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POR LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

 

BAJO LA BANDERA DE MARX, ENGELS, LENIN Y TROTSKI

 

 

 

Plataforma de la 1ª Conferencia del  Groupe bolchevik pour la construction du Parti ouvrier révolutionnaire, de l’Internationale ouvrière révolutionnaire (Grupo Bolchevique por la construcción del Partido Obrero Revolucionario, por la construcción de la Internacional Obrera Revolucionaria)

 

 

 

 

 

El capitalismo mantiene a la mayor parte de la humanidad bajo un horror sin fin

 

 

Desde que, en 1991, se restauró el capitalismo en Rusia sin oposición significativa del proletariado, y teniendo en cuenta que era el único país en el que éste conquistó el poder en 1917, todos los ideólogos burgueses afirman que el capitalismo representa el futuro de la humanidad.

 

Pero, sin embargo, en ninguna época histórica anterior la sociedad humana ha presentado un contraste tan agudo entre las fuerzas productivas, por una parte, y las consecuencias de la pervivencia de la explotación por una minoría explotadora, por otra. La burguesía puede acaparar una gran parte de los productos del trabajo ya que posee todas las empresas de cierta dimensión y por tanto los medios de producción de dichas riquezas y sólo devuelve, bajo la forma de salario, una parte del valor de las mercancías creadas por el trabajador colectivo, acaparando así la mayor parte de ellas bajo la forma de beneficios.

 

El potencial científico y técnico hace ya tiempo que permitiría la emancipación de toda la humanidad, es decir seis mil millones de personas, del hambre y la miseria, de la opresión y del trabajo embrutecedor y agotador.

 

Pero, bajo el reino del capital, la investigación se orienta hacia las matemáticas de la especulación bolsista, la física armamentística, la biología patentada...

 

Hace ya tiempo que la burguesía dejó de ejercer un papel progresista, papel que consistió en derrocar a las monarquías, liquidar las relaciones feudales, separar la religión del estado, generar la industria moderna y crear el mercado mundial. El capitalismo se ha convertido en un freno al desarrollo de la humanidad desde el mismo momento en el que ha alcanzado, a fines del siglo diecinueve en Europa y a principios del veinte en América del Norte, el estadio imperialista.

 

La centralización, mediante diversas operaciones de fusión, así como la concentración del capital, han llevado a la dominación del capital financiero. En la mayor parte de las ramas productivas, algunos grandes grupos capitalistas de este tipo, se reparten lo esencial del mercado mundial. En el seno de lo que a principios de siglo se llamaba “monopolios” o “truts”, las sociedades matrices gestionan a escala internacional sus filiales y planifican sus actividades. Así se expresa, en el mismo seno del capitalismo, una tendencia a la socialización de las fuerzas productivas, cuyo pleno desarrollo, sin embargo, es antagónico con el mismo capitalismo.

 

La inmensa mayoría de las firmas “multinacionales” de este tipo son originarias de unos pocos países. Un puñado de burguesías nacionales domina, en efecto, el mundo entero. Sus conflictos ya han provocado dos guerras mundiales. Entre estas dos masacres, la crisis económica mundial de 1929 produjo una enorme regresión y la dislocación del mercado mundial. Todos estos fenómenos son la prueba de que las fuerzas productivas entran en conflicto con las relaciones de producción capitalistas y, en particular, de que la tendencia a la internacionalización de la economía es incompatible con el mantenimiento de las fronteras nacionales convertidas en demasiado estrechas.

 

Regiones enteras de países, e incluso de partes de continentes, se hunden en la pobreza. El sida  asola al África negra incluida África del Sur.

 

En el mismo seno de los países imperialistas, el proletariado está sometido a la amenaza del paro, la precarización, la intensificación del trabajo y la destrucción de sus conquistas anteriores; partes significativas de la población quedan excluidas de forma duradera de la producción y, de esta manera marginadas, caen en la miseria o se inclinan hacia la delincuencia. La Organización Mundial de la Agricultura y la Alimentación estima en 34 millones el número de personas insuficientemente alimentadas en los mismos países desarrollados y en 800 millones en el mundo.

 

En el otro extremo de la sociedad, la burguesía despliega un lujo insolente. Una milésima de la población mundial goza, ella sola, de un tercio de las riquezas de la población entera; 425 individuos de entre esa minoría poseen una fortuna de más de mil millones de dólares.

 

 

 

El mantenimiento del capitalismo amenaza a la humanidad entera con un fin repleto de horrores

 

 

Después de la Segunda Guerra Mundial las direcciones tradicionales de las organizaciones obreras bloquearon la oleada revolucionaria en Europa y permitieron que el capitalismo controlase las dos terceras partes del planeta. El capitalismo, una vez salvado, combinó el crecimiento con rasgos de podredumbre. La burguesía acorralada concedió ventajas significativas al proletariado de los centros imperialistas por temor a la revolución. Pudo mantenerlas gracias a más de dos décadas de prosperidad reencontrada en los centros imperialistas. Hay que señalar que esta fase de acumulación de los años 1950 y 1960 se basó en gran medida en las destrucciones masivas de capital durante la guerra y en la economía de armamentos, economía que ha perdurado a pesar del fin de la guerra mundial. La tasa de beneficio comenzó a bajar en los años 1960. En 1973, después del hundimiento del sistema monetario internacional, reapareció la crisis económica que los políticos y economistas pretenden conjurar.

 

La burguesía ha tenido que reaccionar. A principios de los años 1980, y bajo la bandera del “liberalismo económico”, el capital financiero ha retomado la iniciativa en Gran Bretaña y en los Estados Unidos bajo la batuta de Thatcher y Reagan. Por todas partes la clase dominante los ha imitado apoyándose sobre lo que siempre ha continuado siendo su estado: ha intensificado el trabajo, ha desindexado los salarios, procedido a reducciones de los gastos sociales y cuestionado numerosas concesiones de las que tuvo que acordar anteriormente.

 

Las principales burguesías han acabado por restablecer el valor de sus monedas y enderezar la tasa de beneficio mediante la profundización de la explotación del proletariado. Lo han logrado gracias, por una parte, al peso del paro sobre la clase obrera y, por otra, a la cobardía y traiciones de las direcciones tradicionales de la clase obrera, partidos reformistas y burocracias sindicales. El estallido de la URSS y el restablecimiento del capitalismo en Rusia han venido a ser el calderón de esta contraofensiva reaccionaria y de los retrocesos concomitantes, que sin embargo no fueron fatales, del proletariado mundial.

 

A pesar de ello la acumulación del capital no ha retomado en ningún caso, incluso en los mismos Estados Unidos que han logrado recuperar parte del terreno perdido respecto a sus principales competidores Alemania y Japón, el ritmo de los años 1950. La utilización de la informática para intensificar el trabajo, la apertura de nuevas ramas de producción bautizadas “nuevas tecnológicas de la información y de la comunicación” no bastan para superar las contradicciones del capitalismo. Por el contrario, el recurso a los equipos automatizados en el seno de las empresas tiende a aumentar la composición orgánica del capital y a amenazar de nuevo la rentabilidad del capital, pues sólo el trabajo vivo crea plusvalía (el plusvalor que se reparten los capitalistas bajo la forma de beneficios e interés). La crisis de la bolsa del Nasdaq en el 2000 ya ha destruido el mito de la “nueva economía”.

 

Algunos charlatanes pretenden curar al capitalismo de los males de la especulación imponiéndole una reformita consistente en tasar las transacciones financieras internacionales. En realidad, para deshacerse de la especulación es preciso acabar con el reino del capital, mucho más teniendo en cuenta que el alimento de la actual especulación es el paliativo mismo de la crisis capitalista. Durante el último decenio las crisis monetarias, de la bolsa y económicas, acaecidas en numerosos países con desarrollo industrial reciente como Méjico o Asia del Suroeste, así como las quiebras bancarias y los crack de la bolsa aparecidos en numerosas ocasiones en los centros imperialistas han sido superados mediante el recurso masivo al crédito. El dinero salvador ha sido concedido por los estados burgueses dominantes y por sus instituciones comunes, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Así ha podido ser diferida la crisis económica de conjunto. Pero estos métodos agravan a plazo fijo las contradicciones del capitalismo senil pues alimentan una pirámide gigantesca de capital ficticio. Ahí hunden sus raíces las burbujas especulativas que secretan periódicamente los mercados financieros. La gigantesca masa de títulos, que optan todos a beneficiarse de la plusvalía arrancada al proletariado mundial, está condenada a hundirse ante el ineluctable descenso de la tasa de beneficio.

 

Cada burguesía imperialista intentará salvarse en detrimento de las otras. Por el momento el imperialismo estadounidense afirma su hegemonía y federa el mantenimiento del orden mundial del que se benefician todos los imperialismos gracias a los beneficios del estallido de la ex URSS y del restablecimiento del reino del capital en la Europa del este. Liderados por el de Estados Unidos, todos los ejércitos coaligados aplastan bajo sus bombas y sus mísiles a cualquier país cuyo régimen manifieste la menor resistencia. En el caso de tales agresiones los bolcheviques luchan por la derrota del imperialismo, al contrario que todos los social-chovinistas que defienden, sea bajo el manto hipócrita pacifista o abiertamente belicista, los intereses de su propia burguesía.

 

La unidad que presentan los imperialismos es una unidad de fachada. En el marco de la Unión Europea, las viejas potencias europeas de segundo o de tercer orden tratan de superar la estrechez de sus mercados nacionales y esbozan una alianza frágil para resistir al dominio estadounidense. Por su parte la burguesía estadounidense ha puesto en pie su propio bloque económico regional, el ALENA. Intenta expulsar de África a su rival francés. Disputa a la burguesía alemana las posiciones en el proceso de la restauración del capitalismo en Europa oriental y central. Las empresas europeas penetran en América Latina y desafían las prohibiciones estadounidenses de comerciar con Cuba y de invertir en la isla. La burguesía japonesa tiene puesto el punto de mira en las mismas zonas del Pacífico que la burguesía estadounidense.

 

De ahora en adelante, las rivalidades se intensificarán, como lo ha demostrado el papel de los imperialismos europeos en el estallido de la antigua Yugoslavia y en el fracaso de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio en Seattle, a causa de los antagonismos entre los estados capitalistas de la Unión Europea y los Estados Unidos. Las demostraciones de la fuerza militar del ejército estadounidense contra Irak, Yugoslavia y Afganistán también son advertencias de la única potencia de envergadura mundial al Japón, Alemania y Francia. La crisis económica y la competencia entre imperialismo para explotar el planeta alimentarán crecientes tendencias: el capitalismo trae la guerra al igual que la nube la tormenta.

 

El capitalismo de principios del siglo XXI se encamina hacia una crisis económica de gran envergadura y hacia la dislocación del mercado mundial, lo que amenaza a la humanidad con nuevos horrores, si el proletariado no lo derriba y abre, de esta forma, la vía hacia un estadio más avanzado de la historia.

 

 

 

Expropiar al capital es una necesidad ya que el socialismo es la única alternativa ante la barbarie

 

 

La pervivencia del capitalismo amenaza a la humanidad, la existencia de la burguesía ya no es compatible con la sociedad.

 

Bajo un régimen económico basado en la propiedad privada de las empresas y en la competencia entre ellas, los trabajadores de la ciudad y el campo no pueden vivir decentemente de su trabajo ni pueden permanecer a salvo del paro.

 

Los trabajadores no pueden circular libremente, y menos aún establecerse, en un mundo sojuzgado por el imperialismo. Los obreros y empleados inmigrantes sólo pueden disfrutar de la igualdad jurídica y política si el poder pertenece a los trabajadores.

