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Germinal 3ª época, Volumen III, Tomo I
(enero- marzo 2005)
LAS TAREAS DEL MOMENTO
La derrota del PP no se
ha traducido en un avance en la correlación de fuerzas
Cumplido un año de la derrota
electoral del PP se ha de constatar que, ésta, no resultó en un impulso a las
movilizaciones que, desde diversos sectores de la clase obrera, desde la
juventud y desde amplias masas de las clases medias, exigían una centralización
política para desarrollar todo su potencial de ‘cambio social’; es decir: para
traducirse en conquistas sociales, económicas y políticas.
Zapatero pudo conformar un
gobierno que satisficiera plenamente las necesidades del gran capital. Para ello
contó con la inestimable colaboración de los dirigentes estalinistas en
reconversión, IU, y de los de los partidos nacionalistas burgueses catalán,
particularmente, pero también gallego. A este llamamiento a la colaboración no
faltaron, tampoco, las cúpulas sindicales de UGT y CCOO.
Dejando de lado teorías
mecanicistas (como, por ejemplo, la de los ‘ciclos electorales’) es necesario,
desde el campo de los revolucionarios, abordar un análisis que, explicando el
porqué de esta falta de aprovechamiento por las masas de su propia victoria
sobre el PP, ayude a articular los elementos políticos
que sirvan para construir una orientación política correcta para
enfrentar lo que se va perfilando ya como una nueva fase en la lucha política
por la liberación de la opresión y la explotación. Partimos de la constatación
de que, con la conformación del PP como partido burgués hegemónico en la filas
de la representación política burguesa directa y su triunfo electoral, el gran
capital español logró un significativo avance traducido en una correlación de
fuerzas entre la burguesía y el proletariado decantada a favor de aquella.
La colaboración de las cúpulas
sindicales y de los dirigentes estalinistas y pequeñoburgueses radicales no
explica la actual situación ya que esta colaboración también se dio bajo el
primer, y sucesivos, gobiernos de Felipe González. Siendo esta colaboración el
resultado de la degeneración de los partidos obrero-burgueses (PSOE y PCE),
convertidos en los instrumentos de los agentes de la burguesía en el seno del
movimiento obrero, y de la prosecución de la política reformistas sindical,
tampoco este hecho es suficiente para explicar el actual momento político de la
clase obrera y de la juventud.
Las diferencias más significativas
entre los gobiernos de Felipe González y el gobierno Zapatero son varias. En el
nivel de las representaciones políticas, el triunfo electoral del PSOE dirigido
por González estuvo acompañado (y, en relación dialéctica, fue producto) de una
profunda crisis de las representaciones directas de la burguesía, de los
llamados ‘partidos de la derecha’. Al mismo tiempo, el estalinismo (PCE)
colaborador con la socialdemocracia de González levantaba en aquellos momentos
expectativas políticas muy fuertes que le obligaban a situarse en ciertas
posiciones de ‘oposición’. Expectativas que aún eran más fuertes, incluso,
entre las mismas filas del partido socialdemócrata (PSOE) produciendo
corrientes y reagrupamientos políticos que, de hecho, representaban una
‘oposición’ política a los gobiernos de González más poderosa que la del
aparato estalinista.
Esta realidad, que afectaba a los
partidos políticos, era el producto, deformado al igual que el resultado
electoral, de la situación económico-social. La oleada revolucionaria del 68
rompía aún sus últimas olas en la playa de la movilización social española. La
crisis económica de los setenta, chocando con estos últimos impulsos del 68,
provocaba numerosas movilizaciones de defensa de múltiples sectores de la clase
obrera y llevaba a una amplia mayoría de las clases medias a buscar la forma de
unir sus luchas con las de aquella. Por su parte, el movimiento estudiantil,
forjado en la lucha contra el franquismo, recibía la influencia combinada de
las luchas de los sectores obreros y de las clases medias y, a su vez, era un
componente punta de la movilización de estas últimas contra la crisis económica
que hacía estragos en las capas más bajas de la clase media. Las movilizaciones
obreras se producían sobre la firme base sociológica de grandes plantillas en
las fábricas del metal, textil y en la construcción y de plantillas medias en
otros sectores, como el de la madera por ejemplo. En la administración pública
y en la sanidad, la irrupción de sectores de considerable peso numérico y
briosa juventud, en lucha por asegurarse un puesto de trabajo en condiciones
dignas, actuaba como un potente aliado de los sectores obreros en lucha, cuando
no era la mecha que amenazaba con generalizar estas luchas. La enorme
movilización que había obligado a que la monarquía impuesta por Franco tuviera
que pasar por el aro de una Constitución, exigía, en el plano político, la
traducción de sus victorias parciales en
una completa victoria política. La derrota parcial del proyecto
continuista franquista (la monarquía restaurada) y las victorias políticas
parciales que las masas impusieron en la Constitución del 78 (libertades
sindical, política y de prensa; ‘reconocimiento’ de la cuestión nacional)
alimentaron, durante más de una década aún, las ilusiones de las masas (por más
contaminadas del ‘democratismo burgués’ que estas estuvieran) en que un
verdadero cambio político era posible y, también, un cambio social y que, por
tanto, la destrucción de la opresión y de la explotación del hombre por el
hombre estaba al alcance de la mano.
