiones militares de los imperialismos, en primer lugar el estadounidense, y de los apetitos de los grandes grupos capitalistas del mundo entero y contra las tendencias restauracionistas de sus propias burocracias.

 

La única vía es que el proletariado expulse a la casta estalinistas usurpadora e instaure el poder obrero en estos estados obreros deformados y derribe el capitalismo por la revolución socialista en los otros países. Es preciso construir una internacional obrera revolucionaria.

 

 

 

La unidad de las filas de los trabajadores por las reivindicaciones prepara el poder obrero

 

 

La acusación capital que los bolcheviques lanzan contra las organizaciones tradicionales del proletariado es su rechazo a romper con la burguesía. Como lo prueban las repetidas experiencias, en Francia (1936, 1944, 1981 y 1997) y en otros países, de una alianza política con los representantes de la burguesía sólo puede resultar un programa que mantiene y gestiona las relaciones de explotación capitalistas preservando al estado burgués.

 

Los partidos obreros tradicionales, sean parte de la socialdemocracia o del estalinismo, traicionan desde hace ya décadas al proletariado. Al principio de la Primera guerra Mundial los partidos de la II Internacional prefirieron la “Unión Sagrada” al internacionalismo proletario y se hundieron después en la más vil colaboración de clases. En 1934, los partidos de la III Internacional se unieron abiertamente al menchevismo mediante la estrategia de los frentes populares que condujo al ahogamiento de la huelga general en Francia y a una sangrante derrota de la revolución en España. A falta de poder practicar coaliciones, los estalinistas han recurrido a variantes de la sumisión a la burguesía sosteniendo a Roosevelt en los Estados Unidos o entrando a formar parte del ANC en África del Sur.

 

Desde el restablecimiento del capitalismo en Rusia, los partidos obreros burgueses reniegan con alivio de la referencia al socialismo que, en periodos más favorables al proletariado mundial, servía de hoja de parra para ocultar su subordinación al capitalismo. Combaten activamente por la subordinación de la clase obrera a la burguesía practicando directamente el “social liberalismo”, sosteniendo a los partidos “ecologistas”, “progresistas”, “republicanos”, “antifascistas” o participando incluso en coaliciones contrarrevolucionarias bautizadas “Frente Popular”, “Unión de la Izquierda”, “Unidad Popular”, “El Olivo”, “Izquierda Plural”, etc.

 

En lo que respecta a las direcciones sindicales:

 

-Bien caucionan las coaliciones de los partidos reformistas con los partidos burgueses (un ejemplo particularmente escandaloso de capitulación sindical de este tipo fue la decisión, en 1982, de la dirección PCI de la UNEF de participar en la cogestión de la universidad so capa que el gobierno burgués incluía al PS.

 

-Bien practican ellas mismas por su cuenta tales políticas (por ejemplo la dirección socialdemócrata de la AFL-CIO de los Estados Unidos sostiene financiera y electoralmente al Partido Demócrata);

 

-Bien demuestran una seudo neutralidad entre partidos obreros y partidos burgueses (como la dirección de FO en Francia que tolera una fracción RPR en el interior del sindicato que rechaza, como la dirección de la CGT o la de la FSU, llamar a votar por los partidos obreros contra los partidos burgueses en las elecciones).

 

La cuestión de las alianzas de colaboración de clases, de los frentes populares, es la principal cuestión de la estrategia proletaria de nuestra época. Ofrece también el mejor criterio para diferenciar al bolchevismo del reformismo o del centrismo.

 

Un gobierno constituido por uno o diversos partidos obrero burgueses sobre la base de un programa burgués, reforzando al estado burgués, defendiendo tanto en el interior como en el exterior los intereses de su clase burguesa, es un gobierno burgués. De tal género son los gobiernos laboristas de Gran Bretaña como el de Blair, a fortiori, un gobierno de los partidos reformistas con representantes de la burguesía. Eran o son, claramente, gobiernos burgueses: el gobierno dirigido por Prodi en Italia, el gobierno dirigido por Jospin en Francia y el gobierno dirigido por Schröder en Alemania.

 

Los bolcheviques no conceden ningún apoyo a tales gobiernos. Los “bolcheviques”, al contrario de lo que hacen los centristas del movimiento obrero, como en Francia la LCR, LO, el PT, L’Étincelle y La Comuna, no “exigen” que estos gobiernos de capitalistas dejen de ser imperialistas. El alejamiento del trotskismo de la dirección lambertista del ex PCI francés se hizo manifiesta después de 1981 con la fórmula: “un gobierno en la encrucijada”. Los bolcheviques demuestran el carácter completamente embustero de todo gobierno burgués y desenmascaran a los partidos putrefactos que los apoyan y participan en ellos.