 

El racismo y la opresión de las mujeres sólo pueden  desaparecer con el socialismo.

 

La juventud no puede confiar en el futuro, no puede beneficiarse de una formación y de una cultura dignas de tal nombre, de una instrucción libre del patrón y del cura, no puede divertirse libremente más que en una civilización liberada del dominio de la religión, en una economía basada en la satisfacción de las necesidades, en una sociedad en la que las clases desaparecen.

 

El medio ambiente no puede ser mantenido adecuadamente bajo un modo de producción guiado por el beneficio.

 

En la época del imperialismo, la única fuerza capaz de realizar y asegurar la igualdad, las libertades, los derechos democráticos, la emancipación de los pueblos oprimidos, la liberación de la mujer y la laicidad, son las masas proletarias y semiproletarias y no los parlamentarios reformistas, los bufones clericales o los demagogos nacionalistas. Todos aquellos que protegen a los rentistas son enemigos de los oprimidos y de los explotados. Las conquistas sociales y democráticas sólo pueden preservarse o arrancarse gracias a la actividad de aquellos que en los tiempos ordinarios son apartados de las decisiones: la clase obrera y, si se alinean al lado de ella, los campesinos trabajadores, los jóvenes en formación, los trabajadores independientes de las ciudades, los cuadros...

 

La más inmediata de todas las reivindicaciones es la expropiación de los capitalistas. No se trata en absoluto de la utopía reformista de corregir la desigualdad de las rentas, de requisar las empresas que despiden al mismo tiempo que obtienen beneficios ni de requisar una parte de los beneficios para, supuestamente, crear empleos. Es indispensable y urgente expropiar, sin indemnización ni compra, la banca y los seguros, la industria pesada y la energía, la fabricación de automóviles y de aviones, las grandes empresas de la construcción, las grandes empresas de la electrónica y de material eléctrico, los laboratorios farmacéuticos y las empresas dedicadas a la química, las cadenas de televisión y las telecomunicaciones, a los grandes propietarios terratenientes del campo y de las ciudades...

 

Así y sólo así, podrá establecerse un plan de creación de riquezas sociales bajo el control de la sociedad y partiendo de las necesidades que es preciso satisfacer teniendo en cuenta los medios disponibles. La colectivización de los principales medios de producción permitirá a la población, organizada en consejos, desembarazada de los explotadores, decidir democráticamente sobre la producción y su reparto y sobre la edificación del socialismo.

 

Sólo la clase obrera, si se dota de un partido obrero revolucionario, puede volver a renovar la revolución socialista mundial que empezó en 1917 y, de esta forma, destruir el obstáculo del capitalismo.

 

 

 

La clase obrera es la única clase revolucionaria de nuestra época y, por tanto, cualquier apoyo político a los representantes de la burguesía es una traición

 

 

La inmensa mayoría de la humanidad ganaría con el triunfo de la revolución social pero ésta sólo puede tener, en nuestra época, un carácter proletario. Las revueltas contra la explotación y la opresión, si quieren encontrar una salida, deben ser dirigidas y llevadas hasta el final por la clase obrera.

 

La sociedad capitalista contiene dos clases sociales fundamentales: por una parte la clase burguesa, poseedora de los medios de producción y, por la otra, la clase obrera, los trabajadores asalariados que, para ganarse la vida, sólo pueden vender su fuerza de trabajo. La clase obrera es al mismo tiempo resultado del capitalismo, su condición necesaria, y su enterrador potencial. La burguesía vive de la explotación de la clase obrera y, a pesar de ir reduciéndose numéricamente cada vez más, sigue controlando, cada vez más también, una parte más grande de la riqueza de la sociedad entera.

 

Es cierto que las clases capitalistas de los países dominados sólo se benefician de una pequeña porción de la plusvalía mundial, sin embargo han demostrado hace ya tiempo su incapacidad para dirigir una lucha consecuente en favor de la independencia y del desarrollo. Estas burguesías tienen a menudo un carácter comprador, están muy ligadas a las burguesías imperialistas y a los grandes propietarios terratenientes autóctonos y tienen mucho miedo a la movilización de masas, movilización indispensable, sin embargo, para la realización de las tareas democráticas y nacionales de la revolución burguesa. En pocas palabras: prefieren la dependencia al riesgo de la revolución proletaria y no dudan en reprimir en un baño de sangre a su propio proletariado. Desde el hundimiento de la URSS y la restauración del capitalismo en toda Europa, los márgenes de autonomía de las burguesías de los países dominados aún se han estrechado más.

 

La extensión de la esfera capitalista y la acumulación de capital han convertido en absolutamente mayoritaria a la clase obrera en todos los centros imperialistas y han hecho de ella una fuerza social significativa en numerosos países recientemente industrializados, como Corea del Sur o Brasil por ejemplo. Crecimiento del capital y aumento del proletariado constituyen un todo a pesar de ser productos de un mismo proceso pero situados en polos totalmente opuestos.

 

Las formaciones sociales dominadas por el capitalismo sólo contienen dos clases sociales. Bajo las capas sociales del capitalismo sobrevive el lumpen, una parte del cual realiza actividades ilícitas e incluso se dedica al bandidaje. En todas partes la cuestión de la “inseguridad” sirve de justificación para el refuerzo del aparato coercitivo del estado que está destinado, fundamentalmente, a aplastar al proletariado. La prolongación del yugo capitalista sobre la humanidad ha multiplicado las fuerzas de mantenimiento de su orden de desigualdad y de explotación bajo la forma de policías, militares profesionales, jueces, carceleros y guardas de todo tipo.

 

Entre la burguesía y el proletariado se encuentra la pequeña burguesía tradicional de los pequeños campesinos, comerciantes, artesanos, artistas, profesionales liberales, todos ellos tienen en común el trabajar para el mercado manteniéndose, formalmente, como independientes. Estas capas sociales están globalmente en declive numérico ya que, en su mayor parte, se hallan arruinadas por la competencia del gran capital. La concentración de capital, el crecimiento del tamaño de las empresas, ha supuesto, por el contrario, el desarrollo considerable de la pequeña burguesía asalariada constituida por la jerarquía que manda sobre los proletarios.

 

Estas clases medias, antiguas y modernas, no pueden desempeñar un papel independiente en la lucha de clases. O bien continúan siendo los bien pagados (y engañados) de la clase dominante, turnándose en tiempos normales en la hegemonía en los mass media, en el seno de las empresas, en la universidad e, incluso, en las organizaciones constituidas por la clase obrera por medio de los burócratas sindicales, parlamentarios, alcaldes, etc. En determinados casos las capas medias exasperadas por la crisis pueden incluso, junto con el lumpen, servir de base de masas a las bandas fascistas contra el proletariado. O bien estas capas se alinean junto al proletariado cuando éste se lanza ardidamente a la lucha por el poder.

 

La realización de las tareas democráticas inacabas, que sólo es posible dando los primeros pasos de la revolución socialista, recae ahora sobre la clase obrera y ésta no puede confiar, en lo más mínimo, ni en la burguesía ni en los partidos burgueses. A la clase obrera le hace falta un útil para tomar el poder, un partido de tipo bolchevique en cada país.

 

Toda la política de sumisión del proletariado de un país dominado a la burguesía “nacional”, todo ‘frente único antiimperialista’, todo apoyo político a un partido burgués como el PRD de Méjico, el ANC de África del Sur o el PRD de Indonesia no es, respecto a lo anterior, más que una traición.

 

En los países imperialistas cualquier apoyo electoral a una coalición burguesa de tipo “frente popular” o a cualquier candidato burgués como, por ejemplo, Nader en los Estados Unidos o Chirac en Francia, cualquier voto a favor de partidos como Los Verdes, el PRG y el MDC, es, por necesidad, una traición... traición cometida en numerosas ocasiones por LO y por LCR sistemáticamente.

 

 

 

El enemigo está dentro de nuestro propio país: el gobierno obrero tiene como primera tarea destruir el estado burgués

 

 

Sólo la clase obrera puede llevar a termino la revolución social. No lo puede hacer por la vía electoral. La burguesía no acepta nunca tal amenaza a su posición social, a su poder económico, sin reaccionar ayudándose para ello de su estado y echando mano, incluso, a los cipayos sociales fascistas.

 

Por eso mismo el proletariado no podrá llamar en su auxilio al estado burgués contra los racistas y fascistas. No sólo es que los aparatos de estado que garantizan las relaciones capitalistas de explotación, la justicia, la policía y el ejército burgués hormiguean de cómplices de esta chusma sino que todas las medidas tomadas oficialmente contra los “extremismos” son utilizadas en la práctica y finalmente contra las huelgas, manifestaciones de trabajadores y la vanguardia obrera organizada. En realidad, la clase obrera y sus organizaciones tienen suficiente fuerza para destruir a los racistas y aplastar al fascismo en el nido, en los lugares de trabajo y en la calle.

 

En ningún caso el proletariado debe dejarse engañar por los pretextos humanitarios de las intervenciones del ejército de su propio imperialismo. La burguesía francesa, su república y su ejército ya tienen manchadas sus manos de marroquíes, malgaches, vietnamitas, argelinos, iraquíes y de numerosos pueblos africanos. En ningún caso el proletariado francés debe comprometerse con la burguesía francesa y sus guerras imperialistas. Tampoco debe confiar en los organismos imperialistas: OTAN, ONU, Unión Europea.

 

Pero los bolcheviques no son pacifistas. La resistencia de los pueblos oprimidos frente a las agresiones imperialistas es legitima. La clase obrera, la juventud, los inmigrantes, las organizaciones obreras, tienen el derecho y el deber de defenderse contra las bandas fascistas, matones de la patronal y contra la policía burguesa. Las masas necesitan piquetes de huelga, milicias obreras, guardas rojos para defenderse y hacer triunfar la insurrección que derribará al estado burgués.

 

Respecto a esto, la guerra contra las fuerzas de la reacción es una estrategia nociva pues sustituye a la acción de masas: refleja intensamente una orientación no proletaria.

 

Aún peor es el terrorismo contra los trabajadores, considerados culpables de las exacciones de su imperialismo. Es completamente contrarrevolucionario en sus efectos y siempre la expresión de fuerzas sociales enemigas de la clase obrera.

 

Hoy en día, en Francia, los partidos tradicionales de la clase obrera se introducen lamentablemente en la rueda de molino de la V República forjada por y para De Gaulle, V República que en su momento condenaron, justamente, como bonapartista. Y lo hacen porque son, desde 1914 el Partido “Socialista” y desde 1933 el Partido “Comunista” Francés, partidos obrero-burgueses, órganos de defensa de la sociedad burguesa y de su estado, partidos que sirven a las instituciones antidemocráticas.

 

El proletario necesita las más amplias libertades democráticas. Debe oponerse a la existencia del Senado, a la privación de los derechos políticos a los trabajadores inmigrantes, a los poderes discrecionales de la policía y los servicios secretos, a la dictadura potencial que confiere la V República al presidente.

 

No se trata, en ningún caso, de oponer el parlamentarismo, la democracia burguesa, a la V República, al régimen bonapartistas bastardo, como lo hacían el PSE y el PCF antes de ocupar el gobierno, como lo hacen la LCR con su “VI República” o el PT con su “democracia”. En cuanto a LO, ésta ha llegado hasta reclamar más policía al igual que la pretendida “Izquierda socialista” del PS y del PCF.

 

Pedir más policía se traduce en reforzar el estado de la burguesía contra la clase obrera. Reivindicar una “VI República” supone inscribirla dentro de la filiación de las cinco repúblicas burguesas, al hilo de los que masacraron la Comuna de París de la III República y de los verdugos de obreros de la III, IV y V. Reivindicar la democracia, es decir la democracia burguesa, se traduce en defender el régimen parlamentario de la IV República, tan antiobrera como la V y agente de numerosas ignominiosas guerras coloniales.