Tras 25 años de vigencia de la
Constitución del 78. Tras el pleno desarrollo de la ‘transición democrática’,
la derrota electoral del PP no ha producido una crisis en este partido ni,
tampoco, ha sido el producto de un resquebrajamiento de esta representación
directa de la burguesía. Los casi diez millones de votos del PP están
demostrando ser un buen colchón para amortiguar la caída del gobierno de Aznar
mientras que, por su parte, los prácticamente once millones de votos del PSOE
muestran su provisionalidad a través de la capacidad que ERC e IU tienen para
negociar componendas (a pesar de la
futilidad de los votos a IU y de la precariedad de los ochocientos mil a
ERC). Esta es la diferencia más
significativa en el plano de las representaciones políticas. La realidad
social, económica y política que, deformadamente, representan éstas muestra,
también, serias diferencias con la que expresaban los primeros gobiernos de
González.
Si, entonces, la oleada
revolucionaria del 68 estaba alimentada por fuertes tendencias hacia la
revolución política en los estados obreros, degenerados o deformados,
(revolución que hubiera abierto a nivel internacional de nuevo enormes
posibilidades de desarrollo de la revolución permanente), en estos momentos, la
clase obrera deglute aún el amargo bocado de la destrucción de los primeros
estados obreros, especialmente Rusia, a causa de la derrota de aquella a manos
del imperialismo y de sus agentes estalinistas (ahora reconvertidos en ‘nueva
burguesía’ compradora). La clase obrera basa sus dispersas movilizaciones sobre
una realidad sociológica de
atomización, si no completa destrucción, de las plantillas de las
grandes empresas del metal, textil y construcción con el cortejo de una aguda
precarización en las capas más jóvenes de los trabajadores y trabajadoras de la
administración pública y la sanidad pareja a un avanzado envejecimiento y
adocenamiento de las capas que salvan sus contratos indefinidos. Las clases
medias no se han visto afectadas por la última crisis económica de forma tan
aguda como en los setenta y han salido de ella, por más coyunturalmente que
sea, con patrimonios bolsísticos e inmobiliarios revalorizados que actúan como
un potente opio que las sume en la paralización política para despertarlas, si
acaso, en medio del sopor pacifista (como se está demostrando que ocurrió en
las movilizaciones contra la intervención en Irak). El movimiento juvenil
estudiantil no puede escapar de la influencia de todos estos factores mientras
que la profunda división, que la política de colaboración de las cúpulas
sindicales ha introducido en el seno de las plantillas en los lugares de
producción, que afecta a casi todos los sectores sociológicos de la clase
obrera cierra el camino a la movilización de sus filas juveniles obstruyendo su
autoorganización (por más concentradas que se encuentren en los polígonos
industriales de subcontratas o parques de proveedores de las grandes empresas)
y dificultando su sindicalización y la misma acción dentro de los sindicatos si
llegan a afiliarse. Coronando y alimentando esta realidad, reina la desilusión
y desarraigo políticos sólo quebrados por algún momentáneo aliento de recuperación;
desarraigo y desilusión justificados subjetivamente y producto objetivo de las
reiteradas traiciones que las masas han sufrido durante estos 25 años por parte
de las direcciones de las organizaciones que ellas mismas construyeron.