 

Los bolcheviques oponen a todo gobierno burgués y a la colaboración de clases, la perspectiva de un gobierno obrero, como apelación popular de la dictadura del proletariado. El frente único obrero no toma sentido más que en la perspectiva del gobierno obrero. Ciertos centristas juran voluntariamente por la política del frente único pero la vacían de todo contenido revolucionario al sustituir por combinaciones parlamentarias el combate por el gobierno obrero.

 

Por otra parte, el frente único no es un “principio supremo”, no es una “estrategia” sino una táctica tendente a movilizar a las masas teniendo en cuenta el hecho de que éstas están bajo la influencia de las direcciones traidoras. El fin del “frente único obrero” o de la “alianza obrera” es enunciar (y de hacerlo posible) lo que es necesario para ganar, para que, en la acción, las masas se enfrenten a las direcciones traidoras, haciendo suyas las consignas y el programa revolucionarios, adhiriéndose a la necesidad del partido obrero revolucionario. La movilización de masas hará emerger formas de doble poder, de organismo elegidos por los trabajadores que constituirán una alternativa al gobierno burgués, a las instituciones burguesas, incluidos los parlamentos.

 

La táctica del frente único obrero parte del hecho que la mayoría de los militantes obreros continúan bajo el control de los aparatos reformistas. Se trata de apoyarse en cada momento sobre la situación concreta de la lucha de clases y de los imperativos de la lucha, proponiendo una política que rompa con la burguesía y levante a la clase obrera y a sus organizaciones frente a la clase dominante y su estado. Por razones parecidas, los bolcheviques se ven obligados, a veces, a llamar a votar a los candidatos de los partidos reformistas en las elecciones pero jamás por un representante político de la burguesía.

 

El combate por la unidad de las organizaciones obreras está sometido a un criterio más elevado, el de la unificación de la vanguardia proletaria sobre la base de una política marxista intransigente. En particular una organización revolucionaria que posea los medios políticos y financieros no puede renunciar a presentar en las elecciones sus candidatos contra los de los partidos en bancarrota. Una paso decisivo del ex PCI en el oportunismo comenzó con el apoyo a Mitterrand desde la primer vuelta de las elecciones presidenciales de 1981.

 

Igualmente, los bolcheviques exigen, al mismo tiempo que avanzan su propio programa, a todas las organizaciones que hablan en nombre de los trabajadores, a todas las corrientes del movimiento obrero, que rompan políticamente con la burguesía y entren en la vía del poder de los trabajadores. Si adelantan, en determinado momento, la consigna de gobierno PS-PCF, los bolcheviques no son en absoluto el “partido del gobierno PS-PCF” y no lo hacen en función de una mayoría relativa en la Asamblea nacional de la V República. La consigna de gobierno obrero es una consigna antiburguesa y anticapitalista y no una perspectiva “democrática” que pueda apoyarse en una mayoría parlamentaria del Partido Socialista y del Partido Comunista Francés. La táctica de frente único obrero se aplica, ciertamente, a las elecciones (incluso en caso de presentación de candidatos sobre la base de un programa comunista revolucionario ya que, en Francia, el escrutinio es a dos vueltas), pero no tiene nada de específicamente electoral, en ningún caso es electoralista.

 

La reivindicación dirigida sistemáticamente a las viejas direcciones: “¡Romped con la burguesía! ¡Tomad el poder!”, no tiene nada que ver con el cretinismo parlamentario. Se mantiene como un importante instrumento para desvelar el carácter traidor de los reformistas de toda calaña. Toda atenuación de la crítica a los aparatos bajo el pretexto de facilitar el frente único serviría para debilitar el peso de la vanguardia que los bolcheviques quieren reagrupar, para desarmarla. Por otra parte, la cuestión decisiva es la del reagrupamiento de la vanguardia obrera en un partido.

 

 

 

Los sindicatos no pueden ser dejados en manos de los agentes de la burguesía

 

 

La ofensiva de la burguesía, contra todas las conquistas arrancadas anteriormente y el destino que prepara a los nuevos proletarios, hacen más necesarias que nunca a las organizaciones permanentes que engloban al conjunto de los trabajadores asalariados, organizaciones para defenderse colectivamente ante el empleador y frente a. la patronal. La burguesía también necesita, en la misma media, complicidades en el interior del movimiento obrero. Para ello, y la burguesía posee en particular los medios necesarios en los países imperialista, corrompe y se introduce en los aparatos políticos y sindicales del movimiento obrero gracias a la política de participación y a las subvenciones.