 

Todas estas orientaciones reformistas son, de hecho, contrarrevolucionarias. Permitirán levantar al parlamentarismo como línea de defensa de la sociedad burguesa en caso de ofensiva revolucionaria del proletariado. Es lo que han hecho en más de una ocasión los partidos traidores en nombre de la democracia: el SPD en Alemania en 1918 y 1945; la SFIO y el PCR en Francia en 1936, 1944 y 1968: el PCE y el PSOE en España en 1936 y 1975; el PSI y el PCI en Italia en 1944 y el PCI en 1969; el Partido Laborista en Gran Bretaña en 1945 y 1970; el PSB y el PTB en Bélgica en 1944 y 1961; el PSC y el PCC en Chile en 1971

 

La “democracia” o la “VI República” son consignas burguesas que se oponen, por naturaleza, a los órganos de tipo soviético, emanados de la clase obrera y la población trabajadora (comités de huelga, consejos, comité central de los comités elegidos), al gobierno obrero, al poder de los trabajadores.

 

Sólo un gobierno salido de la clase obrera puede expropiar al capital pues es necesario apoyarse en el proletariado y las masas explotadas y oprimidas, armarlas, para poder derribar las instituciones de la república burguesa y sus cuerpos de altos funcionarios, para destruir el núcleo represivo del estado burgués, su policía, su ejército y sus servicios secretos.

 

El gobierno obrero instaurará el estado barato en el que cada elegido o elegida no cobrará más de lo que cobra un obrero cualificado. El poder de los consejos será el de la inmensa mayoría, poder en el que todo/a elegido/a será revocable en cualquier momento. A la V República burguesa hay que oponer la república obrera y socialista, tal y como la bosquejó la Comuna de París en 1871, tal y como la encarnó en octubre de 1917 el congreso panruso de los soviets. El estado obrero es, de esta forma, un estado que comienza a desaparecer. Para lograr la definitiva abolición de las clases sociales y, por tanto, la desaparición del estado, es preciso lograr el estadio de abundancia del socialismo.

 

Pero el socialismo no podrá desarrollarse en el interior de las fronteras de un solo estado de los actuales, sobretodo en un continente tan parcelado como es el de Europa. La supervivencia del poder obrero en un país como Francia y el desarrollo de las fuerzas productivas dependerán de la formación de los Estados Unidos Socialistas de Europa. Hay que construir una Internacional Obrera Revolucionaria.

 

 

 

El socialismo sólo puede triunfar a escala mundial

 

 

Octubre de 1917 es la única vez en la que el proletariado ha tomado el poder a escala de todo un país, Rusia, gracias a la existencia de un partido obrero revolucionario, internacionalista y marxista, el Partido Bolchevique de Lenin. Para el Partido Bolchevique se trataba del primer acto de la revolución socialista mundial pues el país atrasado que era Rusia necesitaba la colaboración de los gobiernos obreros de los países capitalistas más avanzados, en primer lugar Alemania, para desarrollar armoniosamente las fuerzas productivas y poder construir, así, el socialismo. Con ese fin, Lenin, Trotski, Zinoviez y Bujarin crearon la III Internacional obrera, La Internacional Comunista.

 

Las potencias capitalistas de Francia, Estados Unidos, Japón y Gran Bretaña, que habían desencadenado la sangrante carnicería de la Primera Guerra Mundial, intentaron, junto con los ejércitos del terror blanco zarista y antisemita, aplastar a la revolución obrera. El ejército rojo, conducido por Trotski, y el estallido de revoluciones en la Europa Central, salvaron a la república de los soviets.

 

Pero la ola revolucionaria en Europa, avanzando hasta el estallido de revoluciones en Alemania, Hungría e Italia, fue contenida por la burguesía con la ayuda activa de los partidos reformistas que ya habían traicionado a la clase obrera apoyando cada uno de ellos a su propia burguesía en 1914 participando en la ‘Unión Sagrada’. Lo que le faltó a la revolución europea fueron partidos revolucionarios experimentados, diferenciados de los reformistas, chovinistas y revisionistas. Lo que faltó fue un partido de tipo bolchevique.

 

El aislamiento de la URSS y el agotamiento del proletariado ruso permitieron a la burocracia de estado y del partido librarse de todo control y consolidar su poder, en 1924, conducida por un dirigente bolchevique de segundo orden: Stalin. La burocracia ocultaba sus ventajas materiales tras la utopía nacionalista del “socialismo en un solo país”. La contrarrevolución política en la URSS no podía dejar de conllevar la degeneración de la Internacional Comunista y la destrucción del Partido Bolchevique.

 

La dominación de una capa pequeño burguesa sobre el primer estado obrero era fundamentalmente inestable. La burocracia no era una nueva clase explotadora instaurando un nuevo modo de producción ni una burguesía que hubiese restablecido el capitalismo. La suerte de la URSS dependía de la lucha mundial entre las clases sociales fundamentales de forma que, o bien el proletariado de la URSS derrocaba a la casta burocrática mediante una revolución política y restauraba, así, el poder obrero, o bien la presión imperialista conducía a la liquidación de los restos de las conquistas de Octubre: la colectivización de los medios de producción, el trabajo para todos, el plan, el monopolio del comercio exterior...

 

Ante la guerra y la ofensiva del imperialismo estadounidense que perseguía su derrocamiento y el restablecimiento del capitalismo, la burocracia del Kremlin extendió la colectivización de los medios de producción a la Europa Central. Bajo estas circunstancias excepcionales y apoyándose en la existencia de la URSS, direcciones de movimientos guerrilleros llegaron, en numerosas ocasiones, más lejos de lo que tenían intención en la ruptura con la burguesía en Albania, Yugoslavia, Vietnam, Corea del Norte, China y Cuba. Expropiaron el capital, instauraron estados obreros deformados desde su origen puesto que eran calcados sobre el modelo de estado obrero degenerado. En consecuencia, en cada uno de dichos países la clase obrera no ha ejercido el poder. Se ha visto confiscada por burocracias estalinistas, conservadoras de los privilegios y constituidas por aparatos de origen estalinista o castrista.

 

La clase obrera se ha enfrentado en numerosas ocasiones a la burocracia que usurpaba el poder en su nombre. En numerosas ocasiones se ha esbozado la perspectiva de la revolución política: en Alemania en 1953, en Hungría y Polonia en 1956, en Checoslovaquia en 1968, en Polonia en 1971 y 1980, en Alemania y en China 1989. Pero han hecho falta partidos obreros revolucionarios, ha faltado una internacional obrera revolucionaria. La dirección de Pablo-Mandel de la IV Internacional capituló ante la burocracia estalinista a partir de 1950. La dirección Lambert de la sección francesa que, inicialmente, había resistido a este revisionismo, se alineó en 1980 con la dirección clerical y restauracionista del sindicato polaco Solidaridad.

 

Dramáticamente la continuidad con Octubre de 1917 se ha visto rota en la misma URSS. Cuanto más se desarrollaba la economía de la URSS más necesitaba insertarse en la economía mundial. A partir de los años 1980, en un contexto de retrocesos de la clase obrera mundial, en particular de los proletariados de los centros imperialistas, el imperialismo acentuó su presión militar, económica, política y diplomática sobre una URSS debilitada por la carrera armamentista y por la gestión burocrática de la economía.

 

Yugoslavia ha estallado a causa de las pretensiones de la fracción serbia de la burocracia para convertirse, con menosprecio de las minorías nacionales, en burguesía de toda la federación. Pero esta mutación sólo era posible por la fuerza y, sobretodo, estaba supeditada al apoyo o no del campo de las potencias imperialistas: Francia, Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos. La competencia entre estos países ha alcanzado su apogeo, las viejas alianzas históricas se reconstituyen por y para la marcha hacia la guerra entre las fracciones croatas y eslovena, por una parte, y la parte serbia por otra. La restauración del capital en Yugoslavia se hizo gracias al aplastamiento de los pueblos de los Balcanes (croata, serbio, bosnio y kosovar). De 1991 a 2000 los imperialismos se enfrentaron contra el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, por medio de las fracciones rivales de la ex burocracia reconvertidas en burguesías nacionales. No han dudado en intervenir contra los malos alumnos que rechazan ser sirvientes (Milosevic y su claque) bombardeando Serbia y Kosovo en la primavera de 1999. Hoy en día los ejércitos de los imperialismos dirigidos por los Estados Unidos ocupan Bosnia, Kosovo y vigilan todas las fronteras de la ex Yugoslavia.

 

En Rusia, Ucrania y Georgia, la sanidad y la educación públicas han sido destruidas, el bandidaje y el alcoholismo asolan el país y el proletariado vuelve a conocer el paro mientras que la Iglesia ortodoxa ha visto sus privilegios restablecidos.

 

La restauración del capitalismo en el único país en el que la clase obrera tomó el poder, refuerza la arrogancia del imperialismo que se cree con las manos libres para reinar sobre el mundo entero.

 

Esta derrota histórica desorienta en todas partes a la clase obrera, acelera la degeneración de las direcciones tradicionales del movimiento obrero y hace evolucionar hacia el chovinismo y el oportunismo a las formaciones revisionistas del programa de la IV Internacional como a LO, LCR y el PT en Francia.

 

La desaparición de la URSS disminuye el margen de maniobra de las burguesías de los países dominados y las posibilidades de luchas de las organizaciones pequeño burguesas de los pueblos oprimidos. Ya no habrá, bajo estas condiciones, revoluciones incompletas dirigidas por direcciones pequeño burguesas. Al contrario, el restablecimiento del capitalismo en Rusia y en la Europa Central desestabiliza a los estados obreros que subsisten aún. Corea del Norte está exangüe. China, Cuba y Vietnam se encuentran al borde de la restauración capitalista.

 

El proletariado mundial debe defender, hasta el final, las conquistas revolucionarias que subsisten en estos países y debe hacerlo contra las presiones militares de los imperialismos, en primer lugar el estadounidense, y de los apetitos de los grandes grupos capitalistas del mundo entero y contra las tendencias restauracionistas de sus propias burocracias.

 

La única vía es que el proletariado expulse a la casta estalinistas usurpadora e instaure el poder obrero en estos estados obreros deformados y derribe el capitalismo por la revolución socialista en los otros países. Es preciso construir una internacional obrera revolucionaria.

 

 

 

La unidad de las filas de los trabajadores por las reivindicaciones prepara el poder obrero

 

 

La acusación capital que los bolcheviques lanzan contra las organizaciones tradicionales del proletariado es su rechazo a romper con la burguesía. Como lo prueban las repetidas experiencias, en Francia (1936, 1944, 1981 y 1997) y en otros países, de una alianza política con los representantes de la burguesía sólo puede resultar un programa que mantiene y gestiona las relaciones de explotación capitalistas preservando al estado burgués.

 

Los partidos obreros tradicionales, sean parte de la socialdemocracia o del estalinismo, traicionan desde hace ya décadas al proletariado. Al principio de la Primera guerra Mundial los partidos de la II Internacional prefirieron la “Unión Sagrada” al internacionalismo proletario y se hundieron después en la más vil colaboración de clases. En 1934, los partidos de la III Internacional se unieron abiertamente al menchevismo mediante la estrategia de los frentes populares que condujo al ahogamiento de la huelga general en Francia y a una sangrante derrota de la revolución en España. A falta de poder practicar coaliciones, los estalinistas han recurrido a variantes de la sumisión a la burguesía sosteniendo a Roosevelt en los Estados Unidos o entrando a formar parte del ANC en África del Sur.