Por todo ello, el Gobierno
Zapatero (más exactamente Zapatero-Solbes-Bono) puede rehacer el desarrollo de
las políticas antiobreras de los gobiernos del Sr. Aznar sin verse
obstaculizado por movilizaciones espontáneas de las masas, bien sean defensivas
bien sean ofensivas (basadas en expectativas a raíz de la derrota de la
‘derecha’). Todos los ‘problemas’ inmediatos a los que se está enfrentando este
gobierno quedan circunscritos al campo de las componendas entre las diversas
fracciones de la burguesía que cobija el marco constitucional monárquico
español.
Las tareas de la clase obrera y la
juventud y los instrumentos con que cuentan
La clase obrera y la juventud, sin
embargo, tarde o temprano habrán de reaccionar ya sea espontáneamente ya se
deformadamente a través de las organizaciones sindicales que se vean obligadas
a convocatorias preventivas de división y desmovilización. Además del recurso
básico, y democrático por excelencia, de la autoorganización con que cuenta la
clase y la juventud para instrumentar sus movilizaciones espontáneas de cara a
la próxima fase de la lucha de clases será inevitable que, de nuevo, recurra a
las organizaciones ‘tradicionales’ creadas por ella como la socialdemócrata
(PSOE), la estalinista en reconversión (IU) y los sindicatos (UGT y CCOO)
mayoritariamente; más aún teniendo en cuenta la práctica destrucción y
asimilación de todas las corrientes a la ‘izquierda’ de estas organizaciones.
Los partidos ‘tradicionales’ (PSOE
y IU ex PCE) construidos en su momento por la clase como partidos obreros ya
mostraban desde sus inicios cómo la burguesía era capaz de infiltrarlos y
convertir a sus dirigentes en sus agentes en el seno del movimiento obrero. La
composición sociológica del PSOE y de IU (ex PCE) ha evolucionado durante estos
veinticinco años de forma que el peso relativo de la juventud y de la clase
obrera ha caído casi a mínimos porcentuales (por más que, en el caso de la
juventud, haya aumentado su presencia como teloneros tras los ponentes en los
mítines prefabricados); por otra parte, son ya escasísimos (si no inexistentes)
los obreros (incluso los provenientes de la aristocracia obrera) que ‘hacen
carrera’ en sus aparatos. La burocracia de estos partidos y su fracción
parlamentaria (estatal, autonómica y municipal) están formadas abrumadoramente
por miembros que provienen directamente de las clases medias, si no de
la alta burguesía. La enorme dependencia económica del estado que tienen los
sindicatos también se traduce en una aceleración de la tendencia a asimilar,
directamente, a miembros de las clases medias en su burocracia, dejando las
migajas (entre ellas las de las ‘horas sindicales’) a los obreros que buscan
hacer carrera como ‘liberados’ profesionales (liberados de las condiciones de
vida de un obrero, se entiende). En cuanto a todo el arco iris de pequeños
partidos y grupúsculos a la ‘izquierda’ de la socialdemocracia y del
estalinismo en estos momentos ha desparecido prácticamente de la arena política
bien porque sus estas organizaciones se han integrado en el proyecto de
reconversión estalinista (IU), bien porque amplias franjas de sus militantes
han sido asimiladas por la
socialdemocracia o bien porque, simplemente, sus militantes más consecuentes
han caído en el desánimo y se han retirado de la primera línea de la lucha.
¿Se ha producido un cambio
cualitativo en los partidos obrero-burgueses que justifique hablar de un salto
cualitativo que nos lleve a una nueva caracterización de ellos? Para responder
a esta cuestión no sólo es necesario tener en cuenta la dialéctica interna
en estas organizaciones sino también la dialéctica externa a ellas, es
decir: el movimiento de la sociedad en su conjunto. Y, teniendo en cuenta estos
dos enfoques, salta a la vista que estos partidos siguen cumpliendo la función
de instrumentos de la lucha obrera y juvenil contra la burguesía. No sólo es
que sean los únicos instrumentos que, sobretodo en el plano electoral, tiene la
clase obrera y la juventud para enfrentarse a los partidos burgueses. Si se
tratara de este aspecto únicamente estaríamos ante un caso parecido al del
Partido Demócrata de EEUU. Es que, además, son partidos creados por la
clase obrera y cuya razón de ser históricamente se sustenta en este
hecho. En el caso de IU (PCE) se trata de una organización creada directamente
por la burocracia estalinista del Kremlin (el caso del PCE fue
especialmente claro), con la función de ser agente (franquiciado por el
Kremlin) del imperialismo en el seno del movimiento obrero y, la destrucción
del estado obrero degenerado marca su actual proceso de reconversión como marcó
el estallido del PCE. La clase obrera ha sido incapaz de crear otra
organización que suplante estas viejas organizaciones convertidas en
instrumentos indirectos de la burguesía. La construcción del Partido Obrero
Revolucionario continua siendo una tarea pendiente.