 

Los trabajadores no disponen hoy en día de verdaderos sindicatos. Un sindicato obrero es una organización que se dota del objetivo de luchar contra el capital para mejorar la situación de los trabajadores, que participa en la lucha revolucionaria para derribar a la burguesía, que participará en la organización de la economía sobre una base socialista. Ni en Francia, ni en ningún otro lugar del mundo, existe ahora una organización de ese tipo.

 

En Francia las organizaciones oficialmente “representativas” no bajan de siete confederaciones (CGT, CFDT, FO, CFTC, CFE-CGC) o en gestación (G10, UNAS).

 

-La Confederación General del Trabajo fue fundada en 1985 bajo dirección anarquista. Su dirección Jouhaux traicionó, mediante la Unión Sagrada en 1914. La burocracia reformista excluyó a su ala revolucionaria en 1921, ésta formó la CGTU. La CGTU, que había quedado bajo el control del estalinismo, y la CGT reformista se reunificaron en 1936 sobre la base de la participación en la coalición del Frente Popular. En 1939 la dirección Jouhaux rindió juramento de fidelidad a Petain. Pero el régimen de Vichy puso en marcha el Código del Trabajo (bajo la dirección de una antiguo dirigente de la CFT, Belin): Jouhaux, junto a la CFTC, rompió entonces con Petain. En 1943, las dos fracciones de la CGT se reunificaron sobre una base social-patriota. La CGT alcanzó su cenit en la Liberación, los estalinistas se convirtieron netamente en mayoritarios en dicha confederación. Las dos alas sometieron el sindicato a la reconstrucción del capitalismo francés.

 

-En 1947, con la apertura de la guerra fría, los reformistas escindieron la CGT para fundar FO, con la ayuda del estado burgués y de la dirección confederal estadounidense de la AFL-CIO. La federación CGT de la enseñanza, la FEN, mantuvo su unidad y quedó como autónoma respecto a las dos confederaciones (CGT y CGT-Force Ouvrière). La FEN se escindió finalmente en 1992, excluyó al ala controlado por el PCF, que se transformó en FSU. El ala dirigida por el PS lanzó la UNAS, con el refuerzo de un sindicato autónomo de policías (la FASP).

 

-A partir de 1988, la LCR lanzó los sindicatos SUD, a partir de fuerzas excluidas de la CFDT. En 1993, junto a otros sindicatos autónomos (entre los que se encontraba la SNUI de la administración de impuestos), los SUD constituyeron el ‘Grupo de los diez’.

 

-Algunos anarquistas intentan hacer vivir a un sindicato propio, la CNT.

 

Todas las organizaciones sindicales no han nacido gracias a la iniciativa de alguna corriente del movimiento obrero.

 

-Desde la aparición de la CGT, revolucionaria y anticlerical, la Iglesia Católica animó un cortafuegos de sindicatos cristianos, sindicatos que se unificaron en 1919 bajo el nombre de Confederación Francesa de los Trabajadores Cristianos.

 

-La CFTC tomo en 1964 el nombre de CFDT, pero una minoría se mantuvo bajo el apelativo abiertamente clerical.

 

-En 1944, nació una organización sindical separando los “cuadros” de los asalariados de base, la CGC. Este vocablo de “cuadros” es una mistificación que mezcla asalariados con autoridad jerárquica (y que no pertenecen en absoluto a la clase obrera) con trabajadores muy cualificados sin autoridad, delegada por el capital, sobre los trabajadores.

 

-Es preciso añadir, a todas las confederaciones, numerosas organizaciones “autónomas” que aíslan a los trabajadores, de tal o tal otra categoría o empresa, de sus hermanos de clase.

 

De una forma u otra, todas las organizaciones sindicales están actualmente bajo el control de la clase enemiga, de los explotadores. La burguesía puede apostar a favor de la cobardía y corrupción de las direcciones reformistas para llevar a cabo sus ataques al mismo tiempo que se apoya sobre organizaciones sindicales ajenas al movimiento obrero como, por ejemplo, CFDT, CFTC y CGC en Francia.

 

Dar la espalda a los sindicatos, sin embargo, se traduce en abandonarlos a los aparatos, se traduce en renunciar al combate contra las direcciones traidoras al movimiento obrero. Los bolcheviques se afilian a las organizaciones sindicales tal y como existen en su sector de trabajo, prioritariamente a aquellas provenientes de la CGT (CGT, FO, FSU, UNAS-Educación). En el momento en que se encuentran en periodo de formación los jóvenes militantes se afilian a la UNEF.