 

Desde el restablecimiento del capitalismo en Rusia, los partidos obreros burgueses reniegan con alivio de la referencia al socialismo que, en periodos más favorables al proletariado mundial, servía de hoja de parra para ocultar su subordinación al capitalismo. Combaten activamente por la subordinación de la clase obrera a la burguesía practicando directamente el “social liberalismo”, sosteniendo a los partidos “ecologistas”, “progresistas”, “republicanos”, “antifascistas” o participando incluso en coaliciones contrarrevolucionarias bautizadas “Frente Popular”, “Unión de la Izquierda”, “Unidad Popular”, “El Olivo”, “Izquierda Plural”, etc.

 

En lo que respecta a las direcciones sindicales:

 

-Bien caucionan las coaliciones de los partidos reformistas con los partidos burgueses (un ejemplo particularmente escandaloso de capitulación sindical de este tipo fue la decisión, en 1982, de la dirección PCI de la UNEF de participar en la cogestión de la universidad so capa que el gobierno burgués incluía al PS.

 

-Bien practican ellas mismas por su cuenta tales políticas (por ejemplo la dirección socialdemócrata de la AFL-CIO de los Estados Unidos sostiene financiera y electoralmente al Partido Demócrata);

 

-Bien demuestran una seudo neutralidad entre partidos obreros y partidos burgueses (como la dirección de FO en Francia que tolera una fracción RPR en el interior del sindicato que rechaza, como la dirección de la CGT o la de la FSU, llamar a votar por los partidos obreros contra los partidos burgueses en las elecciones).

 

La cuestión de las alianzas de colaboración de clases, de los frentes populares, es la principal cuestión de la estrategia proletaria de nuestra época. Ofrece también el mejor criterio para diferenciar al bolchevismo del reformismo o del centrismo.

 

Un gobierno constituido por uno o diversos partidos obrero burgueses sobre la base de un programa burgués, reforzando al estado burgués, defendiendo tanto en el interior como en el exterior los intereses de su clase burguesa, es un gobierno burgués. De tal género son los gobiernos laboristas de Gran Bretaña como el de Blair, a fortiori, un gobierno de los partidos reformistas con representantes de la burguesía. Eran o son, claramente, gobiernos burgueses: el gobierno dirigido por Prodi en Italia, el gobierno dirigido por Jospin en Francia y el gobierno dirigido por Schröder en Alemania.

 

Los bolcheviques no conceden ningún apoyo a tales gobiernos. Los “bolcheviques”, al contrario de lo que hacen los centristas del movimiento obrero, como en Francia la LCR, LO, el PT, L’Étincelle y La Comuna, no “exigen” que estos gobiernos de capitalistas dejen de ser imperialistas. El alejamiento del trotskismo de la dirección lambertista del ex PCI francés se hizo manifiesta después de 1981 con la fórmula: “un gobierno en la encrucijada”. Los bolcheviques demuestran el carácter completamente embustero de todo gobierno burgués y desenmascaran a los partidos putrefactos que los apoyan y participan en ellos.

 

Los bolcheviques oponen a todo gobierno burgués y a la colaboración de clases, la perspectiva de un gobierno obrero, como apelación popular de la dictadura del proletariado. El frente único obrero no toma sentido más que en la perspectiva del gobierno obrero. Ciertos centristas juran voluntariamente por la política del frente único pero la vacían de todo contenido revolucionario al sustituir por combinaciones parlamentarias el combate por el gobierno obrero.

 

Por otra parte, el frente único no es un “principio supremo”, no es una “estrategia” sino una táctica tendente a movilizar a las masas teniendo en cuenta el hecho de que éstas están bajo la influencia de las direcciones traidoras. El fin del “frente único obrero” o de la “alianza obrera” es enunciar (y de hacerlo posible) lo que es necesario para ganar, para que, en la acción, las masas se enfrenten a las direcciones traidoras, haciendo suyas las consignas y el programa revolucionarios, adhiriéndose a la necesidad del partido obrero revolucionario. La movilización de masas hará emerger formas de doble poder, de organismo elegidos por los trabajadores que constituirán una alternativa al gobierno burgués, a las instituciones burguesas, incluidos los parlamentos.

 

La táctica del frente único obrero parte del hecho que la mayoría de los militantes obreros continúan bajo el control de los aparatos reformistas. Se trata de apoyarse en cada momento sobre la situación concreta de la lucha de clases y de los imperativos de la lucha, proponiendo una política que rompa con la burguesía y levante a la clase obrera y a sus organizaciones frente a la clase dominante y su estado. Por razones parecidas, los bolcheviques se ven obligados, a veces, a llamar a votar a los candidatos de los partidos reformistas en las elecciones pero jamás por un representante político de la burguesía.

 

El combate por la unidad de las organizaciones obreras está sometido a un criterio más elevado, el de la unificación de la vanguardia proletaria sobre la base de una política marxista intransigente. En particular una organización revolucionaria que posea los medios políticos y financieros no puede renunciar a presentar en las elecciones sus candidatos contra los de los partidos en bancarrota. Una paso decisivo del ex PCI en el oportunismo comenzó con el apoyo a Mitterrand desde la primer vuelta de las elecciones presidenciales de 1981.

 

Igualmente, los bolcheviques exigen, al mismo tiempo que avanzan su propio programa, a todas las organizaciones que hablan en nombre de los trabajadores, a todas las corrientes del movimiento obrero, que rompan políticamente con la burguesía y entren en la vía del poder de los trabajadores. Si adelantan, en determinado momento, la consigna de gobierno PS-PCF, los bolcheviques no son en absoluto el “partido del gobierno PS-PCF” y no lo hacen en función de una mayoría relativa en la Asamblea nacional de la V República. La consigna de gobierno obrero es una consigna antiburguesa y anticapitalista y no una perspectiva “democrática” que pueda apoyarse en una mayoría parlamentaria del Partido Socialista y del Partido Comunista Francés. La táctica de frente único obrero se aplica, ciertamente, a las elecciones (incluso en caso de presentación de candidatos sobre la base de un programa comunista revolucionario ya que, en Francia, el escrutinio es a dos vueltas), pero no tiene nada de específicamente electoral, en ningún caso es electoralista.

 

La reivindicación dirigida sistemáticamente a las viejas direcciones: “¡Romped con la burguesía! ¡Tomad el poder!”, no tiene nada que ver con el cretinismo parlamentario. Se mantiene como un importante instrumento para desvelar el carácter traidor de los reformistas de toda calaña. Toda atenuación de la crítica a los aparatos bajo el pretexto de facilitar el frente único serviría para debilitar el peso de la vanguardia que los bolcheviques quieren reagrupar, para desarmarla. Por otra parte, la cuestión decisiva es la del reagrupamiento de la vanguardia obrera en un partido.

 

 

 

Los sindicatos no pueden ser dejados en manos de los agentes de la burguesía

 

 

La ofensiva de la burguesía, contra todas las conquistas arrancadas anteriormente y el destino que prepara a los nuevos proletarios, hacen más necesarias que nunca a las organizaciones permanentes que engloban al conjunto de los trabajadores asalariados, organizaciones para defenderse colectivamente ante el empleador y frente a. la patronal. La burguesía también necesita, en la misma media, complicidades en el interior del movimiento obrero. Para ello, y la burguesía posee en particular los medios necesarios en los países imperialista, corrompe y se introduce en los aparatos políticos y sindicales del movimiento obrero gracias a la política de participación y a las subvenciones.

 

Los trabajadores no disponen hoy en día de verdaderos sindicatos. Un sindicato obrero es una organización que se dota del objetivo de luchar contra el capital para mejorar la situación de los trabajadores, que participa en la lucha revolucionaria para derribar a la burguesía, que participará en la organización de la economía sobre una base socialista. Ni en Francia, ni en ningún otro lugar del mundo, existe ahora una organización de ese tipo.

 

En Francia las organizaciones oficialmente “representativas” no bajan de siete confederaciones (CGT, CFDT, FO, CFTC, CFE-CGC) o en gestación (G10, UNAS).

 

-La Confederación General del Trabajo fue fundada en 1985 bajo dirección anarquista. Su dirección Jouhaux traicionó, mediante la Unión Sagrada en 1914. La burocracia reformista excluyó a su ala revolucionaria en 1921, ésta formó la CGTU. La CGTU, que había quedado bajo el control del estalinismo, y la CGT reformista se reunificaron en 1936 sobre la base de la participación en la coalición del Frente Popular. En 1939 la dirección Jouhaux rindió juramento de fidelidad a Petain. Pero el régimen de Vichy puso en marcha el Código del Trabajo (bajo la dirección de una antiguo dirigente de la CFT, Belin): Jouhaux, junto a la CFTC, rompió entonces con Petain. En 1943, las dos fracciones de la CGT se reunificaron sobre una base social-patriota. La CGT alcanzó su cenit en la Liberación, los estalinistas se convirtieron netamente en mayoritarios en dicha confederación. Las dos alas sometieron el sindicato a la reconstrucción del capitalismo francés.

 

-En 1947, con la apertura de la guerra fría, los reformistas escindieron la CGT para fundar FO, con la ayuda del estado burgués y de la dirección confederal estadounidense de la AFL-CIO. La federación CGT de la enseñanza, la FEN, mantuvo su unidad y quedó como autónoma respecto a las dos confederaciones (CGT y CGT-Force Ouvrière). La FEN se escindió finalmente en 1992, excluyó al ala controlado por el PCF, que se transformó en FSU. El ala dirigida por el PS lanzó la UNAS, con el refuerzo de un sindicato autónomo de policías (la FASP).

 

-A partir de 1988, la LCR lanzó los sindicatos SUD, a partir de fuerzas excluidas de la CFDT. En 1993, junto a otros sindicatos autónomos (entre los que se encontraba la SNUI de la administración de impuestos), los SUD constituyeron el ‘Grupo de los diez’.

 

-Algunos anarquistas intentan hacer vivir a un sindicato propio, la CNT.

 

Todas las organizaciones sindicales no han nacido gracias a la iniciativa de alguna corriente del movimiento obrero.

 

-Desde la aparición de la CGT, revolucionaria y anticlerical, la Iglesia Católica animó un cortafuegos de sindicatos cristianos, sindicatos que se unificaron en 1919 bajo el nombre de Confederación Francesa de los Trabajadores Cristianos.

 

-La CFTC tomo en 1964 el nombre de CFDT, pero una minoría se mantuvo bajo el apelativo abiertamente clerical.

 

-En 1944, nació una organización sindical separando los “cuadros” de los asalariados de base, la CGC. Este vocablo de “cuadros” es una mistificación que mezcla asalariados con autoridad jerárquica (y que no pertenecen en absoluto a la clase obrera) con trabajadores muy cualificados sin autoridad, delegada por el capital, sobre los trabajadores.

 

-Es preciso añadir, a todas las confederaciones, numerosas organizaciones “autónomas” que aíslan a los trabajadores, de tal o tal otra categoría o empresa, de sus hermanos de clase.

 

De una forma u otra, todas las organizaciones sindicales están actualmente bajo el control de la clase enemiga, de los explotadores. La burguesía puede apostar a favor de la cobardía y corrupción de las direcciones reformistas para llevar a cabo sus ataques al mismo tiempo que se apoya sobre organizaciones sindicales ajenas al movimiento obrero como, por ejemplo, CFDT, CFTC y CGC en Francia.

 

Dar la espalda a los sindicatos, sin embargo, se traduce en abandonarlos a los aparatos, se traduce en renunciar al combate contra las direcciones traidoras al movimiento obrero. Los bolcheviques se afilian a las organizaciones sindicales tal y como existen en su sector de trabajo, prioritariamente a aquellas provenientes de la CGT (CGT, FO, FSU, UNAS-Educación). En el momento en que se encuentran en periodo de formación los jóvenes militantes se afilian a la UNEF.

 

El Grupo Bolchevique condena claramente a quienes ayudan a aumentar la división sindical, a quienes constituyen sindicatos suplementarios, como los anarquistas con su CNT, como el PT escindiendo la ex FEN para fundar sindicatos de enseñantes FO, como la LCR creando los SUD. La división sindical no tiene nada que ver con el leninismo ni con el trotskismo: ¡ningún partido con los chovinistas y los oportunistas pero un solo sindicato! En Francia los bolcheviques oponen al fraccionamiento de las organizaciones sindicales la perspectiva de una CGT independiente, reunificada, única y con derecho a tendencia.

 

El objetivo de los bolcheviques no es ocupar responsabilidades sindicales otorgadas por el aparato y aún menos beneficiarse de privilegio alguno. Bajo el control de su célula y de la célula central, los militantes deben ganar antes que nada toda la confianza y el apoyo de la base del sindicato y, más ampliamente, de sus camaradas de trabajo o estudios. Sobre esta base, los bolcheviques se esforzaron en constituir núcleos comunistas en el interior de los lugares de trabajo y en reagrupar más ampliamente a los trabajadores en tendencia de lucha de clases. Sólo pueden intentar acceder a responsabilidades sindicales si éstas reflejan la confianza de los trabajadores de sus propias filas.

 

Uno de los resultados del sometimiento de los aparatos a las necesidades de la burguesía es el considerable debilitamiento de todas las organizaciones obreras. Sin una orientación de lucha de clases, los sindicatos tienden a ser domesticados e integrados en al poder del estado. Si la naturaleza social de los aparatos traidores del movimiento obrero es pequeño burguesa, la política de los partidos obreros degenerados y de los aparatos sindicales es fundamentalmente burguesa. La burocracia reformista es una amenaza para la misma existencia de los sindicatos obreros.

 

 

 

Por una CGT reunificada y de lucha de clases

 

 

Los bolcheviques combaten por la independencia de clase frente al patrono y al poder del estado, a favor de la ruptura con la burguesía en todas las formas concretas necesarias. Al “sindicalismo de proposición”, a los acomodamientos, compromisos y traiciones de las direcciones burocráticas, los marxistas revolucionarios oponen las reivindicaciones que se ciñen a los intereses del conjunto del proletariado. Buscan ayudar a las masas, en el proceso de su cotidiana resistencia a la explotación y en los conflictos abiertos, a encontrar el puente entre sus necesidades inmediatas y la revolución socialista. El Grupo Bolchevique se desmarca de los falsos “trotskistas”, de todos los revisionistas del programa de la IV Internacional, que capitulan ante los aparatos: la LCR y LO ante los de la FSU y la CGT, el PT ante la dirección de FO.

 

Frente a la política de traición continuada de todas las direcciones sindicales actuales, los bolcheviques defienden una línea de clase contra clase. No es posible tener en el sindicato una orientación política diferente de la de conjunto, diferente de la de lucha por el gobierno obrero, por el socialismo. No hay dos programas, uno para el partido y otro para el sindicato. Los bolcheviques avanzan un programa de reivindicaciones transitorias que parten de las condiciones objetivas para llevar a una única e invariable conclusión: la clase obrera debe tomar el poder.

 

Para ello, los bolcheviques se baten a favor de la democracia en el interior del sindicato pues ella permite a los trabajadores examinar las diferentes posiciones y pronunciarse. Sin democracia obrera sólo la política del aparato puede expresarse en el sindicato y las asambleas generales.

 

La renovación de los sindicatos no se hará en frío, al margen del movimiento revolucionario de las masas, pues hará falta romper los aparatos corruptos y conservadores que los controlan y debilitan. Abiertos por naturaleza al conjunto de los asalariados, los sindicatos no pueden reemplazar al partido revolucionario. Además, los de mayor implantación sólo llegan a organizar a una parte del proletariado que es, a menudo, a su fracción más cualificada y mejor pagada. Los sindicatos no son el embrión de la dictadura del proletariado pues sólo reagrupan a una parte de los trabajadores (en particular en Francia) y, aquella, sólo puede ejercerse a través de consejos mucho más amplios.

 

Cada vez que una lucha comienza, los militantes bolcheviques proponen y sostienen las formas autónomas de organización, los órganos de tipo soviético o presoviético de combate que engloban masas más amplias: piquetes, asambleas generales, comités de huelga elegidos y revocables, comité central de huelga, etc.

 

 

 

Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario

 

 

Desde el mismo momento en que el capitalismo apareció en el seno de las formaciones sociales de Europa occidental engendró al proletariado moderno.

 

La explotación de los trabajadores asalariados es la fuente de plusvalor que se apropia la burguesía y que le permite la acumulación. La clase obrera ha crecido junto a las otras fuerzas productivas, a medida que el capitalismo ha ido suplantando a los modos de producción precedentes.

 

Al mismo tiempo que continuaba su tarea histórica de unificación de la economía mundial sobre la base de un desarrollo sin precedentes de la técnica, el modo de producción capitalista ha engendrado a su enterrador. Su contradicción fundamental es el creciente antagonismo entre el mantenimiento de la propiedad privada de los medios de producción y el carácter cada vez más social de la producción. Gracias al lugar que ocupa en las relaciones de producción, el proletariado es el actor histórico que puede derribar las relaciones de propiedad capitalistas para liberar las fuerzas productivas.

 

Ciertamente que el proletariado no fue, al principio, más que una fuerza de apoyo al lado de la burguesía y de la democracia pequeño burguesa contra el feudalismo, la monarquía y la Iglesia. Pero la lucha de clases moderna opone, poco a poco, a los trabajadores asalariados a la burguesía pues las relaciones sociales de la producción capitalista obligan al proletariado a defender sus propios intereses. A partir de 1848, en Francia, la clase obrera comienza su propio combate, un combate que no se limita ya a la lucha por la democracia. Este movimiento práctico contra la clase capitalista es la fuente de la constitución de su conciencia de clase. Las primeras organizaciones colectivas de solidaridad obrera y de defensa contra la explotación, sindicatos y partidos políticos reclamándose del proletariado, se nutrieron de la desconfianza frente a la clase explotadora, incluso de la acción contra ella.

 

La idea del socialismo precede a la aparición del proletariado sobre la escena de la historia. Pero en aquel momento no podía ser más que una utopía. Desde el momento en el que la nueva clase explotada combate por sí misma se dota de una conciencia de clase embrionaria. Este proceso se ve reforzado gracias a la incorporación de intelectuales a la vanguardia de los trabajadores.

 

En contacto con los proletarios revolucionarios de Francia, después en el interior de una pequeña organización internacional de vanguardia de obreros artesanos alemanes, la Liga de los Comunistas, Marx y Engels comenzaron a elaborar lo que la historia ha bautizado como “marxismo”. Buscaron dotar al movimiento obrero del método de la dialéctica materialista, de una comprensión de las leyes de la historia, del análisis de la economía capitalista, de una política conforme a sus intereses.

 

El carácter científico del marxismo se lo confiere su toma de partido a favor de la clase obrera, única clase social que tiene interés en comprender la sociedad capitalista mientras que, por el contrario, la burguesía concibe al capitalismo como natural y no histórico.

 

Sobretodo, la burguesía demuestra menos interés en desvelar los mecanismos que explican los fenómenos de la historia, de la sociedad y de la economía, una vez que ya ha triunfado sobre las antiguas clases explotadoras y se ve enfrentada, ella misma, a la amenaza de la revolución. Los saberes que se elaboran en los dominios de la historia, sociedad y economía, se mantienen parcializados y sometidos al marco de conjunto de la ideología dominante. Sólo el marxismo permite abrirse paso hacia una verdadera ciencia de la sociedad humana.

 

Por otra parte, convertida ya en una clase históricamente reaccionaria, la burguesía recurre cada vez a la religión como opio del pueblo y tiende a retroceder, ella misma, al oscurantismo y la superstición.

 

Elaborado sobre la base de los logros de la burguesía ascendente y de la experiencia del movimiento obrero, el marxismo es la teoría en desarrollo permanente que permite la comprensión del modo de producción capitalista y que guía la lucha por el comunismo.

 

El papel histórico de la I Internacional, La Alianza Internacional de los Trabajadores fundada en 1864, fue escoger el marxismo contra el mutualismo apolítico y antihuelga de Proudhon, contra el socialismo estatalista de Lasalle, pactista con Bismarck, contra el reformismo aburguesado de las direcciones sindicales británicas y contra el anarquismo manipulador e individualista de Bakunin. La Comuna de París respondió en 1871 a la cuestión de la forma qué debía tomar la dominación política de la clase obrera.

 

El crecimiento del proletariado permitió, acto seguido, la aparición de organizaciones que agrupaban a millares de trabajadores unidos en la II Internacional, La Internacional Obrera, cuya dirección, la del SPD alemán, se reclamaba oficialmente del marxismo.

 

 

 

Sin un partido obrero revolucionario no puede haber revolución victoriosa

 

 

A pesar de llevar a cabo un trabajo de organización, educación y lucha electoral, la Internacional Obrera y los partidos de la socialdemocracia censuraban el marxismo en lo tocante a la dictadura del proletariado. En las potencias coloniales, que robaban al mundo entero, una “aristocracia obrera” (relativamente acomodada en comparación con las masas proletarias) se convirtió en patriota y adoptó el punto de vista de su clase dominante. Sobre los trabajadores convertidos en permanentes de los sindicatos se ejerció una fuerte presión, también sobre los diputados y alcaldes laboristas o socialistas (a menudo abogados, profesores o médicos).

 

En el interior de los partidos socialistas de la II Internacional, todo ello se tradujo en conflictos sobre el “ministerialismo” (la participación de dirigentes socialistas en gobiernos burgueses), el “revisionismo” (la confección de una ideología adecuada a la práctica reformista), la justificación del colonialismo y de la lucha contra la guerra. El centro “ortodoxo” (A. Bebel, K. Kautsky) rechazaba oficialmente la revisión del marxismo y débilmente el ministerialismo del ala derecha. De hecho, después de la revolución rusa de 1905, la dirección internacional se tornó más agresiva contra el ala izquierda. Esta ala, representada por R. Luxemburgo, F. Mehring, A. Pannekoek, H. Gorter, G. Hervé, V. Lenin, I. Martov, L. Trotski, D. Blagoev, G. Dimitrov... no estaba organizada.

 

Las premisas objetivas de la revolución proletaria no sólo están maduras: han comenzado a pudrirse. El periodo imperialista enfrenta a la humanidad a una alternativa: socialismo o barbarie. La barbarie esbozada en las conquistas coloniales se manifiesta en los países avanzados con la carnicería desatada por las rivalidades entre los imperialismos en 1914. La mayor parte de las organizaciones obreras, de entre las cuales las principales secciones de la II Internacional, traicionaron y se hundieron en la unión sagrada. En Francia, la oleada chovinista de 1914 arrastró tanto al partido político PS-SFIO como a la confederación sindical CGT.

 

En Europa del este un puñado de organizaciones se opuso a ese curso de los acontecimientos. Se trataba de pequeños partidos afiliados a la II Internacional pero ya separados de hecho de los oportunistas locales (fracción bolchevique del POSDR en Rusia, fracción de los “estrechos” del Partido socialdemócrata obrero en Bulgaria y SDKPIL en Polonia). Haciendo el balance de la traición de la II Internacional, el Partido Bolchevique afirmó desde 1914 la necesidad de delimitar una nueva internacional, la tercera, clara y firmemente revolucionaria, sin temor a preconizar la derrota del propio imperialismo para adelantar la revolución.

 

Octubre de 1917 fue la respuesta al callejón sin salida histórico del capitalismo, callejón sin salida que puso de manifiesto la guerra mundial e iba a confirmar la gran crisis económica de 1929.

 

La revolución triunfó porque el proletariado ruso tenía en aquellos momentos una dirección política adecuada a sus tareas históricas. La revolución de Octubre de 1917 reposa sobre la mayoría que el Partido Bolchevique había conquistado en los soviets, verdaderos parlamentos obreros. Por primera vez, la clase obrera conquistaba el poder a escala de todo un país.

 

Pero el proletariado ruso se vio desangrando por el esfuerzo necesario para hacer frente a la reacción zarista y a las intervenciones de todos los imperialismos, entre ellos el de la República parlamentaria francesa. Para Lenin y Trotski, al igual que para Luxemburgo, la suerte de la patria de Octubre dependía enteramente de la victoria de la revolución mundial. Apoyándose sobre la revolución de los soviets, la dirección del Partido Bolchevique lanzó el combate por la construcción de partidos revolucionarios en todos los países y proclamó en 1919 la III Internacional, por la que se había pronunciado ya en 1914.

 

 

 

La IV Internacional ha salvado y enriquecido la herencia del bolchevismo

 

 

Pero la inmadurez de los jóvenes partidos comunistas y la traición de los partidos reformistas no permitieron la victoria de la revolución que había estallado en Alemania, Italia, Hungría, Finlandia, Polonia y Bulgaria; estas derrotas aislaron a la URSS económica y culturalmente atrasada y devastada por las guerras. Dichas derrotas desmoralizaron al proletariado y reforzaron al cuerpo de funcionarios del estado y del partido. Esta burocracia buscó la forma de ponerse fuera de todo control y se dedicó a la defensa de sus privilegios: para ello conquistó el partido y el estado a la muerte de Lenin, destruyendo, gracias a una verdadera contrarrevolución termidoriana, al ala izquierda del partido. El proletariado quedó desde ese momento expropiado del poder político.

 

La victoria de la burocracia conservadora, chovinista y privilegiada entrañó la derrota de la III Internacional, convertida a partir de los años 1930 en instrumento en manos de la burocracia estalinista. Recíprocamente, las nuevas derrotas reforzaron el poder totalitario del aparato reaccionario sobre la URSS. Los partidos estalinistas se unieron políticamente a la socialdemocracia y se pasaron, a su vez, al lado del orden burgués.

 

Trotski y los bolcheviques-leninistas constituyeron la IV Internacional en 1938 sacando las lecciones de la degeneración de la URSS, que necesitaba una revolución política para derribar a la casta dominante, así como también las del abandono de la Internacional Comunista pasada a la alianza con la burguesía.

 

El programa fue enriquecido con las lecciones de las luchas de clases entre las dos guerras. Nacida de las más grandes derrotas del proletariado (Italia, Alemania, China, España, URSS...), el joven partido mundial de la revolución socialista perseguía el objetivo de preparar la victoria de la próxima oleada de la revolución mundial. En el mismo momento en que Stalin asesinaba a los cuadros bolcheviques y en el que Hitler metía bajo su bota al proletariado alemán y en que los “minutos eran siglos” y se preparaba la 2ª Guerra mundial, se trataba de resolver la crisis de la dirección del proletariado. La IV Internacional pretendía construir en cada país un partido obrero revolucionario, una dirección de tipo bolchevique.

 

La IV Internacional fue proclamada en 1938 para paliar la degeneración irreversible de la III Internacional que el estalinismo había transformado, de instrumento de la revolución socialista mundial, en un grupo de presión de la burocracia del Kremlin sobre las burguesías imperialistas, en partidos contrarrevolucionarios como lo ilustró, trágicamente, la Guerra de España. A partir de 1933, Trotski había trazado la perspectiva de una nueva internacional, ante la imposibilidad de enderezar la Internacional Comunista. Apoyándose en la sección estadounidense, El Partido Socialista de los Trabajadores (SWP), la más implantada y sólida, el objetivo de la IV Internacional era convertirse en el partido mundial de la revolución socialista en el curso de la oleada revolucionaria que iba a desatar, inevitablemente, la Segunda Guerra Mundial.

 

Pero, emergiendo en un periodo de derrotas de gran amplitud, sufridas por el proletariado mundial, y débilmente implantada, la IV Internacional sufrió intensamente la tentación de los atajos y la presión de fuerzas sociales no proletarias. Desde 1939, una primera ofensiva conducida por Burnham y Shachtman, dirigentes históricos de la sección estadounidense, cuestionó la caracterización de la URSS como un estado obrero. En la práctica, y bajo la presión de la burguesía estadounidense, la oposición pequeño burguesa abandonaba la defensa de la URSS frente a cualquier agresión del imperialismo. Esta ofensiva resultó derrotada por James Cannon con la ayuda de Trotski.

 

En Francia, frente a las dificultades de construcción de la sección, un pequeño grupo conducido por Barta, se escindió, sin hacer explicitas diferencias políticas, en 1939 de la sección francesa de la IV Internacional. Esta corriente, estrechamente nacional, se ha mantenido siempre al margen de la IV Internacional y de la lucha por su enderezamiento y, después, por su reconstrucción. En 1947, la UC rompió sobre un punto del programa. Levantó un “sindicato rojo”, el SDR, después de la huelga de Renault y se diluyó en él. Los alumnos de Barta, de los que éste renegó vigorosamente, son conocidos hoy en día bajo el nombre de LO, una organización economicista que se ha adaptado profundamente al estalinismo, que no dice palabra sobre la necesidad del poder obrero y rechaza la construcción de un partido obrero revolucionario.

 

 

 

En 1951-1953 la IV Internacional estalló a causa del revisionismo de su dirección

 

 

En la misma IV Internacional se cuestionó en 1950 el programa. El hecho fue mucho más grave ya que provenía de los principales dirigentes de la IV Internacional de la época, Ernest Mandel y Michel Pablo (inspirados por el renegado Isaac Deutscher). Sin tener en cuenta las limitaciones de la expropiación del capital en Europa central, en Yugoslavia y en China, que llevó a estados obreros desde su creación calcados de la URSS degenerada, esta segunda oleada de revisión depositaba las esperanzas de conducir las revoluciones ya no en el proletariado mundial sino en la burocracia del Kremlin y de los partidos estalinistas. En consecuencia, el Secretariado Internacional pablista transformó la IV Internacional en grupo de presión para reformar a la burocracia usurpadora del Kremlin y enderezar a los partidos estalinistas.

 

Trotski desaparecido desde 1940, asesinado por orden de Stalin, esta orientación oportunista y liquidadora no tropezó con gran resistencia antes del congreso mundial de 1951, cuando la sección francesa, el Partido Comunista Internacionalista, se opuso a las tesis de Pablo. En 1952, el CC del PCI rechazó, a iniciativa de Bleibtreu, la liquidación de los militantes obreros revolucionarios dentro del partido estalinista. El SI pablista apoyó a la fracción minoritaria de Pierre Frank y Michèle Mestre y excluyó a la sección francesa. La minoría escindió robando la cabecera del periódico y usurpando el nombre de la organización. La LCR es la heredera de esta escisión revisionista y de esta operación burocrática.

 

Pablo, una vez excluido de la sección francesa, se giró contra las secciones británica y estadounidense en 1953. El veterano James Cannon se vio obligado, a sus 63 años y ante la inercia de la dirección Dobbs, a contrarrestar la ofensiva pablista en el seno de la sección estadounidense. Gerry Healy hubo de hacer lo mismo en la sección británica.

 

En el plano internacional Cannon recurrió a una fracción, el Comité Internacional de la IV Internacional, sobre la base de una “carta abierta a los trotskistas del mundo entero”. El CICI reagrupó al principio, contra el revisionismo pablista, a las secciones estadounidense, suiza, británica y francesa. La fracción Moreno de la sección argentina, la sección china y la canadiense se unieron a sus filas rápidamente.

 

 

 

La constitución del CI de la IV Internacional preservó las posibilidades de salvar a la internacional

 

 

Sin la reacción de la dirección del SWP y sin la formación del CI, la IV Internacional hubiera llegado a su fin en 1953, hubiera muerto como organización combatiente por el programa de la revolución proletaria.

 

Sin embargo, dividida y desacreditada, la IV Internacional no llegó a la cita de la historia cuando el proletariado se levantó en Europa central contra la burocracia privilegiada y policíaca y a favor de derribar el totalitarismo estalinista. Los traidores pablistas condenaron, en nombre de la IV Internacional fundada por Trotski, a la naciente revolución política de 1953 en Alemania y de 1956 en Hungría. El Secretariado Internacional pablista ensució la bandera de la IV Internacional y pisoteó el programa marxista al ponerse a remolque de los sátrapas del Kremlin y, después, de los nacionalismos pequeño burgueses de toda suerte, de entre ellos el régimen del FNL en Argelia.

 

El centro de Pablo y Mandel animó sistemáticamente la capitulación ante el nacionalismo burgués llevando a la liquidación de secciones significativas implantadas en la clase obrera como, por ejemplo, el Partido Obrero Revolucionario de Bolivia que estalló en 1954, después de haber apoyado al partido nacionalista burgués MNR, o como también la LSSP de Sri Lanka que entró a formar parte de un frente popular en 1964.

 

Por su parte el Comité Internacional de la IV Internacional tomó posición al lado de los obreros de Berlín Este y, después, de los consejos obreros de Budapest.

 

Sin embargo, el Comité Internacional se demostró impotente para reconstruir la IV Internacional reflejando la usura de la sección estadounidense, que debería haber sido la punta de la lanza en tal empresa, y su oportunismo político en el plano de los Estados Unidos. El Comité Internacional resultó ser, en el momento de su formación, más el producto de una simple proclamación de la ruina del SI pablista que no el resultado de una lucha encarnizada de fracciones en el seno de la Internacional y de las diversas secciones. A partir de 1954, dejándose llevar por el federalismo, el CI no tomó ninguna iniciativa para reorganización la IV Internacional dejando en los hechos que los pablistas usurpasen la autoridad de la IV Internacional. La ausencia de un balance con profundidad, el federalismo del CI, el abandono del combate centralizado e internacional contra el pablismo, permitieron que en todas las secciones se desarrollaran oportunismos de la misma naturaleza.

 

Con el paso del tiempo los componentes más importantes del Comité Internacional de la IV Internacional (en los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) cayeron en el pablismo o sucumbieron al shachtmanismo. Las dos desviaciones, la adaptación al estalinismo y la capitulación ante la burocracia del Kremlin, una, y la adaptación al reformismo de la guerra fría y la capitulación directa ante la burguesía imperialista, la otra, se han demostrado a menudo compatibles con la sumisión a otras fuerzas ajenas al socialismo y con arreglos con las direcciones nacionalistas pequeño burguesas y burguesas.

 

-Tras algunos años de triunfos, al final de la guerra y durante los años siguientes, los trotskistas estadounidenses conocieron una difícil situación a partir de 1947, en un contexto de crecimiento económico no esperado, de reflujo de las luchas obreras y de la caza de rojos desencadenada por el estado en la ciudadela imperialista. Ya en 1949 la dirección Dobbs del SWP había vacilado ante el comienzo de la guerra de Corea adoptando una actitud neutralista de tipo “tercer campo”, al igual que los shachtmanistas. Se precisó de toda la autoridad de Cannon, que se había jubilado, para que el periódico The Militant defendiera a Corea del Norte y a la revolución china frente a la intervención imperialista. En 1954, la dirección del SWP, adaptándose a la organización pequeño burguesa NAACP, apeló al ejército estadounidense para proteger a los negros del sur de los Estados Unidos. En 1956 se orientó hacia el ala derecha del estalinismo estadounidense en crisis. En consecuencia la sección estadounidense se desinteresó del Comité Internacional. Cuando la guerrilla tomó el poder en Cuba y, después, expropió al capital en 1961, la dirección Hansen del SWP y la dirección Moreno de la sección argentina se acercaron a los pablistas para unirse, al final, en 1963 formando el “Secretariado Unificado de la IV Internacional”. El viejo Cannon dio su caución a esta operación que negaba, sin embargo, su último combate político. El movimiento castrista, que se había fusionado con el partido estalinista cubano, fue calificado por el SU-CI de “marxista” y el SU se pronunció, en consecuencia, contra la sección cubana y contra el derrocamiento de la burocracia cubana. El SWP estaba muerto como organización trotskista.

 

-En América del Sur los partidarios del comité Internacional se habían reagrupado en el seno del SLATO, apoyándose sobre el POR argentino dirigido por Nahuel Moreno. Pero éste manifestó rápidamente tanto oportunismo hacia el nacionalismo burgués como los pablistas latinoamericanos conducidos por Posadas. Moreno colocó a su organización bajo la autoridad de Perón. Para justificar sus capitulaciones, Moreno volvió, contra la estrategia de la revolución permanente adoptada por la IV Internacional, a las ambiguas formulaciones del frente único antiimperialista que la Oposición de Izquierdas de la Internacional Comunista había enterrado tras la tragedia de la revolución china de 1927. A principios de los años 1960, Moreno se adaptó al castrismo, rechazó la concepción leninista-trotskista del partido y se unió a su alter ego Mandel, Maitan y Hansen en el SU.

 

-En cuanto a la sección francesa ésta estaba exangüe en 1952. Había sufrido la expulsión de la Internacional, una escisión de la minoría pablista de Frank y Mestre que usurpaba el nombre del PCI y el órgano La Verité. Ulteriormente quedó debilitada por la política oportunista llevada a cabo por Pierre Lambert que subordinó el PCI a los nacionalistas argelinos del MNA.

 

-En los años 1950, la sección británica (el Club de Gerry Healy) manifestó por su parte un gran oportunismo frente a los reformistas de izquierdas del Partido Laborista en el que había entrado. Sin embargo la sección británica se volvió a dinamizar con la conquista de toda un franja de militantes del Partido Comunista tras la revolución de Hungría en 1956 y de una creciente influencia en el interior de la juventud laborista que conquistó en los años 1960. De hecho, recayó sobre la sección británica la responsabilidad de llevar la lucha en el seno del Comité Internacional para contrarrestar el curso oportunista y liquidador de la dirección de la sección estadounidense. De esta forma pudo mantenerse el Comité Internacional de la IV Internacional. A pesar de sus debilidades (el rechazo a considerar a Cuba como un estado obrero deformado) la lucha internacional llevada a cabo por la Liga Socialista de los Trabajadores (SLL) revistió una importancia decisiva. Contribuyó a desgajar en el seno del SWP una oposición alrededor de Jim Robertson y de Tom Wohlforth. Se ganó una minoría fiel al programa en la LSSP de Ceilán (Sri Lanka). Contribuyó también a la reconstrucción de la sección francesa que adoptó el nombre de Organización Comunista Internacionalista  (OCI).

 

 

 

La reconstrucción de la IV Internacional, finalmente, ha fracasado

 

 

Todavía era posible, sobre esta base política y organizativa, la reedificación de la internacional y más teniendo en cuenta que las secciones francesa y británica iban a crecer durante la fase de ascenso de la revolución mundial. Su elaboración teórica tomaría nuevos bríos con Cliff Slaughter, Stépahne Just y otros. La 3ª Conferencia del CI, en 1996, precisó correctamente que no podía hablarse, en propiedad, de la IV Internacional sino del instrumento para reconstruirla.

 

Sin embargo, Healy excluyó burocráticamente de la conferencia y, por tanto, del CI a una organización estadounidense que se mantenía en el terreno del programa, la Spartacist League, sin ninguna protesta por parte de los representantes de la sección francesa. Este hecho iba a perjudicar tanto al Comité Internacional de la IV Internacional como a la SL pues Healy y Lambert se pusieron de acuerdo para profundizar el federalismo decretando que toda decisión debía ser tomada por unanimidad a fin de dejar las manos libres a cada uno de ellos en sus respectivos países.

 

De esta forma las tendencias oportunistas de las organizaciones nacionales salidas del CI de la IV Internacional se conjugaron a menudo con un funcionamiento caudillista alejado de la democracia bolchevique, añadido todo ello al recurso a la calumnia y la violencia contra sus oponentes externos e internos. Los modos de Healy y Lambert no tenían nada que envidiar a las de un personaje como Moreno.

 

El estallido en 1971 del Comité Internacional a iniciativa de la dirección de la sección británica, la SLL, redujo considerablemente las posibilidades de reconstruir la IV Internacional. La dirección Healy-Banda-Slaughter de la SLL británica pensaba que, proclamándose partido (WRP) su papel nacional resolvía todos los problemas de la internacional. En realidad iba a comprometerse políticamente con regímenes reaccionarios del Próximo Oriente mendigando a Hussein, Gadafi y consortes la financiación de su hipertrofiado aparato y de su prematuro diario. El WRP estalló en 1985 tras la huelga de los mineros cubriendo de descrédito al trotskismo.

 

En los Estados Unidos, la SL nacía del combate de algunos cuadros jóvenes, relacionados con el Comité Internacional, en el interior del SWP. Pero en 1966 Robertson fue expulsado de manera escandalosa por Healy tras la conferencia de Londres del CI. La dirección de la SL estadounidense, tras su giro en vano hacia LO, se ha adentrado, finalmente, en el camino de la constitución de su propia corriente internacional que ha derivado hacia un neopablismo exacerbado. En algunos años, los robertsonistas han llamado, sucesivamente, a los sátrapas del Kremlin a aplastar el movimiento de los trabajadores polacos en 1980, concedido al ejército de la URSS la tarea de transformar Afganistán en 1980, confiado en 1989 a la claque burocrática restauracionista de Honecker la tarea de salvar el estado obrero de la RDA...

 

Una última oportunidad para liquidar el pablismo y reconstruir la IV Internacional se abrió en 1979 cuando dos fracciones del SU (la TLT y la FB) rompieron con la dirección pablista de Mandel, Bensaïd y Maitan tras la capitulación de éste último ante el FSLN de Nicaragua. Pero la FB, centrada alrededor del PST argentino de Moreno, y el CORCI, impulsado por el PCI francés, se unificaron prematuramente rehusando levantar un balance con profundidad... Por ejemplo: reafirmaron la validez de la política del frente único antiimperialista contra la revolución permanente.

 

-Como consecuencia los dos componentes del nuevo CI se demostraron impotentes para construir una organización leninista-trotskista en Irán por la revolución social y contra el clero musulmán de Jomeini.

 

-También demostraron, igualmente, su incapacidad para combatir por la revolución política en Polonia y para diferenciarse del aparato clerical y restauracionista de Solidarnosc.

 

-Capitularon juntos ante el frente popular francés bautizado “Unión de la Izquierda”: la dirección Lambert-Cambadélis-Gluckstein del PCI, con el respaldo de Moreno y con la oposición de Stéphane Just, llamó a votar a Mitterrand ya en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 1981.

 

Moreno escindió, al poco tiempo, el reagrupamiento sin principios que acaba de constituir con Lambert para constituir la LIT en el entorno del MAS argentino.

 

Este desastre alimentó el escepticismo sobre las posibilidades de la reconstrucción de la IV Internacional, facilitando la degeneración de la sección francesa. El desproporcionado miniaparato del PCI se convirtió en instrumento de la burocracia sindical de tipo FO o AFL-CIO, producto de la guerra fría, que adulaban como “independientes”. Todo sucedió como si se realizara una OPA del aparato FO sobre el PCI.

 

En 1984, Lambert, Cambadélis y Gluckstein revisaron el programa en provecho de la “línea de la democracia”. El abandono de la revolución permanente es la consecuencia de una práctica reformista opuesta a la revolución socialista. Así, 1986, el primer congreso del “Movimiento por un Partido de los Trabajadores”, que iba a convertirse en el PT y fagocitar al PCI, denunció en su programa “las soluciones extremas”.

 

Después de haber participado en la exclusión de Stéphane Just, Cambadélis prefirió el gran partido reformista al pequeño sin futuro. En 1986 se llevó algunos centenares de militantes y la dirección de la UNEF-ID, el principal sindicato estudiantil, a las filas del PS.

 

En 1991 lo que quedaba de la dirección del PCI rechazó la consigna de la derrota del imperialismo ante la agresión contra Irak. Convergió con la línea “pacifista” del PCF que rehusaba la defensa de este país dominado frente a la coalición en la que participó el ejército francés.

 

La dirección lambertista abandonó definitivamente el programa de la IV Internacional a cambio de la “democracia” parlamentaria y del nacionalismo. Finalmente, en 1992, liquidó la sección francesa en el artificial Partido de los Trabajadores, chovinista y reformista. La muerte del PCI se llevó a la tumba, en su bancarrota, al reagrupamiento internacional que había constituido, IV Internacional-Centro Internacional de Reconstrucción.

 

 

 

La lucha contra el revisionismo lambertista no ha podido impedir la liquidación de la sección francesa

 

 

El Comité por el enderezamiento del PCI fue fundado por Stéphane Just en 1984 tras su exclusión del PCI, como fracción por enderezarlo y también por preservar las últimas posibilidades de reconstruir la IV Internacional:

 

-El Comité combatió la adaptación de la dirección del PCI a las burocracias reformistas. La dirección Lambert llegó hasta pedir el voto a favor de Mitterrand ya en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 1981, después de haber votado, en más de una ocasión, a favor de los informes de gestión de las direcciones sindicales de FEN y FO. Esta política de capitulación nutrió una estalinofobia de tipo shachtmanista, valorando a las organizaciones modeladas por la guerra fría: el PS, al aparato sindical FEN y, sobretodo, al aparato sindical de FO.

 

-El Comité denunció la concepción parlamentarista del frente único obrero y de la lucha por un gobierno obrero, desviación combatida en su momento por Trotski.

 

-El Comité rechazó el oportunismo del PCI frente a la Unión de Izquierdas, el frente popular en el poder en Francia a partir de 1981, cuando la dirección del PCI rehusó caracterizarlo como un gobierno burgués y proclamó que “estaba en la encrucijada”... se sobreentiende: un frente popular puede constituir una avanzadilla, una coalición con partidos burgueses puede satisfacer las reivindicaciones.

 

-El Comité intentó mantener al PCI en la vía del internacionalismo proletario cuando la dirección de este último capituló ante el chovinismo, con la excusa de la lucha contra la dominación estadounidense, contra el FMI y contra la Unión Europea, y protegió de hecho al imperialismo francés.

 

-El Comité ha defendido la concepción marxista del estado, ha defendido la teoría de la revolución permanente contra la revisión lambertista del programa, revisión conocida bajo el nombre de “línea de la democracia” y que substituye a la dictadura del proletariado por el parlamentarismo burgués.

 

-El Comité ha permanecido fiel a la concepción leninista-trotskista del partido mientras que el PCI, por el contrario, ha sido liquidado a cambio de un Partido de los Trabajadores constituido bajo patronazgo del aparato FO y teniendo como programa la democracia.

 

Contra el oportunismo y el revisionismo, la herencia política de la sección francesa y de la IV Internacional ha podido ser salvaguardada por la minoría trotskista salida de aquélla: el Comité. Pero el PCI y la CI-CIR murieron definitivamente como organizaciones trotskistas en 1991. En 1991, la dirección del PCI y de la IV Internacional-CIR rehuyeron combatir al lado de Irak contra la intervención imperialista en la que tomaba parte el ejército francés. En 1992, el Partido Comunista Internacionalista fue liquidado por Lambert y Gluckstein para hacer sitio, en su lugar, al Partido de los Trabajadores.

 

Todas las posibilidades que entrañaba la IV Internacional han desparecido definitivamente. Más de 60 años después de su fundación, toda perspectiva de “reconstruirla”, “refundarla” o “reedificarla” ha caducado.

 

-Por una parte, existen y han existido numerosas organizaciones que se intitulan “IV Internacional” tantas como impostores que usurpan la bandera, de entre los cuales el SU pablista de la “IV Internacional reproclamada” de Lambert-Gluckstein, que la manchan en cada ocasión de la lucha de clases.

 

-Por otra parte, todas las secciones que habían inicialmente resistido al pablismo han caído, a su vez, en la revisión del marxismo y se han liquidado como organizaciones revolucionarias. El SWP estadounidense ha devenido una secta castrista que ha denunciado abiertamente en 1982 la estrategia de la revolución permanente y la fundación de la IV Internacional; el WRP británico ha desaparecido de la escena sin pena ni gloria desde 1985; el PCI francés ha sido substituido en 1992 por una formación parlamentarista y chovinista.

 

Tras el estallido de la IV Internacional que tuvo sus comienzos en 1951, después de que el SWP haya sucumbido a su vez al revisionismo pablista a partir de 1961, tras el estallido del CI-CI en 1971, la muerte del PCI en 1991 puso fin a los plazos concedidos a las posibilidades de volver a levantar la internacional fundada por Trotski. Ello significa una agravación considerable de la crisis de la dirección revolucionaria tal y como ésta es descrita al principio de La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional. Sacando las lecciones, el grupo trotskista que intentó salvar al PCI modificó en 1991 su nombre por el de Comité por la reconstrucción del Partido Obrero Revolucionario, de la Internacional Obrera Revolucionaria.

 

El Comité ha sido un instrumento irremplazable para hacer el balance de la IV Internacional y de su sección francesa, para proseguir la elaboración política, para actuar coordinadamente.

 

El Comité ha tenido también el mérito de realizar la elaboración sobre la situación política en Francia y en numerosos países, la formulación de respuestas políticas concretas para la intervención en la lucha de clases: la caracterización de los golpes lanzados por el imperialismo contra el proletariado en el curso de los años 1980, hasta la restauración del capitalismo en Rusia, la evolución de la lucha de clases en determinados países dominados por el imperialismo (por ejemplo: Argelia, Palestina, África del Sur) así como en las principales metrópolis imperialistas.

 

En fin, el Comité era cualquier cosa menos un circulo de charlatanes y plumíferos de salón o una secta de agriados y resignados. Su publicación Combattre pour le socialisme, era un útil de intervención política, relacionando las iniciativas de los militantes, como en el momento del test que constituyó el movimiento de huelga en noviembre y diciembre de 1995. La puesta en práctica del programa para construir la organización permitió en particular tejer lazos con la juventud, captando fuerzas radicalizadas por el movimiento de la juventud de 1986 contra el gobierno Chirac, en el seno de la organización pablista de juventudes (JCR).

 

Pero cuando se desgasta una organización se desgasta también la generación que la ha sostenido y el marco del Comité no ha escapado a ello.

 

 

 

El Comité ha sido, él mismo, victima de la estrechez nacional y del oportunismo

 

 

Nuestra organización ha sufrido el peso de su aislamiento internacional y de los retrocesos de la clase obrera que se habían hecho sentir en el PCI. Después de la desaparición, en 1997, de su fundador, en tres ocasiones, con menosprecio de sus conferencias democráticas, una parte de su dirección ha conducido a una minoría a escindir, a robar al Comité. Los instigadores de las escisiones han vuelto a los modos antidemocráticos y violentos, delatores y corrompidos de la escuela de los Moreno, Healy y Lambert.

 

El contenido político de las tres oleadas de destrucción que ha debido sobrellevar la organización puede resumirse así: por escepticismo, desánimo y capitulación, diversos cuadros no sólo han abandonado el combate por la revolución proletaria sino que han hecho todo lo posible por liquidar al Comité.

 

La organización que fue fundada por Stéphane Just, que hundía sus raíces en la sección francesa de la IV Internacional de León Trotski, no puede tolerar que su nombre y el de su publicación sean confundidos con gentes que pisotean la organización que ha requerido tantos esfuerzos colectivos, con gentes que amenazan físicamente a sus adversarios de ideas, que falsifican sus propias intervenciones sindicales, que trucan sus propios textos, que roban a sus camaradas, que sostienen a partidos burgueses como el ANC de África del Sur, que se mantienen neutrales cuando una coalición imperialista bombardea Yugoslavia, que denuncian a los militantes al procurador y a la policía o que defienden al aparato contrarrevolucionario de la confederación sindical FO.

 

En consecuencia, la 12ª Conferencia del Comité por la Construcción del Partido Obrero Revolucionario y de la Internacional Obrera Revolucionaria ha decidido denominarse de ahora en adelante Groupe bolchevik pour la construction du Parti ouvrier révolutionnaire, de l’Internationale ouvrière révolutionnaire (Grupo Bolchevique por la Construcción del Partido Obrero Revolucionario y de la Internacional Obrera Revolucionaria) y cambiar la cabecera de su publicación, que de ahora en adelante se llamará Révolution Socialiste (Revolución Socialista).

 

 

 

La vanguardia debe reagruparse sobre la base del marxismo para construir el Partido y la Internacional

 

 

Un largo proceso histórico se encamina hacia su final, aquel en que los aparatos sindicales, los partidos socialdemócratas y laboristas, la burocracia del Kremlin y su aparato internacional, han ejercido un quasimonopolio sobre el movimiento obrero, aquel en que éstos han podido manipular al proletariado. Su influencia ha sido de tal calibre que ha podido hacer tambalear y destruir a la IV Internacional. Pero esta última estaba armada con el programa elaborado por León Trotski extrayendo las lecciones de la oleada revolucionaria que se desarrolló al final y después de la primera guerra imperialista mundial, de su reflujo ante la falta de direcciones revolucionarias en los países en los que se había desatado, también las lecciones de la revolución rusa de 1917, de su degeneración, del nacimiento y victoria de la burocracia del Kremlin y de su papel en el mundo.

 

El Grupo Bolchevique prosigue en Francia el combate de la Liga de los Comunistas, de la corriente marxista de la I Internacional, del ala revolucionaria de la II Internacional. Se reclama de la III Internacional y del combate llevado a cabo por la fracción bolchevique-leninista, la Oposición de Izquierdas de la Internacional Comunista, para salvar a esta última de la gangrena estalinista. Reivindica su filiación con la IV Internacional y, después, con su fracción leninista-trotskista, el Comité Internacional de la IV Internacional, que preservó las posibilidades de reconstruirla. Se apoya en la herencia de la sección francesa de la IV Internacional (LC, GBL, POI, PCI, OCI, PCI) y también del Comité de Stéphane Just.

 

Ante las traiciones de las direcciones tradicionales que participan en la liquidación de las conquistas obreras, frente a su degeneración acelerada gracias a la restauración del capitalismo en Rusia, frente a su abandono de toda referencia al socialismo, frente al objetivo declarado de todas las corrientes centristas del movimiento obrero (a menudo de los seudotrotskistas) de construir otra cosa diferente a partidos obreros revolucionarios, los trabajadores se encuentran, actualmente, desmoralizados y desorientados por la ausencia de perspectiva.

 

Sin embargo, en los movimientos que los proletariados desencadenarán para defenderse de la ofensiva capitalista, en el desarrollo de la crisis del movimiento obrero, se desgajarán las condiciones objetivas de su reconstitución sobre un nuevo eje: el de los partidos obreros revolucionarios que los militantes marxistas tendrán que construir, el de una internacional obrera revolucionaria sobre la base del programa resultante de los combates y de la experiencia  de las cuatro primeras internacionales. El Grupo Bolchevique se propone, interviniendo en la lucha de clases, defender las adquisiciones políticas y teóricas de estas internacionales y establecer los jalones para la reconstrucción del movimiento obrero sobre el eje de la revolución socialista mundial.

 

Para el Grupo Bolchevique no se trata de limitarse a Francia ni de dejar para las calendas romanas la edificación de una internacional. Toda organización puramente nacional esta destinada a la degeneración, como lo ha probado el estallido del Comité.

 

Las organizaciones revolucionarias no pueden sobrevivir al margen de la existencia entre ellas de un estrecho lazo internacional, no pueden sobrevivir más que a condición de que se den entre ellas vivos intercambios de experiencia y un vigilante control mutuo. El Grupo Bolchevique otorga, pues, un importante lugar en su prensa a los acontecimientos del resto del mundo. Prestará atención de los trabajadores y jóvenes extranjeros que residen en Francia. Consagrará energías para anudar lazos con otras organizaciones sobre la base de principios comunes.

 

En el mundo entero, se desgajarán fuerzas de las organizaciones tradicionales de la clase obrera, pero también de las corrientes que usurpan la referencia al trotskismo, del anarquismo o del guerrillerismo pequeño burgués. Pues es una certitud: el proletariado retomará la ofensiva bajo el aguijón de la necesidad. Pero la espontaneidad no basta:

 

-Por una parte, incluso en sus luchas, el proletariado, como clase explotada y dominada ideológicamente, no puede acceder por sí sola a la conciencia de su papel histórico.

 

-Por otra, su movimiento tropezará con las imposturas de las corrientes clericales y con los nacionalistas burgueses, con la política conservadora de las cúpulas parlamentarias y sindicales del movimiento obrero, con la confusión de sus satélites centristas.

 

Carente de dirección fiel, que luche por la dictadura del proletariado, la clase obrera sufrirá nuevas derrotas. El partido debe ser construido bajo el fuego de la acción, por la conjunción de todas las fuerzas de la vanguardia sobre la base del programa.

 

La edificación de un partido obrero revolucionario es una tarea urgente, decisiva. El partido obrero revolucionario se construirá ayudando a las masas a edificar sus propios comités, los consejos para superar a las direcciones traidoras (las burocracias sindicales y a los partidos obreros burgueses), permitiendo a la clase obrera avanzar hacia un auténtico gobierno obrero, hacia su propio poder, hacia la expropiación del capital. Así se verán establecidas las relaciones políticas que han faltado (en Francia en 1936, 1944, 1968 y 1981) para que se desencadene un proceso revolucionario que se extenderá internacionalmente.

 

El Grupo Bolchevique se define por su objetivo: construir el partido obrero revolucionario en su país, la internacional obrera revolucionaria a escala mundial, por la revolución proletaria, por el poder de la inmensa mayoría, por la expropiación de la minoría capitalista, por el fin de la explotación, por los Estados Unidos Socialistas de Europa, por el triunfo mundial del socialismo.

 

A los trabajadores y a los jóvenes que se rebelan  contra el capitalismo, los militantes bolcheviques les dicen: para preparar nuevos Octubre hay que organizarse sobre la base del marxismo, unios a nosotros.

 

¡Viva el poder de los trabajadores! ¡Viva la revolución socialista mundial!

 

1º de mayo de 2002