La enorme debilidad política y
sociológica de las corrientes y grupos que nos reclamamos como revolucionarios,
que pugnamos por construir organizaciones que respondan a las necesidades de la
clase obrera y la juventud, dificulta en gran manera en estos momentos el
proceso de reagrupamiento militante para enfrentar la construcción de este
partido obrero revolucionario, partido que es indispensable para garantizar el
triunfo de la lucha contra la opresión y explotación, triunfo que requerirá la
ineludible preparación y ejecución de la insurrección y la toma del poder por
el proletariado (como la teoría y la experiencia histórica demuestran).
¿Qué hacer en estas condiciones?
¿Cómo enfrentar las políticas burguesas del Gobierno Zapatero-Solbes-Bono? No
hay otro camino más que el de la persistente actividad propagandística y de
intervención en la medida en que la implantación lo permiten. Por una parte,
dada nuestra escasa implantación, se impone la necesidad de entrar en una etapa
de propaganda del marxismo, tarea que se enfrenta a las carencias y precariedad
de medios de comunicación (prensa, editoriales) y a la contaminación de la
palabra marxismo por el estalinismo y el centrismo seudotrotskysta (casi
perdida ya en la memoria colectiva la corrupción que del término hizo la
socialdemocracia). Pero para romper el aislamiento y la precariedad, que
dificultan estas tareas de propaganda, no hay otro camino que el de la
intervención en las luchas de la clase y la juventud; intervención directa de
los escasos militantes e intervención política que sólo puede vehiculizarse a
través de la agitación política. Esta intervención es aún más necesaria
teniendo en cuenta que el marxismo es
un instrumento vivo y que el método materialista de análisis obliga a beber
directamente del movimiento social, es decir: es indispensable para el
desarrollo de la tarea propagandística.
Propaganda marxista, intervención
y agitación deben, pues, articularse de forma que hagan posible romper el
aislamiento y la atomización. Estas tareas sólo pueden lograr estos objetivos
mediante dos instrumentos medulares: la discusión programática entre los
revolucionarios y la articulación por éstos de una agitación política dirigida
a las más amplias masas, al conjunto del proletariado y de la juventud. Priorizar
cualquiera de estos dos instrumentos en detrimento del otro sólo puede
repercutir en estancar el movimiento y, por tanto, en un desarrollo incorrecto
de cualquiera de ellos tomado aisladamente. Por otra parte, lanzarse a
aventuras teóricas que sobrepasen la capacidad política o reducir la
intervención política a segmentos aislados de la clase obrera (por más que se
expresen en formas y lenguajes ‘radicales’), si es un atajo lo es hacia el
precipicio de la destrucción política. No hay atajos y el camino es difícil,
pero no hay otro camino hacia la revolución proletaria, hacia el
socialismo.Basarse en la teoría revolucionaria acumulada por el marxismo,
desarrollarla en la medida de las posibilidades políticas y en función de la
interacción entre práctica y teoría se traduce, pues, en el esfuerzo por
plasmar la discusión programática entre revolucionarios en posicionamientos
políticos que permitan establecer el nexo entre las consignas transitorias y
los instrumentos organizativos con los que, ahora y aquí, cuentan la
clase obrera y la juventud. Para el Grupo Germinal esta tarea combinada
requiere mantenerse en el marco de las adquisiciones teóricas y prácticas
(estratégicas y tácticas) de las I, II, III y IV internacionales mientras
consiguieron escapar a la corrupción burguesa y traducirlas en un política
orientada hacia las posibilidades de la clase, hacia el Frente Único de las
organizaciones con que cuentan, ahora y aquí, el proletariado y la
juventud.