 

El Grupo Bolchevique condena claramente a quienes ayudan a aumentar la división sindical, a quienes constituyen sindicatos suplementarios, como los anarquistas con su CNT, como el PT escindiendo la ex FEN para fundar sindicatos de enseñantes FO, como la LCR creando los SUD. La división sindical no tiene nada que ver con el leninismo ni con el trotskismo: ¡ningún partido con los chovinistas y los oportunistas pero un solo sindicato! En Francia los bolcheviques oponen al fraccionamiento de las organizaciones sindicales la perspectiva de una CGT independiente, reunificada, única y con derecho a tendencia.

 

El objetivo de los bolcheviques no es ocupar responsabilidades sindicales otorgadas por el aparato y aún menos beneficiarse de privilegio alguno. Bajo el control de su célula y de la célula central, los militantes deben ganar antes que nada toda la confianza y el apoyo de la base del sindicato y, más ampliamente, de sus camaradas de trabajo o estudios. Sobre esta base, los bolcheviques se esforzaron en constituir núcleos comunistas en el interior de los lugares de trabajo y en reagrupar más ampliamente a los trabajadores en tendencia de lucha de clases. Sólo pueden intentar acceder a responsabilidades sindicales si éstas reflejan la confianza de los trabajadores de sus propias filas.

 

Uno de los resultados del sometimiento de los aparatos a las necesidades de la burguesía es el considerable debilitamiento de todas las organizaciones obreras. Sin una orientación de lucha de clases, los sindicatos tienden a ser domesticados e integrados en al poder del estado. Si la naturaleza social de los aparatos traidores del movimiento obrero es pequeño burguesa, la política de los partidos obreros degenerados y de los aparatos sindicales es fundamentalmente burguesa. La burocracia reformista es una amenaza para la misma existencia de los sindicatos obreros.

 

 

 

Por una CGT reunificada y de lucha de clases

 

 

Los bolcheviques combaten por la independencia de clase frente al patrono y al poder del estado, a favor de la ruptura con la burguesía en todas las formas concretas necesarias. Al “sindicalismo de proposición”, a los acomodamientos, compromisos y traiciones de las direcciones burocráticas, los marxistas revolucionarios oponen las reivindicaciones que se ciñen a los intereses del conjunto del proletariado. Buscan ayudar a las masas, en el proceso de su cotidiana resistencia a la explotación y en los conflictos abiertos, a encontrar el puente entre sus necesidades inmediatas y la revolución socialista. El Grupo Bolchevique se desmarca de los falsos “trotskistas”, de todos los revisionistas del programa de la IV Internacional, que capitulan ante los aparatos: la LCR y LO ante los de la FSU y la CGT, el PT ante la dirección de FO.

 

Frente a la política de traición continuada de todas las direcciones sindicales actuales, los bolcheviques defienden una línea de clase contra clase. No es posible tener en el sindicato una orientación política diferente de la de conjunto, diferente de la de lucha por el gobierno obrero, por el socialismo. No hay dos programas, uno para el partido y otro para el sindicato. Los bolcheviques avanzan un programa de reivindicaciones transitorias que parten de las condiciones objetivas para llevar a una única e invariable conclusión: la clase obrera debe tomar el poder.

 

Para ello, los bolcheviques se baten a favor de la democracia en el interior del sindicato pues ella permite a los trabajadores examinar las diferentes posiciones y pronunciarse. Sin democracia obrera sólo la política del aparato puede expresarse en el sindicato y las asambleas generales.

 

La renovación de los sindicatos no se hará en frío, al margen del movimiento revolucionario de las masas, pues hará falta romper los aparatos corruptos y conservadores que los controlan y debilitan. Abiertos por naturaleza al conjunto de los asalariados, los sindicatos no pueden reemplazar al partido revolucionario. Además, los de mayor implantación sólo llegan a organizar a una parte del proletariado que es, a menudo, a su fracción más cualificada y mejor pagada. Los sindicatos no son el embrión de la dictadura del proletariado pues sólo reagrupan a una parte de los trabajadores (en particular en Francia) y, aquella, sólo puede ejercerse a través de consejos mucho más amplios.

 

Cada vez que una lucha comienza, los militantes bolcheviques proponen y sostienen las formas autónomas de organización, los órganos de tipo soviético o presoviético de combate que engloban masas más amplias: piquetes, asambleas generales, comités de huelga elegidos y revocables, comité central de huelga, etc.

 

 

 

Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario